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Martín Caparrós
The New York Times
Enero 27, 2017
https://www.nytimes.com/es/2017/01/27/el-fantasma-de-lacorrupcion/?
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Un fantasma recorre América: el fantasma de la corrupción. La
expresidenta de Brasil, Dilma Rousseff, fue destituida en agosto pasado
tras un juicio político por la corrupción de su gobierno. El expresidente
de Guatemala, Otto Pérez Molina, también cayó y sigue preso por
delitos de corrupción; su ministro de Finanzas se suicidó para no
enfrentarlos. La expresidenta de Argentina, Cristina Fernández, sufre
varios juicios por corruptelas varias. El presidente de Bolivia, Evo
Morales, perdió el referéndum por la reelección cuando se le supo una
historia de posible corrupción con una novia rubia. El presidente de
Paraguay, Horacio Cartes, lo es porque su antecesor, Fernando Lugo,
fue derrocado so pretexto de corrupción. La presidenta de Chile,
Michelle Bachelet, se dejó buena parte de su popularidad cuando su
hijo y su nuera aparecieron en una historia de corrupción. El
expresidente de Panamá, Ricardo Martinelli, resiste en Miami los
pedidos de extradición de su país por cargos de corrupción.
Los tres últimos expresidentes de El Salvador fueron acusados de
corrupción: uno está preso, uno se exilió, uno murió durante el juicio.
En Colombia todos los candidatos para las próximas elecciones
presidenciales prometen sobre todo lucha a muerte contra la
corrupción. En Ecuador el candidato oficialista a la presidencia, Lenin
Moreno, puede perder por los escándalos de corrupción del gobierno
de su jefe, Rafael Correa. En Venezuela la corrupción oficial es la
consigna que más une a su oposición: estudios internacionales lo
definen como uno de los países más corruptos del mundo. En México la
corrupción es central en la disputa política; hace unos meses el
gobernador del estado de Veracruz, Javier Duarte, huyó para no
enfrentar sus cargos. En Estados Unidos las acusaciones de Donald J.
Trump sobre la supuesta corrupción de los Clinton fueron un
argumento decisivo de su campaña. Para Transparency International,
que acaba de presentar sus índices de “percepción de la corrupción”,
los únicos países de la región cuyos habitantes creen que sus
instituciones podrían llegar a controlarla son Uruguay, Chile y Costa
Rica.
El delito no es nuevo: siempre ha habido gobernantes que se llenaron
los bolsillos, o cuentas en Suiza y otros paraísos fiscales. Lo –
relativamente– nuevo es que la corrupción pública se haya
transformado en el tema central del debate político.
Hace unos años un escritor argentino acuñó, para definir esa situación,
un término que todavía circula por allí: llamó honestismo a “esa
convicción de que –casi– todos los males de un país son producto de la
corrupción en general y de la corrupción de los políticos en particular”.
Y escribió que, a menudo, esa convicción reemplaza la discusión sobre
las estructuras sociales y económicas que causan muchos de esos
males, y sobre los cambios estructurales que deberían remediarlos.
El –tan justo– reclamo por la honestidad parece la expresión más
evidente de una época que no consigue debatir proyectos, programas.
Cuando millones de ciudadanos dudan sobre sus elecciones –o las
evitan–, la centralidad de la corrupción convierte el debate político en
un asunto policial.
La corrupción tiene una gran ventaja sobre cualquier otro argumento:
está definida por la ley, no es opinable. Podemos discutir si un país
debe garantizar a todos sus ciudadanos su salud o su educación o su
vivienda, podemos preguntarnos qué grados de desigualdad debe
aceptar una sociedad o cuánto debe entregar el Estado a unos bancos,
pero sabemos sin vacilación que ciertas apropiaciones de los bienes
públicos constituyen delito.
“Fulano roba” no es una opinión; es un hecho y una descalificación en
la que todos acordamos. (O casi todos: en la Argentina un portavoz
kirchnerista, Hernán Brienza, escribió hace poco que “la corrupción
democratiza la política” porque permite que todos participen. “Sin la
corrupción pueden llegar a las funciones públicas aquellos que cuentan
de antemano con recursos para hacer sus campañas políticas. No hay
que ser ingenuos. Sólo son decentes los que pueden ‘darse el lujo’ de ser
decentes. Sin el financiamiento espurio sólo podrían hacer política los
ricos, los poderosos, los mercenarios, los que cuentan con recursos o
donaciones de empresas privadas u ONG de Estados Unidos”. La idea
corresponde a ciertos movimientos que se proclaman populares y
renovadores pero creen que la única forma de hacer política es pagar
por ello).
La corrupción cuesta mucho dinero público –aunque menos que ciertas
incapacidades generalizadas y ciertas decisiones perfectamente
legales– y está claro que debe desaparecer. Pero una cosa es querer que
la honestidad sea el grado cero de cualquier práctica, y otra pretender
que reemplace a la política. “Lo que importa es que sean honestos, y la
honestidad no es de izquierda ni de derecha”, te repiten. La honestidad
puede no serlo; los honestos, sí. Un gobierno puede ser muy
honestamente de izquierda o muy honestamente de derecha, y va a
producir hechos completamente distintos.
Otro ejemplo argentino, con perdón: en 1999 su sociedad, harta de las
corruptelas del menemismo, eligió para el gobierno a una Alianza muy
contranatura de conservadores y progresistas sólo porque proclamaban
que eran honestos y acabarían con la corrupción. La Alianza,
encabezada por Fernando de la Rúa, no duró más de dos años y se
desintegró en 2001, demostrando que se necesitan definiciones
políticas que vayan más allá de la supuesta honestidad.
La honestidad –y la voluntad y la capacidad y la eficacia–, cuando
existen, actúan, forzosamente, con determinadas intenciones, y son
esas intenciones lo que vale la pena discutir. Pero el honestismo sirve
para evitar –o postergar y postergar– ese debate.
El recurso al honestismo es caprichoso, estacional. Suele aumentar
cuando un país vive momentos difíciles: entonces, a menudo, resurge el
código penal. En Brasil, mientras el Partido de los Trabajadores
gobernó con bonanza y felicidad, nadie revisó sus entresijos. Cuando
Rousseff aplicó un ajuste económico que perjudicaba a sus seguidores y
no satisfacía a sus adversarios, el descontento general no quiso esperar
plazos electorales; era más fácil argumentar sus supuestos delitos para
desalojarla.
Es caprichoso, estacional: las prácticas confusas que una sociedad
toleró en sus momentos de bonanza se le vuelven insoportables en los
tiempos de crisis. Pero esos grandes principios que florecen en la
estación de la sequía suelen marchitarse en primavera. En España, por
ejemplo, el Partido Popular de Mariano Rajoy está procesado por su
manejo de dinero sucio y su extesorero, Luis Bárcenas, lleva ocho años
en juicio por millones de euros no declarados con los que sostenía su
estructura. Esto no impidió que los españoles volvieran a elegir a Rajoy
una y otra vez, espoleados por cierta recuperación económica.
El fantasma, de todos modos, no se rinde. Algunos dicen que es bueno
que la corrupción se haya transformado en un tema central: que
significa que nuestras sociedades están madurando y quieren acabar
con ella. Puede ser cierto; también lo es que solemos vivir nuestras
corrupciones cotidianas con bastante alegría, que en nuestros países
son muy pocos los que prefieren pagar la multa a sobornar al policía,
que la difusión de las grandes corruptelas ajenas nos sirve de excusa
para justificar nuestras pequeñas: “Sí, ya sé, pero si ellos se roban
millones y millones…”.
Y, sobre todo, que la miramos con curiosas anteojeras: que nos molesta
mucho más el chancho que quien le da de comer. Los políticos
corrompidos son el gran enemigo; los empresarios corruptores son
ciudadanos respetados, pilares de la comunidad. Quizá sea porque
sentimos que el político se está aprovechando del lugar donde
“nosotros lo pusimos”, mientras que el empresario, su complemento
indispensable, todavía disfruta del prestigio de la iniciativa privada: al
fin y al cabo es su dinero, dicen. Como quien dijera sí, bueno, era su
pistola.
En cualquier caso, la corrupción es el mejor argumento para odiar a los
políticos –y cantar y desear “que se vayan todos”. Es justo, y quizá
necesario. El problema es que esos políticos nos convencieron de que la
política son sus tejemanejes y sus trampitas: que la política es eso que
ellos hacen. Entonces, al detestarlos, creemos que detestamos la
política, y no sabemos qué hacer cuando queremos cambiar cosas. Se
nos ocurre, si acaso, votar a algún payaso que promete lo que jamás
pensó cumplir, algún machote que ofrece volver a esos buenos viejos
tiempos que nunca existieron. El honestismo, cuando se desboca,
puede ser el mejor precursor de ciertas epidemias: la enfermedad
infantil del populismo.
El antídoto debería buscarse en la política: en la política auténtica, la
discusión de ideas, la movilización de ciudadanos, la construcción de
mecanismos para mejorar las vidas de todos. No eso que hacen para
sacar ventajas los que dicen que la hacen, no eso que hacen para sacar
ventajas los que la denuncian, no eso que hacen los corruptos: algo
nuevo, distinto, donde las corrupciones no tendrían lugar. Sé que suena
levemente imposible; hace cien años, que una mujer votara era el
delirio de unas pocas.
© The New York Times Company, 2017. .
Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es periodista y
novelista argentino que radica en España.
Cursó estudios en el Colegio Nacional de Buenos Aires y en
1973 se inició como periodista en el diario Noticias, con
Rodolfo Walsh como su primer jefe. El periódico fue
clausurado al año siguiente.
Fue colaborador en la revista Goles hasta 1976, año en que
se exilia en Francia para pasar después a España tras el
golpe de Estado que dio comienzo a la dictadura militar en
su país.
Obtiene una licenciatura en Historia en la Universidad de la
Sorbona y se radica en Madrid, donde vive hasta 1983.
En España colabora con el diario El País y también con
algunos medios franceses.
Martín Caparrós regresa a Buenos Aires y publica la novela
"Ansay o los infortunios de la gloria", trabaja en la sección
cultural del diario Tiempo Argentino y en 1984 en Radio
Belgrano, donde fue conductor, junto con Jorge Dorio, del
programa Sueños de una noche de Belgrano.
Vuelve a vivir en España como corresponsal de la radio entre
1985 y 1986. En 1987 se radica definitivamente en
Argentina y es editor de la revista El Porteño, participa en la
creación de Página/12 junto a Jorge Lanata, en la fundación
de la revista Babel y trabaja en el programa televisivo El
monitor argentino. Desde 1991 publica relatos de viajes en
la revista Página/30, de la que sería jefe de redacción, bajo
el título Crónicas de fin de siglo, que fueron galardonados
con el Premio de Periodismo Rey de España. Además dirigió
la revista Cuisine & Vins.
En 1995 publica "La patria capicúa". En 2001 lanza la novela
"Un día en la vida de Dios", publicada por la editorial Seix
Barral. En 2002 la editorial Planeta publica el ensayo "Qué
País. Informe urgente sobre la Argentina que viene". En
2003 publica "Amor y anarquía. La vida urgente de Soledad
Rosas" (Planeta) y dirige el film "Crónicas mexicanas".
En 2004 se le reconoce con el Premio Konex Diploma al
Mérito en la categoría Memorias y Testimonios, y con el
Premio Planeta por su novela "Valfierno". En 2005 la
editorial Planeta publica, en Buenos Aires, "Boquita". En
2006 lanza en Buenos Aires, "El interior" (Seix Barral). En
2007 la editorial Planeta publica "Comer con los ojos.
Historias que alimentan el alma".
El 7 de noviembre de 2011 Martín Caparrós gana el XXIX
Premio Herralde de Novela dotado con 18.000 euros y que
concede la editorial Anagrama de España, con la obra "Los
Living", novela que narra las vicisitudes de un hombre cuya
infancia queda marcada por la muerte. Ha publicado más de
veinte libros, entre los que destacan la novela "A quien
corresponda" y el compendio de crónicas titulado "Una luna".
Sus libros más recientes son "El hambre" y "Echeverría".
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