NELSON RIVERA
10 DE OCTUBRE 2016 - 12:01 AM
Tras algunas peripecias, han sido recuperadas y publicadas una secuencia de cuatro conferencias que Jorge Luis Borges dictó en un apartamento de la calle Hornos, Buenos Aires, en octubre de 1965. Un gallego que estuvo en todas, llevaba un magnetófono consigo. Muchos años después, en 2002, las entrega al escritor Bernardo Atxaga. En 2014 las cintas llegan a César Antonio Molina. Se inician así las diligencias encaminadas a la publicación de El tango. Cuatro conferencias(Editorial Lumen, España, 2016).
Borges se sirve del jazz para establecer un punto de partida que le permita pensar en la debatida cuestión de los orígenes del tango. Sus fuentes no se limitan a las librescas. Hacia finales de los años veinte –habla de 1929–, fueron numerosos los protagonistas del género con los que conversó, azuzado por su filoso interés. La vivacidad de los cuatro encuentros debe mucho a la generosidad con que Borges evoca o cita a sus amigos de entonces, a “los hombres del tango” o a escritores como Evaristo Carriego, Bioy Casares, Ricardo Guiraldes y otros.
Sigue un método: en la primera tarde, se enfoca en el tiempo y el lugar: Buenos Aires, en 1880. Afirmar es, a un mismo tiempo, descartar. No polemiza, propone algunas hipótesis y las sustenta. Atiende a sus datos y a su sentido común. Se remite a las raíces de la milonga y la habanera. La primera formación habría sido la de un trío, piano, flauta y violín, instrumentos cuyo costo no era accesible a los habitantes de los barrios pobres. Más adelante se producirá la incorporación del bandoneón. El tango habría surgido en un mundo donde concurrían el compadrito-rufián, el niño bien-patotero y la “mujer de la mala vida” (en estas conferencias, Borges luce impotente para pronunciar la palabra prostituta).
Las proyecciones entre el compadrito y el gaucho (“el compadre se veía como criollo, y el arquetipo del criollo era el gaucho”) ocupan buena parte del tiempo de la segunda conferencia. Borges se concentra en una de las figuraciones del compadre: el guapo (guapo en su quinta acepción: el que presume de su valentía, el perdonavidas), que no solo era diestro con el puñal y el poncho, también experto en la intimidación. Hacia 1910 estaban dispuestas las condiciones que contribuirían a la expansión del tango, que había viajado a Europa y regresado de París reconvertido en “una suerte de paseo voluptuoso”.
Borges desmonta algunas ideas en el tercer encuentro: no sería un pensamiento sino una emoción; no un género triste en su primera época; no atribuible a la emigración italiana, la quejumbre que ya existía en la cultura argentina. Gardel habría sido quien dotó el tango de una escena dramática.
La cuarta resulta la más “literaria” de las conferencias: transcurre, en buena medida, sobre las relaciones entre literatura y tango. Aparecen autores como Guiraldes y Lugones, que aportaron a su difusión. Borges anota que el tango ha sido tema del tango. Este contexto le sirve para comentar su primer cuento, “Hombre de la esquina rosada”, donde se tensan los intercambios entre tango y muerte. Cierra con esto: “Es decir, recapitulando todo lo que he dicho, el tango fue, sobre todo la milonga, un símbolo de felicidad. De suponer que esto sea eterno, creo que hay algo en el alma argentina, algo salvado por los humildes, y a veces anónimos, compositores de las orillas, algo que volverá. Es decir, creo, en suma, que estudiar el tango no es inútil, es estudiar las diversas vicisitudes del alma argentina”.
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