Thursday, October 13, 2016

Brújula de la Iglesia venezolana

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¿Hacia dónde ha de encaminar la Iglesia en Venezuela sus pasos en los inicios de un nuevo siglo-milenio? Responder a este interrogante fue lo que se preguntaron los obispos venezolanos a finales de la década de los noventa. Estaba a las puertas el quinto centenario de haberse comenzado a sembrar el Evangelio en esta “tierra de gracia” (1498) y también venía encima el año 2000.
El marco de tiempo o situación, tanto de mundo como de Iglesia, en el cual se planteó aquella pregunta era de peculiar significación y trascendencia. Bastaría decir que a nivel global se ha tenido que inventar un término, “cambio epocal”, para calificar la dimensión de las transformaciones histórico-culturales en curso. El país se encontraba en seria crisis, que desembocaría en un remedio “revolucionario” peor que la enfermedad. La Iglesia a nivel latinoamericano se autointerpretaba en “nueva evangelización”, siguiendo el llamado de Juan Pablo II a propósito de los quinientos años (1492-1998). Para la Iglesia universal, en renovación, el momento era muy estimulante con la proximidad del bimilenario de la Encarnación.
Los obispos consideraron que el mejor modo de celebrar el quinto centenario en tal contexto era congregar una gran asamblea eclesial con fuerte participación de los distintos sectores del pueblo de Dios (laicado, jerarquía, vida consagrada). ¿Objetivo? configurar una respuesta efectiva a los desafíos, que desde dentro de la Iglesia y desde su entorno nacional se planteaban a su misión, evangelizar. Esta fue la génesis del Concilio Plenario de Venezuela (CPV), el primero en la historia nacional.
Este concilio sesionó de 2000 a 2006, cuando el 7 de octubre tuvo su clausura solemne. Estas líneas las escribo precisamente en el décimo aniversario. Hubo cinco sesiones de trabajo, de una semana cada una, con la participación de todos los miembros conciliares.
El CPV produjo 16 documentos relativos a los principales aspectos y dimensiones de la misión de la Iglesia, formando un corpus articulado en torno a la categoría de comunión, a la cual se le dio como acompañante la noción de participación. Dichos documentos tratan entonces desde lo referente al primer anuncio del mensaje cristiano (kerygma) y al culto litúrgico, hasta la contribución de la Iglesia a la construcción de una nueva sociedad y el diálogo ecuménico e interreligioso. La Iglesia es signo e instrumento de la comunión de los seres humanos con Dios y entre sí; en este sentido debe vérselas con la necesaria incidencia del Evangelio en lo económico, lo político y lo ético-cultural. Sobre esto último merecen subrayarse los documentos relativos a la contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad (N° 3) y evangelización de la cultura en Venezuela (N° 13).
La situación nacional-marco del CPV, signada por la progresiva imposición del modelo “socialista”, fue bastante revuelta. Hubo momentos en los que se preguntó si no era mejor hacer una pausa y esperar tiempos más serenos para continuar las sesiones; predominó, sin embargo, la memoria de que históricamente los concilios se habían dado para hacer frente a serias confrontaciones internas y externas. La metodología conciliar, ver-juzgar-actuar, permitió un seguimiento atento de la realidad.
El CPV surgió como búsqueda de respuesta a desafíos. Pues bien, ahora él mismo se convierte en reto para la Iglesia que lo celebró y debe llevarlo a la práctica, con las debidas actualizaciones y adaptaciones. Un concilio no se realiza para un tiempo corto, sino mirando lejos.
El corpus documental conciliar no constituye un proyecto, en el sentido estricto del término, pero ofrece, sí, el material y el espíritu para los proyectos de la Iglesia en los próximos años y décadas. Para la evangelización en Venezuela el CPV es, pues, una brújula.

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