Ya estamos muy
cerca de la Conferencia de París sobre el Clima 2015, una cita que será
definitoria para la suerte del planeta Tierra. Hoy día están confirmados
plenamente a nivel científico los efectos del cambio climático en el
calentamiento de la tierra, obra de un desarrollo que por 200 años sólo miró
las cifras de avance y progreso, sin advertir los impactos negativos que se
estaban produciendo en la naturaleza y la vida del ser humano.
Todo indica que se
está avanzado en muchos aspectos para lograr acuerdos, especialmente tras la
última reunión en Lima y los anuncios de Barak Obama y Xi Jinping en noviembre
pasado. Pero hay un vacío que impregna los documentos preparatorios: poco o
nada se habla del clima sano como un derecho humano. Y este no es un asunto
menor, porque determina el enfoque que tendrán las estrategias futuras.
Para decirlo con
claridad, lo que está en cuestión es la supervivencia del ser humano en este
planeta, no la suerte del planeta. Este puede seguir existiendo, pero en
condiciones que hagan muy difícil la vida de hombres y mujeres sobre la Tierra.
Ya en Lima se habló
de “justicia climática”. Y ello llama a pensar con nuevos ejes conceptuales el
tema. No se trata sólo de adoptar medidas para mitigar el impacto y tratar de
llegar al 2050 con un planeta vivible. Se trata también de definir quienes
deben actuar con más urgencia, de cómo proteger a quienes sufren las consecuencias
aunque no hayan creado las causas y asumir que la interacción cambio
climático-pobreza es un dato ineludible de la realidad. Cuando se dice en
diversos eventos recientes que el impacto negativo en el medio ambiente socava
los derechos humanos se habla de cosas concretas: el derecho a la alimentación,
el derecho al agua, el derecho a la salud, entre otros. Son factores que
exacerban las desigualdades existentes.
El nuevo acuerdo
sobre el clima, que debiera alcanzarse en París en diciembre, ofrece una oportunidad
única para cambiar la ruta, lejos de la rutina y hacia un nuevo modelo de
desarrollo sostenible. Sin embargo, en estas negociaciones hay que tener
presente que las responsabilidades son diferentes de un punto de vista
histórico. Sabemos que la emisión de gases de efecto invernadero (GEI),
permanecen en la atmósfera entre cien y 120 años, esto es las emisiones de cien
años atrás, están todavía en la atmósfera atrapando los rayos solares lo que
genera el calentamiento global. No se necesita explicar que los GEI de hace
cien años eran infinitamente menores que las actuales, no solo por el aumento
de la población sino por el aumento de los niveles de vida, el mayor bienestar,
la mayor producción que se ha generado en el planeta.
La cumbre de París
ofrece una oportunidad para cambiar la ruta, lejos de la rutina y hacia un
nuevo modelo de desarrollo sostenible
Sin embargo, los
países que hoy son más desarrollados son los que tienen una mayor cantidad de
emisiones, por así decir, acumuladas en la atmósfera. Casi el 30% de lo que
está en la atmósfera corresponde a los GEI de Estados Unidos, seguidos de los
países industrializados como Alemania, Reino Unido, Francia y algunos que
rápidamente se están poniendo al día, como China y Rusia. Sin embargo, las consecuencias
de este calentamiento global se sienten con mayor fuerza y afectan mucho más a
esos sectores de la población que viven en lugares más pobres. En otras
palabras, son los pueblos más atrasados económicamente los que más están
expuestos a las consecuencias negativas del cambio climático.
Como lo dijera el
papa Francisco en su reciente encíclica, “los peores impactos probablemente del
cambio climático, recaerán en las próximas décadas en los países en vías de
desarrollo. Muchos pobres viven en lugares particularmente afectados por
fenómenos relacionados con el calentamiento y sus medios de subsistencia
dependen fuertemente de las reservas naturales y de los servicios eco-sistémico
como la agricultura, la pesca y los recursos forestales. No tienen otras
actividades financieras y otros recursos que les permitan adaptarse a los
impactos climáticos o hacer frente a situaciones catastróficas y poseen pocos
acceso a servicios sociales y a protecciones”.
Y ahí, con
dramatismo y urgencia, aparece también la migración que se está produciendo
como resultado del cambio climático; poblaciones pobres que no pueden adaptarse
a un desierto que avanza. ¿Cuántos de los que migran del norte de África hacia
los países europeos son el resultado de no poder seguir allí donde nacieron
porque la sequía y el avance del desierto, hace imposible su supervivencia?
Ellos no son responsables de haber cambiado el medio ambiente del planeta
porque, en su atraso, prácticamente en esos lugares no emiten gases de efecto
invernadero.
El desafío es
lograr que los países en desarrollo, los de menores ingresos, puedan seguir
creciendo
Si bien todos los
países concurrirán en París a hacer un gran esfuerzo, porque todos somos
responsables como lo dice la convención de Kyoto, esta responsabilidad es
diferente según cada uno de los países. Son responsabilidades comunes a todos
pero diferenciadas. Es aquí donde se debe incorporar el concepto de justicia en
estas negociaciones. El desafío en ellas es lograr que los países en
desarrollo, los de menores ingresos, puedan seguir creciendo, pero no lo hagan
como lo hicieron los países más desarrollados donde no había una conciencia de
los resultados de la emisión de los GEI. Esto es lo que está en el meollo de
introducir la idea de la justicia en negociaciones: tener claridad de las
responsabilidades de unos y otros; y de las carencias y demandas de unos y
otros.
Lentamente, el
mundo avanza hacia un nuevo paradigma, en donde cada país será medido no solo
por el nivel de ingreso por habitante, sino tan importante como aquel, sobre
cuál es el nivel de emisiones de GEI por habitante. El desafío es como se hace
para crecer del punto de vista económico y simultáneamente buscar disminuir o
mantener el nivel de emisiones de GEI que se genera con el aumento de dicho
producto.
Sabido es que la
ciencia ha dicho con claridad que hacia el año 2050 tenemos que ser capaces de
evitar un aumento de calentamiento global superior a dos grados Celsius,
respecto de aquel que existía 200 años. Y por lo tanto, el derecho al
desarrollo de muchos pueblos, puede estar en cuestión desde que estos necesitan
seguir creciendo sin aumentar emisiones de GEI. Esa es la pregunta central para
lo cual se requiere apoyo de los países hoy desarrollados en recursos
financieros y en nuevas tecnologías. Se necesita derrotar la pobreza, para lo
cual hay que crecer, pero crecer sin emitir. Y, por ello, son los recursos
financieros y tecnológicos los que van a permitir que esta transformación
global se pueda hacer de una manera sustentable.
Ricardo Lagos fue presidente de Chile.
Vía El País. España
Que pasa Margarita
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