Wednesday, October 14, 2015

El arte de escribir sobre el arte

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Víctor Guédez

El jueves 15 de octubre se inaugura, en la Fundación Provincial (La Castellana), la exposición en homenaje a la curadora e investigadora Bélgica Rodriguez. La muestra tiene por título “El arte de escribir sobre el arte”.
Alguien ha dicho que escribir no es más que redactar una primera frase, continuarla y llevarla hasta el final. A pesar de que resulta incuestionable esta sucinta descripción, cabría añadir que cuando se trata del tema del arte afloran exigencias complejas que implican esfuerzos previos de aproximación, comprensión y valoración crítica. Este alcance valida a plenitud la sentencia de Albert Camus: “Escribir obliga a algo más que escribir”.

Aproximación y comprensión del arte

Aproximarse al arte revela una disposición afectiva y una motivación intelectual asumidas voluntariamente. Es querer estar cerca con un compromiso solidario y receptivo. Sólo en el marco de esta inclinación, las manifestaciones estéticas se abren para dejarse descubrir. En estos casos opera el aforismo de Antonio Porchía: “Te ayudaré a venir si vienes y a no venir si no vienes”. Dicho de otra manera: cuando se pretende los secretos de una obra, ésta -en un determinado momento- también pretende a quien la busca. Parafraseando a Rafael Cadenas, cabe destacar que se encontrará lo que se busca, porque lo que se busca sale previamente a encontrarnos. Pero esta relación bidireccional que procede de manera manifiesta y sin reservas no es suficiente. Necesaria es también una fase de comprensión que trascienda el simple acercamiento proactivo. El arte se comprende como consecuencia de una relación más inquisitiva y sistemática que deviene de la dialéctica entre mirar y ver. Estos dos aspectos dinamizan las interacciones entre el talento que crea, la obra que muestra y el observador que incursiona. Mirar informa y ver envuelve, mirar impacta y ver convence, mirar atrapa y ver redimensiona. A partir del ver, el interés inocente o, si se quiere, el inocente interés propio de la aproximación se convierte en ambición existencial que privilegia percepciones que sobrepasan las apariencias formales. Lo que se intenta, entonces, es quitar sucesivamente las capas que, a la manera de una cebolla, cubren la médula de la obra

Un decálogo como referencia

Así como la aproximación al arte se sintetiza en un “querer disfrutar” y se proyecta hacia un “sentir la necesidad de un ir más allá”, en términos análogos, la comprensión del arte se sintetiza en una vivencia que culmina en un “querer profundizar” y en “la aplicación de un análisis”. Una manera de favorecer estos esfuerzos se concreta al aceptar las advertencias establecidas por el siguiente decálogo:
1. Nunca expreses una opinión inmediata ni definitiva ante una obra de arte. Hay que aprender a ver antes de atreverse a decir, y ello significa dedicar un tiempo a la soledad de la relación. Este contacto íntimo es fundamental para que “podamos prestar atención al propio flujo de la atención” (Marilyn Ferguson).
2. Desconfía de todo aquello que te entre por los ojos. La filosofía popular aporta pistas para entender que “Las apariencias engañan” y “No es oro todo lo que brilla”. Aquí conviene aceptar la exhortación de Edgar Morín: “Desconfía de tu confianza, aunque ello signifique tener confianza en tu desconfianza”.
3. Regresa siempre a lo que no te gustó la primera vez. Conviene regresar a una obra tantas veces como sea posible: ella reclama nuevas oportunidades. Es menester insistir hasta que la obra nos lleve −como decía Rilke− “a algún lugar de las fronteras de nuestra existencia”.
4. No asocies las apreciaciones con tus juicios de valor. La esencia del arte contemporáneo se vincula con la cristalización de contradicciones y ambivalencias. Esto nos recuerda lo dicho por Aniela Jaffé: “la fascinación negativa no es menos fuerte que la positiva… Ambas se producen cuando se ha conmovido al inconsciente”.
5. Descarta cualquier tipo de sectarismos. El arte contemporáneo es pluralidad, divergencia, innovación y sorpresa. El sectarismo representa un riesgo de muerte espiritual (J. Maritain).
6. Déjate conducir por la intuición. La creatividad surge de una mezcla de confusión más que de seguridad. “El juicio instantáneo puede tener tanta validez como el que se toma tras meses de reflexión” (M. Gladwell).
7. Ejercita el ver antes que el juzgar. Juzgar es emitir sentencia como consecuencia de un enjuiciamiento. Esto obliga a ver con ojos limpios y con sentimientos abiertos porque “las cosas me ven como yo las veo” (P. Valery).
8. Desecha cualquier enfoque que se apoye en la oposición entre lo bello y lo feo. El arte dejó de ser un disecado fragmento de la realidad y se alejó de las imágenes que embelesan por su perfección. Él actúa sin los intermediarios de la belleza, del placer o de la alegría.
9. Incentiva la interacción. El hecho artístico es mitad de quien crea la obra y mitad de quien la aprecia. El arte es la síntesis de las fuerzas que se concretan en una obra con las expresiones que suscitan en nosotros.
10. Desinhibe tu capacidad introspectiva. Desinhibirse ante una obra es, simultáneamente, dejar que ella se anide en nuestro espíritu y proyectar sobre ella todas las imágenes que fluyan de nuestro interior. Esto es aceptar las esenciales paradojas del arte: suprimir la dictadura de la razón y diferir cualquier tentación verbalizadora (G. Bachelard).

La valoración o crítica de arte

Las consideraciones expuestas promueven el tránsito hacia la última de las fases del proceso: la valoración o crítica del arte, en donde el sujeto espectador y la obra de arte entran en una enriquecedora transacción que deja fluir actitudes interpretativas y valorativas. La aproximación, la comprensión y la crítica de arte son fases de un mismo proceso y, en consecuencia, aseguran unas relaciones progresivas de retroalimentación. Cabe aclarar que tales conjugaciones no operan a la manera de una línea recta en sucesión segmentada. Más bien se despliega una especie de espiral que crece verticalmente a partir de varios niveles de desarrollo. La crítica, por ser el nivel superior de tales relaciones, aporta la orientación esencial para escribir sobre el arte. Pero, ¿de qué manera la interacción valorativa y crítica del arte proporciona las pautas para poder escribir? Comencemos por afirmar que valorar no es medir ni calificar, más bien es apreciar en función de determinados criterios y propósitos. No puede escribirse sobre el arte sin haber leído lo que es el arte. Aquí, como en todos los ámbitos intelectuales del ser humano, funciona aquello de que no se puede escribir lo que se escribe sin haber leído lo que se ha leído. Un buen recurso para entender esa equivalencia es apoyándonos en George Steiner: “El arte de la lectura del arte comporta dos movimientos principales del espíritu: el de interpretación (hermenéutica) y el de valoración (crítica). Ambos son estrictamente inseparables. Interpretar es juzgar. Ningún desciframiento, por filológico, por textual que sea, está libre de valor. De la misma manera, no hay apreciación, no hay comentario analítico que no sea, a la vez, interpretativo… La palabra interpretación comprende los conceptos de explicación, traducción y representación…”.

Categorías de análisis

La conjugación de lo interpretativo y lo valorativo de la obra de arte se favorece a partir de la utilización de categorías de análisis. No existen categorías absolutas, válidas para todos los tiempos o aplicables a todas las resoluciones artísticas. Cada manifestación engendra o sugiere sus particulares pautas de exigencia. A manera de simple ilustración puede decirse que la lectura que precede a la escritura sobre el arte, puede apoyarse en las siguientes categorías, criterios o pautas:
1. Lo temático, lo técnico y lo conceptual.
2. Lo permanente, lo novedoso y lo influyente.
3. Lo racional, lo emotivo y lo intuitivo.
4. Los antecedentes, lo fundamental y lo coherente.
5. Lo representativo, lo simbólico y lo abstracto.
6. Lo real, lo irreal y lo metarreal.
7. Lo heurístico, lo simbólico y lo crítico.
8. Lo formal, lo semántico y lo sintáctico.
9. Lo lógico, lo ético y lo estético.
10. Lo nominativo, lo denotativo y lo connotativo.
En fin, esta desagregación admite una expansión mayor, pero solo queríamos puntualizar una breve orientación. Fundamental es añadir que las pautas reseñadas no deben limitar ni opacar el propio desenvolvimiento de los atributos estéticos de una obra. Se trata de medios no de fines. Lo importante es lo que ellos nos ayuden a leer y a descubrir y no lo que signifiquen de manera directa y particular. Una obra no podrá ser totalmente descubierta porque ella encierra mucho más de lo que somos capaces de ver y de escribir. Este carácter interno y secreto de una obra, lleva a Walter Benjamín a aseverar que:”la verdad de la obra no es una aparición, sino enteramente una esencia; una esencia, por cierto, que esencialmente permanece encubierta. Si fuera descubierta, demostraría ser infinitamente deslucida. Aquí reposa la antiquísima intuición de que, en el descubrimiento, lo encubierto se modifica, y que sólo permanece siendo el mismo bajo la cobertura”. En un análogo sentido reflexivo, Heidegger sentencia que la verdad se arregla dentro de la obra de arte como lucha entre alumbramiento y ocultación.
De lo anterior se desprende la complejidad asociada a la acción de escribir sobre el arte. Escribimos todo lo que somos capaces de sentir, vivenciar e intuir que, conjugado a lo que somos capaces de saber, referenciar y valorar, sólo nos permite perspectivas que no aspiran a una fidelidad sino al deleite de las posibilidades que se ofrecen. Definitivamente, en materia de arte −para parafrasear a Roger Laporte− lo desconocido se pone al descubierto y permanece desconocido. Estos son siempre los límites de cualquier expectativa de lectura y, por supuesto, de cualquier advertencia ante la escritura.

El carácter subjetivo

Es así como cobra vigencia el carácter subjetivo que acompaña a la escritura sobre el arte. Quizá, más que en cualquier otro territorio conceptual cabe aquí recordar a José Bergamín: “Si me hubieran hecho objeto sería objetivo, pero me hicieron sujeto y por eso soy subjetivo”. La subjetividad es consustancial al ser humano y, por esta razón, no hay que banalizarla y menos satanizarla. Ella estará siempre presente, aunque se aspire a un análisis riguroso de cualquier obra de arte. La subjetividad es la perspectiva que hace posible una relación con las manifestaciones de cualquier determinación crítica. De esta manera, se libera al crítico para que, en lugar de reducirse a describir, asuma con propiedad la exigencia de mostrar sus opiniones. Sólo desde este empeño, podría pensarse en que al crítico también le pertenece la categoría de creador. La aceptación de esta posibilidad eleva las responsabilidades de quien pretenda ejercer su condición de crítico por medio de la escritura. Se impone aceptar el ejercicio interrogativo y dialógico con el arte para incursionar en el contenido y trascender la elemental descripción de la forma y de la anécdota. Una actitud escudriñadora se requiere para estimular las potencialidades creativas de la escritura. Como complemento de esta explicación encontramos las palabras de José Balza: “La crítica se materializa en dos impulsos: en las anotaciones súbitas, absorbentes de las primeras lecturas… y en las consideraciones posteriores conducidas por la voluntad. Todas son útiles, todas desechables. Pero de ambos impulsos nace una sensación total. La crítica es una coincidencia entre pasión y cautela”.
Al ver en retrospectiva el recorrido realizado se hace presente una clásica pregunta sobre los propósitos de la crítica de arte. Conviene decir que con la escritura sobre el arte se persiguen, entre otras, las siguientes funciones:
1. Mediadora: la idea es favorecer distintos puentes entre el observador y la obra, entre la obra y el espectador, y entre el artista con sus circunstancias.
2. Disertante: buscar la sedimentación de un discurso argumentado que contribuya a la comprensión de la obra.
3. Incitante: despertar motivaciones, intereses, curiosidades sobre el arte y sus manifestaciones.
4. Cognoscitiva: ofrecer pistas para comprender y explicar las relaciones entre las obras y sus fundamentos.
5. Resonante: convertir las ejecuciones en focos energéticos que amplíen las ondas de sus alcances persuasivos.
6. Definidora: establecer lo que son y lo que no son, así como lo que lograron aportar y lo que alcanzaron realmente.
7. Divulgadora: diseminar sus significados en un ámbito más abarcador.
8. Evaluadora: valorar los aportes en función del contexto artístico y social en donde se expone la obra.
9. Creadora: aportar categorías de reflexión que sirvan de referencia para nuevas indagaciones.

Los tipos de crítica

Resulta igualmente ilustrativo recordar los tipos de crítica que pueden ponerse de manifiesto. Una relación escueta nos ofrece opciones diversas:
1. Desde el punto de vista de su intención, podría hablarse de una crítica “descriptiva” (que se limita a la reseña objetiva de los caracteres dentro de los cuales se hace visible), una “analítica” (que intenta penetrar en las razones que fundamentan y en las ideas que transmiten los planteamientos), y una “especulativa” (que hace propicia una obra para perfilar discursos poéticos que merodean el carácter de las piezas)
2. Desde el punto de vista de las conclusiones, cabe precisar una crítica “sentenciadora” (que pretende juzgar y calificar), una “explicativa” (que aspira a ser más inquisitiva y exegética) y una mixta” (que conjuga las dos orientaciones planteada
3. Desde el punto de vista de la fuente impulsora es posible distinguir una crítica “racional” (que se apoya en el análisis riguroso de la reflexión), una “emocional” (que intenta revelar las sensaciones que proceden de la relación con el arte) y una “intuitiva” (que suelta el ejercicio libre de las asociaciones metafóricas)
4. Desde el punto de vista del criterio se distinguen críticas “filosóficas” (de inspiración abstracta), “literarias” (de orientación lírica y asociativa), “semiológicas” (de referencia simbólica y sintáctica), al igual que otras inscritas en lo ”histórico” (apoyadas en lo secuencial), “psicológicas” (centrada en los procesos mentales que subyacen),etc.
5. Desde el punto de vista de la temporalidad se captan unas críticas “diacrónicas” (que atienden a un recorrido), “sincrónicas” (que acometen un punto dentro del desarrollo general) y “retrospectivas” (que buscan un recorrido antológico).

Papel del curador

Antes de finalizar, resulta aconsejable referirnos a una cuestión que seguramente ya ha advertido el lector. Nos referimos al papel que se le asigna al curador en el marco de la reflexión expuesta. En cierto sentido, él también vive todo el proceso, aunque extiende sus proyecciones hacia horizontes adicionales. Al igual que el crítico, el curador debe aproximarse, comprender y valorar las manifestaciones del arte. Sin embargo, su tarea alcanza también la acción de acompañar la dinámica creativa del artista, así como participar en los criterios expositivos y divulgativos. Con ello, asume una responsabilidad más prolongada y protagónica. Tales exigencias han estado asociadas al afianzamiento del arte conceptual propio de nuestros días. Una de las hipótesis de este hecho, podría encontrarse en aceptar que el arte contemporáneo se ha hecho tan complejo, hermético y exigente que la escritura se ha limitado demasiado. Con el propósito de entender mejor estos argumentos, conviene comentar que las obras conforman un universo autosuficiente, en el cual su génesis y finalidad, al igual que sus fundamentos y significados, escapan de cualquier captura definitiva y explícita. Esto legitima aquello de que “la mejor devoción a la obra de arte es el reconocimiento de su extrañeza e incognoscibilidad” (J. Camón Aznar). En esta perspectiva se entiende que, “la función del artista -para decirlo con palabras de Bekett- es encontrar una forma que deje sitio a la confusión”. El perfil del artista y de sus obras se ha acrecentado en la actualidad porque la conceptualidad de las propuestas hace más compleja su lectura. Lo conceptual genera mayor resistencia a la “aproximación”, así como una más difícil “comprensión” y una limitación más severa para su “valoración”. Siempre hay que llegar hasta donde más no se pueda y tratar de compensar, con esfuerzos adicionales, lo que permanezca en opacidad. La atención de estas exigencias se promueve con la determinación de acompañar al arte en todas las instancias de su desenvolvimiento. También en este marco, la acción curatorial ha complementado y ampliado los bordes que siempre van a limitar a un escrito. Sin duda, resulta difícil disimular que toda lectura del arte es conjetura y que toda escritura sobre el arte es limitadora.

Epílogo

A la luz del esquemático recorrido que hemos intentado corresponde admitir que no es totalmente correcto hablar de una sola manera de escribir sobre el arte, más bien debería aceptarse que existen muchas maneras de hacerlo. Las posibilidades son en plural y cada una de estas, seguramente, procede de la inspiración del autor en alguna de las opciones que hemos expuesto a lo largo de estas argumentaciones. También aquí debe subrayarse el valor de una pluralidad que se imponga sobre cualquier sesgo reduccionista. El arte de escribir sobre el arte se escapa de dicotomías asociadas con los extremos de lo negro o lo blanco. Las visiones unilaterales y radicales también encarnan aquí los peligros de -para decirlo con palabras de Salvador Pániker- convertirse en “caricaturas de un pasado caricaturizable”.

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