PEDRO
A. PALMA
¿Conviene
o no dolarizar la economía venezolana? La respuesta a esa pregunta no es fácil
ni puede ser concluyente, ya que su implementación tendría ventajas, pero
también acarrearía problemas y dificultades difíciles de manejar o solventar.
Empecemos por decir que la dolarización es la sustitución total de la moneda
local por una divisa extranjera, el dólar norteamericano en este caso, como
moneda de curso legal, sustituyéndola en todas sus funciones, es decir, como
unidad de cuenta, como reserva de valor, y como medio de pago de todas las
transacciones, tanto públicas como privadas.
Entre las
ventajas de la dolarización estarían: la moderación de la inflación en el
tiempo, la reducción de la incertidumbre cambiaria y de las expectativas de
devaluaciones súbitas, la eliminación de la posibilidad de financiamiento de
gasto público deficitario por el Banco Central y la creación de condiciones
propicias para el estímulo de la inversión y la generación de confianza. Entre
las desventajas se podrían mencionar: la severa limitación para implementar
políticas monetarias; la minimización de las posibilidades del Banco Central de
actuar como prestamista de última instancia, limitándole la facultad de
otorgarle auxilio financiero a la banca; la imposibilidad de aplicar medidas de
política cambiaria para afrontar problemas de deterioro de balanza de pagos; y
la pérdida del señoraje, es decir, el derecho o la posibilidad del gobernante
de emitir dinero, lo cual le genera un ingreso pues le permite a quien lo emite
adquirir activos con esos medios de pago. No obstante, para muchos este último
perjuicio es más bien una ventaja de la dolarización, pues limita las
posibilidades a los gobernantes de crear dinero en cantidades excesivas, lo
cual genera inflación.
Los que
promueven la dolarización argumentan que ese es el medio más efectivo para
evitar el manejo irresponsable de las políticas económicas, pues le impone a
los gobernantes una serie de limitaciones y prohibiciones que les impide
devaluar la moneda, u obligar a los bancos centrales a financiar gasto público
deficitario con fines políticos, clientelares o de enriquecimiento ilícito.
Para ellos, la dolarización es la forma más eficiente de acabar con el flagelo
de la inflación, la corrupción, y preservar el valor de la moneda, de las
remuneraciones y del patrimonio de las personas.
Sin
embargo, la dolarización no fuerza ni asegura la disciplina fiscal, pudiéndose
generar déficits públicos recurrentes y crecientes, bien sea por la caída de
los ingresos, por aumentos de los gastos, o por la combinación de ambos,
déficits que son financiados con préstamos locales o externos. Incluso, después
de agotarse esa fuente de financiamiento, los gobernantes podrían incurrir en
prácticas irresponsables, como la emisión de obligaciones gubernamentales a ser
adquiridas por los bancos de forma conminatoria con sus fondos de reserva. Para
ello se podrían modificar las reglamentaciones financieras, permitiendo que los
encajes bancarios y otros recursos de reserva sean mantenidos indistintamente
en dólares o en papeles del Estado.
Otro de
los problemas de la dolarización es la total dependencia de la dinámica
cambiaria de la moneda norteamericana en los mercados internacionales. El
fortalecimiento del dólar, como el que se ha estado produciendo recientemente,
implica pérdida de la capacidad competitiva del sector productivo local de
bienes transables, limitando sus exportaciones y estimulando las importaciones.
Igualmente, en economías altamente dependientes de la exportación de commodities,
como es el caso de Venezuela, y en menor grado de otras economías de la región,
la dolarización incrementa su vulnerabilidad a caídas en los precios de esos
productos, no pudiendo afrontarse estas situaciones a través de ajustes del
tipo de cambio.
Por todo
lo anterior, es válido que nos preguntemos si le conviene o no la dolarización
a Venezuela. Eso lo trataremos de contestar en nuestro próximo artículo.
Vía El Nacional
Que pasa Margarita
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