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LEOPOLDO LÓPEZ GIL
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P ablo Antillano, acucioso investigador de la
comunicación, horadó profundo, al remover vivencias y recuerdos con su trabajo
"La encuesta electoral y su improbable poder persuasivo". Allí nos
percatamos que, en los archivos de nuestra memoria, no registramos las
advertencias que venían haciéndonos las encuestas. El candidato opositor, en la
jornada de 2013 aumentó su votación en los mismos 800.000 votos que perdió el
representante de las fuerzas del régimen.
A pesar que las encuestas publicadas lo daban perdiendo por márgenes que oscilaban entre ocho y veinte puntos porcentuales, las encuestadoras divulgaron resultados que fueron repotenciados por el poderoso aparato comunicacional del Estado, y por la fuerza propagandística del comando de campaña del candidato chavista.
Encuestas, algunas de ellas, identificadas abiertamente con intereses partidistas afines al sector gubernamental, otras con posiciones independientes fueron señaladas de complacientes debido al clima altamente polarizado del país.
El leer ese trabajo me trajo a conciencia, la poca o ninguna memoria que guardamos de estos datos. El uso de las encuestas, que con frecuencia se desarrollan con las mismas técnicas, bases y protocolos de las utilizadas para medir productos de consumo masivo, expresa el trato de lo político como un producto de estantería.
Los gurús de las encuestas se transforman al hablar de política. Son analistas convertidos en profetas, pronosticando sin temor a equivocarse. No descalifico a la encuesta en su valor instrumental; pero hay que tener consciencia que para lo comercial como para lo político los usos recomendados son profundamente diferentes. El recurso persuasivo de la encuesta no es eficiente ni para lo político, como tampoco lo ha sido para el consumidor.
De acuerdo a las encuestas, hoy no hay más que dos resultados posibles, o ganamos o nos robaron las elecciones. Es cierto que tenemos ventajas sobre nuestro adversario, es indudable. Lo afirman las encuestas, pero las encuestas no son votos no dan victorias.
Situaciones no cubiertas por encuestas cambian los posibles resultados con realidades como registros electorales alterados, electores fallecidos resucitados, inmigrantes electorales regresando sin maletas ni pasajes, y maquinitas Smart o no tan Smart, que para transmitir necesitan de interferencia para lograr la transmisión del mensaje.
Hay que estar claros y vigilantes; nada podrá sustituir el celo de la observancia, la disciplina del testigo, el peso de observadores que fiscalicen el proceso hasta el final. Recordar como lema aquella sentencia de Yogui Berra: el juego no se acaba, hasta que se acaba.
Los laureles no serán para los que se cansen..
A pesar que las encuestas publicadas lo daban perdiendo por márgenes que oscilaban entre ocho y veinte puntos porcentuales, las encuestadoras divulgaron resultados que fueron repotenciados por el poderoso aparato comunicacional del Estado, y por la fuerza propagandística del comando de campaña del candidato chavista.
Encuestas, algunas de ellas, identificadas abiertamente con intereses partidistas afines al sector gubernamental, otras con posiciones independientes fueron señaladas de complacientes debido al clima altamente polarizado del país.
El leer ese trabajo me trajo a conciencia, la poca o ninguna memoria que guardamos de estos datos. El uso de las encuestas, que con frecuencia se desarrollan con las mismas técnicas, bases y protocolos de las utilizadas para medir productos de consumo masivo, expresa el trato de lo político como un producto de estantería.
Los gurús de las encuestas se transforman al hablar de política. Son analistas convertidos en profetas, pronosticando sin temor a equivocarse. No descalifico a la encuesta en su valor instrumental; pero hay que tener consciencia que para lo comercial como para lo político los usos recomendados son profundamente diferentes. El recurso persuasivo de la encuesta no es eficiente ni para lo político, como tampoco lo ha sido para el consumidor.
De acuerdo a las encuestas, hoy no hay más que dos resultados posibles, o ganamos o nos robaron las elecciones. Es cierto que tenemos ventajas sobre nuestro adversario, es indudable. Lo afirman las encuestas, pero las encuestas no son votos no dan victorias.
Situaciones no cubiertas por encuestas cambian los posibles resultados con realidades como registros electorales alterados, electores fallecidos resucitados, inmigrantes electorales regresando sin maletas ni pasajes, y maquinitas Smart o no tan Smart, que para transmitir necesitan de interferencia para lograr la transmisión del mensaje.
Hay que estar claros y vigilantes; nada podrá sustituir el celo de la observancia, la disciplina del testigo, el peso de observadores que fiscalicen el proceso hasta el final. Recordar como lema aquella sentencia de Yogui Berra: el juego no se acaba, hasta que se acaba.
Los laureles no serán para los que se cansen..
Vía
El Nacional
Que pasa Margarita
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