Rubén Osorio Canales
Tenemos tres años en los que el nombre de Leopoldo López no deja de ocupar espacio en los medios de comunicación, no solo de Venezuela sino en aquellos países del mundo en los que la democracia es respetada, pero esta vez no como el funcionario exitoso que fue desempeñándose como alcalde, no como el aguerrido líder político que es, sino como preso político de un régimen que no perdona ni el éxito ni la disidencia.
Si Leopoldo López había logrado antes de su detención un puesto sobresaliente en la opinión nacional que le confería atributos significativos para ejercer las más altas funciones públicas, hoy, después de una prisión injusta, sometido a un juicio –que no ha sido juicio sino una burla a la justicia–, a un ensañamiento brutal y a una inclemencia como la que solo un régimen fascista es capaz de aplicar, Leopoldo ha pasado a ser el centro de preocupación y admiración de la nación entera. Nacional e internacionalmente se le defiende, nacional e internacionalmente esa sentencia, ratificada con rabia extrema por los jueces del horror, es considerada como una muestra más de “la injusticia del horror”, comparable a las sentencias que mantuvieron a Mandela en Suráfrica y, sin ir muy lejos, a Huber Matos en la Cuba de Fidel, durante más de veinte años tras las rejas.
Leopoldo fue sentenciado por la furia y el resentimiento del régimen a casi catorce años de cárcel y no me canso de preguntar: ¿Alguien pudo de verdad pensar, imaginar y tan siquiera soñar por momentos que en un país en el que un régimen dictatorial con vocación totalitaria controla con mano estalinista el Poder Judicial una juez accidental al servicio del régimen podía sentenciar a favor del lado bueno de la historia, es decir, a favor de la merecidísima libertad de Leopoldo López? Imposible y mucho menos con la estela de terror que en esos predios de la justicia marcó, y seguirá marcando mientras este régimen dure, el caso Afiuni, reforzado posteriormente por las confesiones de Aponte Aponte, el fiscal Nieves y las renuncias por presión “desde lo alto” de algunos jueces.
Para este régimen que por su propia naturaleza no admite disidencia de ningún tipo, nada más natural que obligar a un juez a dictar sentencia condenatoria sin prueba alguna para darle con un mazo a la justicia, y mantener a Leopoldo López preso después de haberle montado con premeditación y alevosía una emboscada y haberlo acusado de crímenes que no cometió. Por eso, tanto el juicio como la sentencia, además de no causar ninguna extrañeza, son considerados por todos los juristas del mundo como ejemplos de aberración en un sistema de justicia que, como el nuestro, es de por sí aberrante. Si no que lo digan la impunidad que reina en el país, el trato preferencial que reciben los delincuentes de alta peligrosidad en radical contraste con el trato violatorio de los derechos humanos que a diario reciben los presos políticos, ampliamente denunciado, documentado, reportado y nunca desmentido que dan fe de los múltiples atropellos sufridos no solo por el preso sino por la familia, incluso con ejemplos muy frescos, como el caso del pran condenado a los mismos catorce años de López, pero con periódicos permisos para vacacionar en las playas de Margarita, todo lo cual da pie para hacer algunas reflexiones.
Lo primero que salta a la vista es que este régimen no escatima impudicia alguna a la hora de aplastar el Estado de Derecho y alberga un profundo desprecio contra la verdad, contra la opinión pública, nacional e internacional, contra las instituciones que no estén a su entero servicio y muy especialmente contra la voluntad popular que cada día le manifiesta su inconformidad con la manera de arruinar a todo un país.
El caso de Leopoldo López que ocupa la atención del mundo entero desde el momento mismo de haber sido emboscado y detenido es un ejemplo vivo de cómo un régimen dictatorial es sacudido por el miedo cuando aparece en la escena un líder con credenciales y carisma popular, que sin pelos los pone al descubierto.
A Leopoldo López el régimen le teme y se la tiene jurada desde sus inocultables éxitos en su ejercicio como alcalde, le temió Chávez en su momento hasta límites que se acercaron al terror, no solo por lo que decían las encuestas que señalaban a Leopoldo López como el líder de mayor credibilidad con que contaba el país, sino por lo que le decía su instinto de líder popular, por eso lo mandó a inhabilitar con tanta furia y ensañamiento, sentimientos y conductas propios de regímenes fascistas, que aumentó los lapsos de las inhabilitación a su entera conveniencia. Le temió y le teme, ahora más que nunca con odio inocultable, el nuevo cogollo oficialista, el mismo que valiéndose de sus colectivos le tendió la emboscada de aquel febrero que todavía late en la memoria de todos.
Para nadie es un secreto, y menos aun para el régimen que tiene ojos en todas partes, que todo lo ve, que Leopoldo López es el centro de la atención de todos los líderes democráticos del mundo que claman por su libertad. Tampoco ignoran sus perseguidores que a pesar de tenerlo recluido en condiciones violatorias de los derechos humanos, su espíritu y su causa copan la mente de esa mayoría que a diario reclama la libertad de los presos políticos. Que la cruzada por su libertad emprendida con valentía no solo por su esposa y sus familiares y amigos más cercanos, sino por sus seguidores y por gente que no milita en las filas de su partido, ha ido instalándose en la conciencia nacional y eso los lleva a redoblar sus esfuerzos en el propósito de destruirlo.
En este momento, cuando estamos en ese nuevo intento de fraude del régimen contra los partidos políticos, que consiste en su renovación en condiciones fijadas por esa alcabala oficialista que llamamos el CNE, imposibles de cumplir según los entendidos, si alguien tiene dudas de que el primer y más importante objetivo del régimen es la eliminación de Voluntad Popular, que es precisamente el partido de Leopoldo López, que por estar haciendo su trabajo en las bases populares en su primera aparición pública demostró haber nacido para ser una fuerza política a nivel nacional. Todos conocemos la respuesta, pero en modo particular la conoce el ensañamiento del régimen porque sabe que, aun en prisión, el mensaje de Leopoldo López convoca y tiene cada día más fuerza en las bases populares del país y eso no deja dormir, debo decirlo, no solo al régimen.
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