EN: Recibido por email
Mireya Tabuas
El mostrador (periódico digital)
Febrero 14, 2017
http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2017/02/14/estos-jovenes-migrantesvenezolanos/
Estoy segura de que nunca en su vida barrió el piso de su casa.
Estoy segura de que además nunca cocinó, nunca lavó su ropa
ni nunca zurció una media. Estoy segura de que cuando iba a
algún restaurant, miraba con cierto aire de superioridad al
mesonero que lo atendía y a veces –perverso- le limitaba la
propina. Estoy segura de que veía con cierto desdén mezclado
con lástima a quien le cuidaba el auto en la calle, e
intercambiaba apenas cuatro palabras imprescindibles (y si eran
menos, mejor) con la cajera del supermercado o a la
recepcionista del consultorio médico.
En su vida “antes de” era quizás un estudiante de los últimos
años de una buena universidad, o un recién graduado con
pasantías en importantes empresas, o una joven promesa de su
disciplina, o un profesional que escalaba rápidamente puestos
en la compañía.
Desde niño seguramente se trazó un camino hacia el éxito
profesional. Nunca le tocó más que dedicarse al cultivo de sí
mismo, nunca se mentalizó que iba a hacer otra cosa. Su vida
era estudiar y su destino graduarse y trabajar en una buena
empresa.
A pesar del país en el que vivía.
A pesar del horror.
Pero a este joven le tocó migrar.
Y, como a él, a todos estos jóvenes venezolanos les tocó huir,
salir corriendo de un país descuartizado.
Y ahora los veo aquí en Santiago de Chile (pero también están
en Bogotá o Madrid, en Miami o Lima, en Londres o Buenos
Aires y pare de contar…), los veo por todas partes, allí están los
jóvenes venezolanos trabajando. Y siempre les pregunto qué
hacen, de dónde vienen, cómo se sienten.
Veo, por ejemplo, a un ingeniero civil trabajando de garzón en
un restaurant chino, a una arquitecta laborando en la cocina de
un hotel, a una abogada lavando baños, a una publicista
pintando uñas a domicilio, a una médico haciendo de
recepcionista en un consultorio odontológico, a una psicóloga
atendiendo llamadas en un call center, a un periodista cargando
cajas en un almacén, a un administrador de empresas haciendo
empanadas venezolanas y vendiéndolas en los alrededores del
mercado La Vega.
Ninguno se queja.
Ninguno critica.
Les toca limpiar pisos, fregar platos, trabajar hasta muy tarde
en la noche. Lo que nunca.
Pero repito.
Ninguno se queja.
Ninguno critica.
Están contentos.
Y cuando tienen un ratico libre se compran un vino y, en la
azotea de uno de esos edificios del centro que están llenos de
venezolanos, donde hay piscina y gimnasio, ponen música y
comparten con sus amigos. Crean lazos familiares con sus
vecinos o sus compañeros de la pega. Se imaginan a su mamá
en otras señoras, se inventan hermanos entre los demás
compatriotas. Tienen como mesa familiar un chat de Whats App
o un grupo de Facebook.
Parecen alegres, pero también están tristes.
Como los sobrevivientes en un bote salvavidas.
Pero de pronto pienso que esos chicos, esa generación de
venezolanos profesionales que están pasando trabajo, que
lloran a los suyos, que están “echándole bola” (trabajando
duro, para los lectores chilenos), van a ser una gran generación.
Porque estos muchachos tienen la formación profesional, pero
a la vez están aprendiendo una importante lección de humildad,
de ponerse en el lugar del otro, de entender el valor de las
labores más sencillas. Están aprendiendo que detrás de cada
oficio hay un ser humano, que nadie es mejor que el otro.
Además están aprendiendo a entender otro país, otra cultura,
otras voces, otras formas. Están aprendiendo –literalmente- a
ganarse el pan con el sudor de su frente, de sus piernas, de sus
brazos, de sus hombros.
Quiero creer que esta generación será más fuerte. Que será
también más bondadosa. Cuando el ingeniero encuentre trabajo
en una empresa minera, ya no mirará con menosprecio al
garzón que lo atiende en el restaurant; cuando la doctora
trabaje en una clínica valorará la labor de su recepcionista (o tal
vez el ingeniero se quede por mucho tiempo como garzón y la
médico como recepcionista, y descubran que la vida también así
es bella). Eso sí, cuando ellos vean a una persona vendiendo
comida en la calle, la mirarán a los ojos, le preguntarán cómo
está, le contarán su propia historia, le darán aliento.
Creo que no solo estos muchachos ganarán, como individuos,
con esta vivencia migrante. También ganará Chile (o el país que
los reciba) porque serán ciudadanos agradecidos con la nación
que les dio una oportunidad y la asumirán –y defenderán- como
suya. Por eso, cuando en Chile (o en otros países receptores) se
abre el debate sobre la migración, yo me pregunto si quienes
critican la presencia de extranjeros han reflexionado sobre lo
que la experiencia migrante significa para el ser humano,
cuánto transforma, cuánto nutre, cuánto potencia.
Migrar es un postgrado.
Si mis jóvenes paisanos se quedan en Chile, aportarán su
bagaje, sus músculos, su intelecto, y serán hijos de dos
naciones.
Y si algún día vuelven a Venezuela, llegarán nutridos de ánimos
de reconstrucción y con fortaleza de luchadores. Han aprendido
a valorar lo suyo desde la distancia. Además, nunca perderán
los vínculos (ni la gratitud) con el país que los acogió.
Siento que lo mejor que pudo pasarle a Venezuela es esta
generación de profesionales que limpian pisos en otras tierras.
Porque sin duda ellos serán mejores personas que todos
nosotros. Mejores venezolanos y mejores ciudadanos del
mundo.
Mireya Tabuas (Caracas, 1964). es una periodista,
escritora, guionista y dramaturgo venezolana. Estudió
Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela,
cursó estudios de maestría en Literatura Venezolana (UCV) y
ha ejercido su labor como periodista en El Nacional desde
1994 hasta el 2014. Es profesora de la Universidad Central
de Venezuela.
Guionista principal y codiseñadora de la serie de televisión
para niños “Los del Galpón”. Redactora creativa en la
Publicidad Fisher Grey. Periodista de la fuente económica del
Diario Reporte. Coordinadora Editorial de la Revista Salud de
Locatel.
Actualmente reside en Santiago de Chile, en donde se
encuentra realizando el magíster en Estudios Sociales y
Políticos Latinoamericanos de la Universidad Alberto
Hurtado.
Ha recibido más de 10 galardones, entre ellos: –1993:
Segundo premio Iberoamericano de Prensa, Medio Ambiente
y Desarrollo. Instituto Internacional de Cooperación Agrícola
IICA. –1995: Premio Monseñor Pellín al trabajo periodístico
“Por la defensa de la vida y del ser humano”, otorgado por la
Conferencia Episcopal Venezolana –1996: Premio Nacional
de Periodismo de Venezuela. –1998: Premio Rafael Angel
García al periodista comprometido con la infancia (Cecodap,
Venezuela) –1999: Finalista Premio Iberoamericano de
Comunicación Unicef–Efe –2000: Mención investigación del
Premio Comunicación por los Derechos del Niño. Fundación
del Niño de Venezuela. -2006. Premio al Periodista Amigo
de los Niños. Agencia de Noticias Periodismo Amigo de los
Niños. Cecodap. -2007-08. Premio Internacional de
Periodismo del Celsam (Centro Latinoamericano Salud y
Mujer). -2012. Premio Municipal de Periodismo de Chacao,
Caracas. --2012. Premio Miguel Otero Silva al periodista de
Investigación. Diario El Nacional.
En 1996 su libro Gato Encerrado fue seleccionado como uno
de los mejores libros del año en el galardón "White Raven"
por la Biblioteca Internacional Juvenil de Múnich (JIB).
Premio Nacional de Periodismo en 1996. En 2001 su libro
Cuentos para Leer a Escondidas fue seleccionado en la lista
de Honor IBBY (International Board on Books for Young
People). En 2005 dio a conocer en el mundo de los blogs
gracias a El Tiempo de Estar Vivos y posteriormente El país
de los equivocados. En este último publica sus reflexiones y
vivencias personales. En 2012 ganó el premio IBBY por su
libro Cuentos prohibidos por la abuela.
No comments:
Post a Comment