Graciela De Majo
Veinte acuerdos de cooperación fueron rubricados por las autoridades chinas y venezolanas hace pocos días. Esto ocurre en el momento en que el país está siendo cuestionado globalmente por razones variadas. Una es el fracaso del modelo económico que ha llevado a una economía petrolera y boyante al más absoluto desmadre y a un drama humanitario de críticas proporciones. La inseguridad en el país está siendo cuestionada en los 4 puntos cardinales del planeta también por la incapacidad de la administración de implementar un sistema de protección que salvaguarde la vida y los bienes de los administrados.
El sistema de salud del país atraviesa el peor de sus instantes con los niños falleciendo en los brazos de sus padres por la incapacidad del sistema social de proveer medicinas o asistencia hospitalaria adecuada. Este dramáticomomento venezolano se da de la mano con un ambiente de violación continua de los derechos humanos de todo género, con centenares de presos políticos en las cárceles y de perseguidos por disentir de los postulados gubernamentales. Para hacerlo aún más grave, los norteamericanos acaban de agregarle una guinda a esa torta acusando a uno de los más elevados exponentes gubernamentales de participar de manera protagónica en la actividad del tráfico de drogas.
Estos nuevos acuerdos que van desde la ambiciosa asociación para acometer nuevas inversiones en el área energética hasta temas de cooperación cultural entran en el escenario en un momento en que – valga decirlo– las relaciones bilaterales también se han visto severamente afectadas en terrenos de mucha significación. Ello tiene ver, en gran medida, con las estrecheces económicas venezolanas del momento lo que no permite asignar recursos sino a lo indispensable, pero sobre todo, los pobres resultados de los proyectos son atribuibles a la incapacidad de manejarlos eficientemente, lo que ha redundado en muchos casos en su paralización.
Todo ello sin mencionar los retrasos importantes que están teniendo lugar por parte de Venezuela dentro del marco de los financiamientos recibidos de parte de la nación asiática para distinto tipo de aplicaciones. Las actividades conjuntas que China ha querido poner en marcha con sus socios caribeños se topan hoy con retrasos de gran significación. Aun cuando Venezuela ha hecho importantes esfuerzos por no incumplirle a China, los vencimientos de sus obligaciones – que llegaron a alcanzar 55.000 millones de dólares en empréstitos de variado carácter y aplicación- se encuentran retrasadas.
¿Que es, pues, lo que explica que frente a una actitud lesiva de sus intereses yen relación con la cual no pueden sino anticiparse dificultades adicionales, la instrucción proveniente de la capital del imperio asiático sea la de continuar otorgando un soporte a tan díscola administración?
Es necesario concluir que estos acuerdos son, o bien impracticables por la imposibilidad de Venezuela de aportar los fondos necesarios para una asociación paritaria, o su impacto en beneficio de los dos países es realmente anodino. Rubricarlos no pasa de ser un gesto de buena voluntad del lado chino y una oportunidad, para el lado venezolano, de publicitar sus buenas relaciones con el gigante asiático, cuando la realidad es que la ecuación se ha debilitado muy dramáticamente.
Así pues una nueva etapa está inaugurándose en esta vieja y empobrecida relación: la etapa de los acuerdos sin dientes, como bien los llamarían los norteamericanos.
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