VLADIMIR
VILLEGAS.
Colocar
en el 6 de diciembre todo el peso de las expectativas con o respecto a que
pueda mejorar la situación del país puede ser sumamente arriesgado, porque se
corre el riesgo de sufrir grandes decepciones.
Una cosa
es la posibilidad de que se concrete el cambio político que indudablemente
marcaría una victoria opositora en las elecciones parlamentarias, y otra creer
que por arte de magia con ese resultado el país va a salir de la crisis, se va
a acabar la escasez, los malandros van a entregar las armas, las bandas
delictivas van a desarticularse y los consumidores nos deleitaremos viendo los
anaqueles repletos de café, papel higiénico, leche, harina de maíz precedida y
otros productos semiclandestinos.
Un
eventual triunfo de la oposición en las elecciones parlamentarias, altamente
probable, según las empresas encuestadoras más reconocidas, pondría a prueba la
capacidad de la clase política, la gobernante y la que se le opone, a manejarse
en un escenario inédito en los últimos quince años. El gobierno tendría que
optar entre aceptar la llamada cohabitación o forzar la barra de la
confrontación política, con el consabido choque de poderes que ya muchos
vaticinan. La oposición, aún gananciosa en ese escenario, podría caer en la
tentación de engolosinarse y creer que el poder está a la vuelta de la esquina,
subestimando la capacidad de reacción del chavismo en un momento de ruda
adversidad.
Un
triunfo del chavismo también puede encerrar el peligro de que se posterguen las
rectificaciones económicas que hasta los economistas rojos rojitos demandan
desde hace tiempo. El sectarismo, criticado por Diosdado Cabello, sería difícil
de superar en medio de un cuadro de “victoria perfecta”. El triunfo y la
autocrítica, salvo prueba en contrario, nunca o casi nunca se han llevado bien.
El año
2016 pinta peligroso, porque cualquier resultado electoral da para temer
un empeoramiento del clima político, como ingrediente adicional del ya
complicado cuadro económico que se avizora. Sumemos a la alta inflación la
persistente escasez de productos de consumo masivo, y a los bajos ingresos
petroleros una radicalización de las posiciones, una lucha por el poder entre
fuerzas contrapuestas incapaces de alcanzar acuerdos mínimos para regularizar
la confrontación e incluso encontrar espacios de entendimiento para hacer
frente a las grandes dificultades que cada día comprometen más el presente y el
futuro de los venezolanos.
Con uno u otro resultado son
muchos los peligros que nos acechan. No hay garantías de que unos u otros
logren administrar una victoria o digerir una derrota con la grandeza que
reclama la crisis en la cual estamos sumergidos. No puede verse como un recurso
retórico el llamado del papa Francisco a trabajar por el diálogo entre los
venezolanos. Sin diálogo el 6/D puede ser la puerta de entrada a la
profundización de la crisis. Y no hay que ser adivino para saber lo que viene
después.
Vía El Nacional
Que pasa Margarita
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