Nelson Rivera
La tarde del viernes 10 de mayo de 1940, Winston Churchill fue designado primer ministro de Inglaterra. Unas horas antes los nazis habían puesto en marcha su avance sobre Francia (entraron en París el 22 de junio de ese mismo año). También ocupaba la posición de ministro de la Defensa. El destino de Inglaterra estaba en sus pensamientos y decisiones. Tenía el apoyo casi unánime de los ciudadanos. El momentum de Churchill tuvo lugar el 13 de mayo de 1940, durante un breve discurso. Esto es quizás lo más importante: la frase que más eco ha tenido en la historia política del siglo XX fue pronunciada cuando, de forma abierta o silenciosa, la inmensa mayoría pensaba que Hitler era indetenible. Fue en esa coyuntura cuando dijo: “No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzos, sudor y lágrimas” (...) Si me preguntan, ¿cuál es nuestra política? Les diré: hacer la guerra por tierra, por mar y por aire, con toda nuestra potencia y con toda la fuerza que Dios nos pueda dar (…) Si me preguntan cuál es nuestra aspiración, contestaré con una palabra: victoria, victoria a toda costa, victoria a pesar de todo el terror; victoria por largo y duro que sea el camino, porque sin victoria no hay supervivencia”. Si los ciudadanos del mundo tenemos una deuda con Churchill es justo por eso: siempre entendió que lo que estaba en juego era la supervivencia de la humanidad. Hablaba en serio y la nación inglesa así lo entendió (hay un libro incomparable sobre este momento excepcional del siglo XX: Cinco días en Londres. Mayo de 1940. Churchill solo frente a Hitler, del eminente historiador John Lukacs).
Paul Johnson analiza cómo fue el ejercicio de ese poder que Churchill tuvo en sus manos durante aquellos años: su apego a la Constitución fue severo. Su lealtad al Parlamento fue modélica: “Se ajustaba meticulosamente a las reglas y dejaba a los jefes de alto rango responsables la toma de decisiones”. Ponía todo su genio para dar órdenes claras e inequívocas. Los militares de alto grado le veneraban por ello, a pesar de que Churchill les sometía a agotadoras sesiones de trabajo. Él mismo desarrolló una energía que pasmaba a sus colaboradores. Trabajaba rodeado de un pequeño ejército de funcionarios y secretarias que le amaban. El número 10 de Downing Street hervía. Y hay algo más: el poderío de sus discursos. No solo recorrían Inglaterra sino que atravesaban Europa. Los políticos europeos lo citaban. Los equipos de estrategia militar desentrañaban cada una de sus palabras. Hitler perdía los estribos y, poco a poco, empezó a hacer silencio. Mientras el más infame demagogo saltaba de un bunker a otro, el verbo prodigioso de Churchill se expandía. A ello contribuyó de forma determinante la radio (en su breve ensayo sobre Churchill, Simon Sebag Montefiore uso una frase de John Kennedy como epígrafe: “Movilizó la lengua inglesa y la envió al campo de batalla”).
Todo lo que había aprendido como ministro de municiones lo uso para que el poder aéreo sobrepasara el de Alemania, en calidad y cantidad. Designó a Max Aitken (el barón de Beaverbrook) como ministro de Producción Aeronáutica. En la batalla de Inglaterra, por cada avión inglés perdido en combate, los alemanes perdían tres. Como estratega militar tomó decisiones cuyas consecuencias pusieron a los aliados en el camino del triunfo, como fue la orden de golpear a Mussolini hasta neutralizarlo. Nunca titubeó con respecto a la cuestión de proteger los códigos de comunicación y hacerlos indescifrables para los nazis. A quien muchos llamaron “un apóstol del combate”, era un triunfador magnánimo. Su mentalidad de soldado le imponía viajar y verificar por sí mismo las realidades en las que transcurrían los campos de combate. Durante la guerra viajó más de 180.000 kilómetros. Si su corazón achacoso (sufrió tres infartos) no le mató, fue por su envidiable capacidad para relajarse. Podía ser persuasivo, como ocurrió en su relación con Roosevelt, pero firme, como cuando puso en movimiento la campaña de bombardeos sobre Alemania, que acabó con las vidas de 600.000 personas. Cuando Alemania se rindió, Churchill destapó una botella de su champaña Pol Roger, cosecha de 1928, y se la bebió. En julio de ese mismo 1945, tres meses después del triunfo de los aliados, Churchill perdió el cargo cuando los conservadores perdieron las elecciones con los laboristas. Se inició así el último trecho de su existencia.
Iba al Parlamento donde pronunció algunos de sus discursos más memorables. Dedicó más tiempo a pintar. Se inició como aficionado a las carreras de caballos. Pero, sobre todo, dio inicio a esa obra magna que es su historia de la Segunda Guerra Mundial, donde él mismo era uno de los protagonistas. Más de 2 millones de palabras, producto de sus inagotables archivos y decenas de colaboradores a los que consultó: expertos militares, historiadores, corresponsales que habían estado en distintos países, soldados que habían participado en combates y testigos como camareras, choferes y asistentes. En su casa de campo nadie paraba: durante el día, las secretarias transcribían; de noche, tomaban los dictados de Churchill. Fue una obra sin competidores: varias de las obras figuras clave habían muerto o no escribían. Su archivo era inmejorable. Los historiadores de profesión estaban comenzando a investigar cuando él ya había finalizado. Cuando emprendió tal empresa, su memoria seguía intacta. No guardaba resentimientos. Y la guerra no lo había despojado de su sensibilidad para presentar la historia bajo una visión cargada de humanidad. La obra le reportó, solo en Inglaterra y Estados Unidos, ganancias que, en nuestro tiempo, superan los 75 millones de dóalres. En 1953 recibió el Premio Nobel de Literatura.
Y todavía vivió 20 años más. El discurso con el que se retiró de la política, en abril de 1955, es quizás el único que preparó en todos sus extremos. Es una pieza honda y cargada de belleza (“El día puede amanecer cuando el juego limpio, el amor por los semejantes, el respeto por la justicia y la libertad, permitan a generaciones atormentadas marchar adelante serenas y triunfantes desde la espantosa época en la que hemos de habitar. Mientras tanto nunca hay que retroceder, nunca hay que cansarse, nunca hay que desesperar”). Cumplió 90 años en noviembre de 1964. El 24 de enero de 1965 falleció. El hombre que, además de todo, obtuvo el más alto reconocimiento que se otorga a los escritores; que pasó 45 años de su vida en su amado Parlamento; que tuvo una familia que le hizo profundamente feliz; que se fumó varios cientos de miles de los mejores habanos del mundo y se bebió no menos de 20.000 botellas de champaña en sus cenas, ese hombre, un poco antes de morir, dijo: Estoy aburrido de todo.
*Churchill. Paul Johnson. Avarigani Editores. España, 2016.
*Cinco días en Londres. Mayo de 1949. Churchill solo frente a Hitler. John Lukacs. Turner Publicaciones. España, 2007.
*Sangre sudor y lágrimas. El discurso que ganó una guerra. John Lukacs. Turner Publicaciones. España, 2008.
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