CARLOS
BLANCO.
En tres o cuatro meses, después
del reemplazo constitucional del régimen actual, cabe imaginar Venezuela. Los
que estén al mando tendrán tal vez la tarea más compleja que le haya
correspondido a generación alguna. Y a los ciudadanos les tocará lo suyo.
Arreglar fracturas sin anestesia, duele. Renunciar a ver cómo pasa el río y la
gente para incorporarse en la corriente y en la multitud, cuesta. Salir de la
inercia al que los tiranos confinan al ciudadano de a pie, obliga a flexionar
músculos flácidos, debilitados por el desuso. Reorganizar las ganas de venganza
para convertirlas en deseos de reconstrucción, es un esfuerzo superior. No será
fácil, pero será una tarea que convocará el afecto, la solidaridad y lo mejor
de la venezolanidad.
Es una imagen que me persigue de
fotos y películas, ver a los europeos caminar entre los escombros de lo que
fueron ciudades magníficas, llenas de esplendor, sometidas al fuego implacable
de las fuerzas nazis y luego de los Aliados que las recuperaban. Pero esas
mujeres de pañoleta raída y esos hombres de miradas perdidas, con los hijos
idos o muertos, fueron portadores de la semilla que reconstruiría sus países.
Con todas las diferencias obvias, así los venezolanos a quienes se les arrancó
la esperanza por años, como un despellejamiento infame, se levantarán para
hacer el país que espera desde hace tiempo y que se ha fugado, una y otra vez,
por las rendijas del aventurerismo, el caudillismo y el personalismo.
De las centenas de miles de
venezolanos que están fuera, unos regresarán y otros no; pero todos formarán
parte del tejido global de la reconstrucción. Los presos políticos serán libres
y los exiliados volverán: serán parte de la vanguardia que hará del país una
obra magnífica. Los jóvenes que tanto han luchado y que tanto han sufrido, que
tanto han entregado sin aspirar a retribución alguna, tendrán oportunidades
para hacerse desde adentro y desde abajo.
Habrá que introducir cambios que
inserten a Venezuela, de un salto, en otra época, la del siglo XXI. Una ruptura
radical no con el chavismo plebeyo sino con las ideas del chavismo, sin
concesiones a su falso amor a los pobres, con capacidad de defender los
derechos humanos, la libertad de expresión, la propiedad privada y la inclusión
del país en la dinámica del cambio tecnológico y societario que tiene lugar en
el planeta.
Cuando la pesadilla pase –y
pasará- los venezolanos nos veremos unos a otros, curiosos, y exclamaremos
“¡Cómo nos pudo pasar esto!” Y nos diremos “¡Nunca más!”
Venezuela será un caudal
imparable de porvenir.
Vía El Nacional
Que pasa Margarita
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