Wednesday, February 15, 2017

Paul Krugman: El muro de la ignorancia

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Paul Krugman
El País
Enero 31, 2017
https://www.nytimes.com/es/2017/01/31/el-muro-de-la-ignorancia/

Apenas ha pasado una semana del régimen de Trump y Putin, y ya nos
está costando trabajo llevar la cuenta de los desastres. ¿Recuerdan el
berrinche de Trump sobre la multitud vergonzosamente escasa de su
toma de protesta? Ya lo vemos como una cosa del pasado.
Pero me gustaría hacer una pausa, solo por un minuto, en la historia
que acaparó las noticias el jueves, antes de ser superada, a lo Trump,
por el escándalo en torno a prohibir a los refugiados la entrada al país.
Como tal vez recuerden —o tal vez no, con tanta cosa descabellada
sucediendo tan rápido— la Casa Blanca primero pareció decir que
impondría aranceles del 20 por ciento a las importaciones de México,
pero tal vez estaba hablando de un plan fiscal propuesto por los
republicanos del congreso que no implica un arancel a productos
mexicanos; después dijeron que era solo una idea para luego olvidarse
del tema, al menos por ahora.
Por su crueldad, las habladurías sobre los aranceles no se comparan
con cerrarle la puerta a los refugiados, nada más y nada menos que en
el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del
Holocausto. No obstante, la historia de los aranceles es un epítome del
patrón que estamos viendo en este gobierno caótico: un patrón de
disfunción, ignorancia, incompetencia y traición de la confianza.
La historia, como mucho de lo que ha sucedido últimamente, parece
haber iniciado con el ego inseguro del presidente Trump: la gente se
mofa de él porque México no pagará el muro inútil a lo largo de la
frontera, tal como él prometió durante la campaña. Y así fue como su
vocero, Sean Spicer, apareció ante los medios y declaró que el impuesto
fronterizo a los productos mexicanos, de hecho, financiaría el muro.
¡Ahí tienen!
Sin embargo, como se apresuraron a señalar los economistas, el
exportador no es quien paga los aranceles. Con algunas reservas
menores, en esencia, son los compradores quienes los pagan, es decir,
un arancel impuesto a los productos mexicanos sería un impuesto a los
consumidores estadounidenses. Por ende, quien acabaría pagando el
muro sería Estados Unidos, y no México.
Ups. No obstante, ese no era el único problema. Estados Unidos forma
parte de un sistema de acuerdos —un sistema que construimos
nosotros— que establece reglas para las políticas comerciales y una de
las reglas clave es que los aranceles que se había acordado disminuir en
las negociaciones previas no se pueden elevar unilateralmente.
Si a Estados Unidos se le ocurriera romper esta regla, las consecuencias
serían graves. El riesgo no tendría tanto que ver con las represalias,
aunque también está eso, sino con la imitación: si despreciamos las
reglas, los demás harán lo mismo. El sistema de comercio en su
totalidad podría comenzar a desbaratarse, con efectos tremendamente
perturbadores en todos lados, incluyendo, en gran medida, la
manufactura estadounidense.
¿De verdad la Casa Blanca planea tomar ese camino? Al concentrarse
en las importaciones de México, Spicer dio esa impresión; sin embargo,
también dijo que estaba hablando sobre “una reforma fiscal integral
cuya finalidad era cobrar impuestos a las importaciones de países con
los que tenemos un déficit comercial”. Esta pareció ser una referencia a
un ajuste propuesto a los impuestos corporativos, que incluiría
“impuestos fronterizos ajustables”.
La cosa es que ese ajuste no tendría para nada los efectos que él sugirió.
No estaría dirigido a los países con los que tenemos déficits, y no hablo
solo de México; también aplicaría a todo el comercio. Y no se trataría
en realidad de un impuesto a las importaciones.
Para ser honestos, este es un punto ampliamente malinterpretado.
Muchas personas que deberían saber mejor lo que hacen creen que los
impuestos al valor agregado, que imponen muchos países, desalientan
las importaciones y subsidian las exportaciones. Spicer hizo eco de esa
malinterpretación.
Sin embargo, los impuestos al valor agregado son, en esencia,
impuestos nacionales sobre las ventas, que no desalientan ni fomentan
las importaciones (sí, las importaciones acaban pagando ese impuesto,
al igual que los productos locales).
El cambio propuesto a los impuestos corporativos, aunque en cierto
sentido difiere del impuesto al valor agregado, tendría, de igual modo,
un efecto neutral en el comercio. Esto quiere decir en específico que, si
algo no lograría, es hacer que México pague el muro.
Lo que menciono aquí es un tanto técnico; consulten mi blog para
mayor información. Pero ¿no se supone que el gobierno
estadounidense entendería bien las cosas antes de lanzar lo que suena
como una declaración de guerra comercial?
En resumen: el secretario de Prensa de la Casa Blanca dio lugar a una
crisis diplomática al intentar proteger al presidente de hacer el ridículo
en cuanto a su fanfarronería, hecha tan a la ligera. En el proceso,
demostró que nadie con autoridad sabe de economía básica. Después
trató de recular en todo lo que dijo.
Todo esto debería interpretarse en el más amplio contexto de la
credibilidad en picada de Estados Unidos.
Nuestro gobierno no siempre ha hecho lo correcto, pero sí había
cumplido sus promesas, tanto a las naciones como a las personas.
Ahora todo eso está en duda.
Todo el mundo, desde las naciones pequeñas que creían estar
protegidas de la agresión rusa hasta los empresarios mexicanos que
pensaron que tenían acceso garantizado a nuestros mercados, así como
los intérpretes iraquíes que pensaron que el servicio que prestan a
Estados Unidos significaba una garantía de asilo, ahora tienen que
preguntarse si se les tratará como a los engañados proveedores de un
hotel de Trump.
Esta es una gran pérdida. Y, muy probablemente, irreversible.

© The New York Times Company, 2016. .

Paul Krugman (Albany, 1953). Economista (Universidad
Yale, 1974), Ph.D. en Economía ( Massachusetts Institute of
Technology [MIT] 1977). Fue profesor de Yale, MIT, London School of
Economics y Stanford, antes de pertenecer al claustro de la Universidad de
Princeton, desde el 2000 en las cátedras de Economía y Asuntos Internacionales
en la Universidad de Princeton. Desde 2000 escribe una columna en el periódico
New York Times que semanalmente reproduce El País. Ha escrito más de 200
artículos y 21 libros -alguno de ellos académicos, y otros de divulgación-. Su
Economía Internacional: La teoría y política es un libro de texto estándar en la
economía internacional. En 1991 la American Economic Association le concedió la
medalla John Bates Clark. Ganó el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias
Sociales en el año 2004 y el Premio Nobel de Economía en 2008. De 1982 a 1983,
fue parte del Consejo de Asesores Económicos (Council of Economic Advisers) de la
administración de Reagan. Cuando Bill Clinton alcanzó la presidencia de EE.UU.
en 1992, se esperaba que se le diera un puesto en el gobierno, pero ese puesto se le
otorgó a Laura Tyson. Esta circunstancia le permitió dedicarse al periodismo
para amplias audiencias, primero para Fortune y Slate, más tarde para The
Harvard Business Review, Foreign Policy, The Economist, Harper y Washington
Monthly. Sus críticos cuestionan su papel como miembro del panel de asesores de
Enron durante 1999, antes de los escándalos de la empresa en 2002. Krugman es
probablemente mejor conocido por el público como fuerte crítico de las políticas
económicas y generales de la administración de George W. Bush, que ha
presentado en su columna. Ha sabido entender lo mucho que la economía tiene de
política o, lo que es lo mismo, los intereses y las fuerzas que se mueven en el
trasfondo de la disciplina; el mérito de Krugman radica en desenmascarar las
falacias económicas que se esconden tras ciertos intereses. Se ha preocupado por
replantear modelos matemáticos para resolver el problema de dónde ocurre la
actividad económica y por qué.
En 2012 publicó “Acabad ya con esta crisis”, en el cual analiza las causas de la
actual crisis económica, los motivos que conducen al sufrimiento de la población,
sus consecuencias y la forma de salir de ella, recuperando los puestos de trabajo y
los derechos sociales amenazados por los recortes, se explican con una claridad y
sencillez que cualquiera puede, y debería, entender.“Naciones ricas en recursos,
talento y conocimientos –los ingredientes necesarios para alcanzar la prosperidad
y un nivel de vida decente para todos- se encuentran en un estado de intenso
sufrimiento”. ¿Cómo llegamos a esta situación? Y, sobre todo ¿cómo podemos salir
de ella? Krugman plantea estas cuestiones con su habitual lucidez y ofrece la
evidencia de que una pronta recuperación es posible, si los dirigentes tienen “la
claridad intelectual y la voluntad política” de acabar ya con esta crisis.

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