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Los sistemas autoritarios carecen de limitaciones legales, institucionales
y políticas en una ciberguerra
Moisés Naím
El País
Enero 29, 2017
http://internacional.elpais.com/internacional/2017/01/29/america/1485645294_854875.htmll
En mi columna del 6 de marzo del año pasado escribí: “Si en 2000 la
Corte Suprema fue la institución que en la práctica determinó quién
sería el presidente de Estados Unidos, este año el gran elector podría ser
el director del FBI, James Comey”.
Me equivoqué. El gran elector de estas últimas elecciones no fue el jefe
del FBI. Fue Vladímir Putin.
Como se sabe, el FBI estaba investigando si Hillary Clinton había
cometido un delito al usar su sistema privado de correo electrónico para
enviar mensajes confidenciales. El jefe del FBI también dijo “…Sigo muy
de cerca esta investigación y quiero asegurar que cuenta con todos los
recursos que necesita, tanto de personal como tecnológicos…”
Hoy sabemos que mientras Comey y sus colegas estaban dedicando
“todos los recursos” a los correos de Hillary Clinton, Vladímir Putin
estaba llevando a cabo una masiva campaña destinada a impedir su
victoria en las elecciones. El director de Inteligencia Nacional de Estados
Unidos acaba de hacer público un informe preparado por la CIA, el FBI
y la Agencia Nacional de Seguridad. Su título es Evaluando las
actividades e intenciones de Rusia en las recientes elecciones de Estados
Unidos. Está en Internet y sugiero que lo lea.
Estas son algunas de sus alarmantes conclusiones:
“En 2016 Vladímir Putin ordenó una campaña dirigida a influir en la
elección presidencial de EE UU. Sus objetivos eran socavar la confianza
del público en el proceso democrático, denigrar a Hillary Clinton y
dañar su elegibilidad y potencial presidencia. También concluimos que
Putin y el Gobierno ruso desarrollaron una clara preferencia por Donald
Trump. Tenemos una alta confianza en estas evaluaciones”.
“La campaña de influencia de Moscú siguió una estrategia que combina
operaciones secretas de inteligencia —como actividades cibernéticas—
con abiertos esfuerzos por parte de agencias gubernamentales rusas,
medios financiados por el Estado, terceras partes e intermediarios, así
como activistas de medios sociales pagados o trolls”.
“Evaluamos con gran confianza que el GRU (inteligencia militar rusa)
transmitió a WikiLeaks el material que obtuvo del DNC (Comité
Nacional del Partido Demócrata) y de altos funcionarios demócratas”.
“Rusia también recaudó información de algunos objetivos afiliados a los
republicanos, pero no llevó a cabo una campaña de divulgación
comparable”.
En 2012, León Panetta, entonces secretario de Defensa de Estados
Unidos, alertó de que su país corría el riesgo de ser víctima de un “Pearl
Harbor Cibernético”. Así como Japón causó estragos cuando en 1941
atacó por sorpresa la base naval de Estados Unidos en Pearl Harbor, los
actuales agresores pueden hacer algo parecido utilizando Internet. Según
Panetta, en su versión contemporánea, un ataque cibernético por parte
de un agresor extranjero podría inutilizar la red eléctrica del país,
bloquear el sistema de transporte, hacer colapsar el sistema financiero,
paralizar el Gobierno y así causar daños aún mayores a los que hubo en
Pearl Harbor. Aunque este tipo de ataque cibernético masivo y
simultáneo que preocupaba a Panetta aún no ha ocurrido, Estados
Unidos ha venido siendo blanco creciente de ataques cibernéticos
parciales con graves consecuencias. Organismos gubernamentales como
todo tipo de empresas privadas han sido víctimas de estos ataques.
Pero este más reciente ataque de Rusia es diferente. Su propósito no fue
dañar máquinas, armamentos y edificios sino las instituciones
democráticas del país. El informe publicado por las agencias de
inteligencia muestra claramente que Estados Unidos fue víctima de un
Ciber-Pearl Harbor pero político. El ataque fue un intento de sesgar los
resultados de las elecciones estadounidenses a favor de los intereses de
una potencia rival: Rusia
El informe además nota que Putin seguramente seguirá utilizando esta
estrategia en otras partes:
“Evaluamos que Moscú aplicará las lecciones aprendidas de la campaña
dirigida por Putin contra las elecciones presidenciales de Estados Unidos
en todo el mundo, incluso contra aliados estadounidenses y sus
procesos electorales”.
En 2017, Alemania, Francia y Holanda tendrán elecciones cuyos
resultados pueden alterar drásticamente la Unión Europea. Putin nunca
ha ocultado su desdén por el proyecto de integración europea o por su
alianza militar, la OTAN. Donald Trump tampoco. Y en todas las
elecciones europeas se ha hecho común la participación de candidatos
que abogan por la salida de su país de la Unión Europea y que son
críticos con la OTAN. Eliminar las severas sanciones económicas que
Europa y EE UU han impuesto a Rusia en represalia a su invasión de
Crimea es una prioridad para Putin. Hasta ahora no ha podido.
Veremos si gracias al ataque cibernético y a la elección de candidatos
partidarios de eliminar las sanciones lo logra. Estos candidatos
seguramente tendrán furtivos apoyos que nos recordarán las tácticas
expuestas por el informe de las agencias de inteligencia estadounidenses.
La paradoja en todo esto es que, a pesar de que Estados Unidos es el
indiscutible líder mundial en las tecnologías de la información necesarias
para librar ciberguerras, se encuentra en clara desventaja para
enfrentarse en este terreno a regímenes autoritarios y democracias no
liberales. Sus rivales autoritarios no tienen las limitaciones legales,
institucionales y políticas, el control y los equilibrios, de una
democracia.
Pero las democracias saben aprender de la experiencia. En 1941 todos
entendieron qué pasó en Pearl Harbor. Eso llevó a Estados Unidos a
reaccionar y terminó derrotando a Japón. Queda por ver cómo
reaccionarán EE UU y Europa al menos visible, pero más peligroso,
Ciber-Pearl Harbor político del cual son víctimas.
Sígame en Twitter en @moisesnaim
Moisés Naím (Caracas, 1952). Es licenciado en Ciencias
Económicas, con máster y doctorado por el Instituto de
Tecnología de Massachussets. Ha sido profesor en la Johns
Hopkins School for Advanced and Internacional Estudies y en
el Instituto de Estudios Superiores de Administración en
Caracas. Entre otros cargos, ha sido director ejecutivo del
Banco Mundial y ministro de Comercio e Industria de su
país. Colabora en diversos periódicos como Washington Post,
Los Ángeles Times, New York Times, Newsweek y con una
columna semanal en El País. Fue director de la edición
estadounidense de Foreign Policy, que circula en 160 países
y se publica en siete idiomas, desde 1996 hasta 2010.
Investigador del Carnegie Endowment for International
Peace (Washington, D.C.). Su obra se compone de libros de
economía y política internacional, entre los que destacan:
Venezuela, una ilusión de armonía, con Ramón Piñango;
Tigres de papel y minotauros: La política de reforma
económica en Venezuela (1993); Lecciones de la experiencia
venezolana, con Louis Goodman, Johanna Mendelson,
Joseph Tulchin y Gary Bland (1994); La política de
competencia, desregulación y la modernización en América
Latina, con Joseph Tulchin (1999), Estados Alterados:
Globalización, Soberanía y Gobierno (2000), Ilícitos (2006).
En abril de 2011 recibió el Premio Ortega y Gasset por la
más destacada trayectoria profesional y también “su enorme
capacidad de análisis que lo convierten en una referencia
imprescindible en lengua española". En 2014 publicó “El fin
del poder”.
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