Wednesday, October 12, 2016

La historia se repite

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A manera de preámbulo, los invito a recorrer juntos algunas actuaciones recientes de la habilísima diplomacia cubana.
-Ubicar las negociaciones de paz en La Habana y –además– convertirse en garantes de un conflicto del que son parte interesada.
-Evadir las acciones de la OEA. (Elizabeth Burgos, quien ha estudiado y conoce como pocos sus argucias, escribió en su momento lo siguiente: “Con Zapatero y el combo de Samper, dos operadores de larga data en el frente diplomático cubano, esperan torpedear el intento del secretario general de la OEA, Luis Almagro, de imponer la Carta Democrática a Venezuela”).
-Lograr que asistiera un elevadísimo elenco de personalidades al encuentro preparado por Juan Manuel Santos en Cartagena (el secretario general de la ONU, varios presidentes, el rey emérito de España, y los secretarios de Estado de Estados Unidos y el Vaticano), avalando con su presencia el acuerdo de La Habana, aun cuando el pueblo colombiano no se había pronunciado.
El Premio Nobel otorgado al presidente colombiano días más tarde, habría sido parte del entramado y, superado el plebiscito, habría sido el colofón…
Pero Colombia dijo NO.
Hace doscientos años, un NO igualmente inesperado, marcó en Caracas el inicio de la gesta que conduciría a la independencia de Colombia y Venezuela del imperio español. Hoy, el rechazo al acuerdo de La Habana puede haber marcado –para los dos países– el inicio de una senda similar.
En otro plano, la experiencia que vivió la comunidad internacional será recordada como uno de los momentos más embarazosos que recoja la historia moderna… desde que el primer ministro inglés Neville Chamberlain se plegara –al igual que lo hizo Santos ante las FARC– a las demandas de Hitler en un intento por alcanzar la paz.
Cuba no es una simple isla-país. Sus actuaciones solo pueden ser comprendidas aceptando de antemano su naturaleza imperial. Un imperio, sin duda en decadencia, pero que al igual que ayer Gran Bretaña, aún domina (o influye de manera decisiva) en la vida de pueblos de muchísimo mayor tamaño y población. Y cuya narrativa, además, tiene un desproporcionado peso específico en la comunidad internacional.
Venezuela es su principal dominio, y fue nuestra bonanza petrolera –junto con la habilidad histriónica de Hugo Chávez– la que Fidel, entonces aún al mando, aprovechó para extender los tentáculos de Cuba hasta el Río de la Plata. Alba (2004), Unasur (2008) y Celac (2010) son hijos de una ofensiva dirigida a promover los lineamientos del Foro de Sao Paolo y a la vez aislar en su propio hemisferio a la primera potencia mundial. Y, por un instante, Cuba lo logró.
Las FARC han sido otra de sus herramientas de expansión.
Derrotadas militarmente, Cuba les agenció el territorio venezolano como zona de alivio, mientras en la tranquilidad de La Habana sus jefes negociaban con Santos un acuerdo ventajoso, el mismo que acaba de ser rechazado.
Colombia y Venezuela son gemelos siameses, hermanados por el idioma, la cultura y por la historia. También por la porosa frontera que los divide y los une. Lo que le ocurre a uno, al otro inevitablemente lo afecta.
Acaso sin proponérselo, los neogranadinos con su NO nuevamente se han sumado a Venezuela (recordemos a Girardot en Valencia y a Ricaurte en San Mateo) en su lucha sin cuartel por rescatar aquella soberanía e independencia que juntos conquistaron en Carabobo y Boyacá.
Algunos detalles han cambiado, por supuesto. Las armas y circunstancias son distintas, los ropajes también. Y es otro el imperio en decadencia al que estamos sometidos.


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