Thursday, October 27, 2016

Pedir lo que se debe hacer

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En el actual escenario venezolano se nos invita a los creyentes a pedir a Dios la paz en justicia, libertad y solidaridad para el pueblo venezolano.
Por otra parte, construir o reconstruir la convivencia nacional en coordenadas de respeto mutuo, fraterna cooperación y tejido democrático es tarea obligante para todos nosotros, ciudadanos de este país.
Ahora bien, ¿no peca lo anterior de contradictorio? ¿Cómo suplicar al Omnipotente lo que ha de ser fruto del esfuerzo conjunto de un pueblo?
Para el creyente ciertamente es una paradoja el suplicar lo que se debe hacer. Pero no una contradicción. Hay una sentencia bastante tradicional que suena así: pedir a Dios algo como si todo dependiese de Él y hacerlo como si todo dependiese de uno.
La contradicción se disuelve con la correcta consideración de los planos en que Dios y el ser humano se mueven. Estamos hablando de Creador y creatura; del Ser y de los seres. Dios trasciende la condición creatural como infinito y absoluto que es. Cuando se habla de dinamismo, capacidad, poder, referidos a Dios y a la creatura, no se trata de fuerzas que pueden sumarse, agregarse, como es el caso de humanos que juntamos nuestros esfuerzos para mover un objeto determinado o concretar un valor. Sin olvidar, por lo demás, que todo término –incluido el de trascendencia– es imperfecto para designar la diferencia de niveles o las desemejanzas entre la Divinidad y lo que es creación o producto suyos.
Lo anterior se aplica también cuando uno pide a Dios la perseverancia en el buen obrar y la fortaleza en la virtud, las cuales exigen, ciertamente, un constante compromiso de parte nuestra. La inevitable paradoja ha de interpretarse en perspectiva de la referida distinción, que se muestra bajo figuras y relatos en los dos primeros capítulos del libro del Génesis. Dios crea al ser humano como existente libre, llamado a desarrollarse en y con su mundo, pero recordando siempre su relación con Él, que no es limitante sino, antes bien, capacitante y posibilitante.
La paradoja, pero no contradicción, la percibimos en dos enseñanzas de Jesús que nos trae el evangelista Mateo en el así llamado Sermón de la Montaña. La primera pone de relieve la parte de Dios y la necesidad de la súplica: Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá (Mt 7, 7-8). La segunda subraya la obligante tarea humana: No todo el que me diga: “Señor, Señor” entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial (Mt 7, 21).
El salmo 127 constituye una bella y poética síntesis de esa peculiar sinergia humano-divina: “Si el Señor no construye la casa, en vano se afán los constructores; si el Señor no guarda a ciudad, en vano vigila la guardia”.
Hoy cuando la nación se encuentra en gravísima crisis, los creyentes hemos de orar al todopoderoso y misericordioso Dios, que bendiga y haga fructuoso nuestro trabajo por lograr el urgente cambio que el país requiere, hacia la edificación de nuestra patria como “casa común” de todos los venezolanos sin excepción. Un hogar multicolor y polifónico en que “no a pesar de” sino “precisamente por” nuestras diferencias, labremos un progreso compartido, consistente, duradero.
Oración y acción componen un binomio inseparable para quienes creemos en un Dios generador de protagonistas, de seres humanos corresponsables constructores de nuestra propia historia.

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