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Es hora de que Europa le exija al mundo musulmán su compromiso
para frenar la barbarie y para ofrecer a los refugiados el territorio y la
ayuda económica que necesitan tras años de fanatismo y violencia
Marcos Aguinis
La Nación
Agosto 5, 2016
http://www.lanacion.com.ar/1924946-bajo-el-signo-de-una-nueva-guerra-mundial
No sólo el Papa dice que estamos viviendo la tercera guerra mundial,
sino que desde hace años viene siendo anunciada con llamaradas
proféticas, primero por la ya fallecida Oriana Falacci y luego por la
española Pilar Rahola, entre las pocas mentes lúcidas de los últimos
tiempos. Pero fueron desoídas, como ocurrió con tantas voces
temerarias de los rodantes siglos. Una llamada "corrección política"
prefería ignorarlas, porque exigían valor. Eso que estuvo ausente en el
primer ministro inglés Neville Chamberlain, a quien sucedió -para
beneficio de la humanidad- otro conservador, pero valiente y lúcido:
Winston Churchill, quien tras la humillante conferencia de Munich le
dijo: "Le dieron a elegir entre la indignidad y la guerra; eligió la
indignidad, ahora tendrá la guerra".
La nueva guerra mundial exhibe analogías y diferencias con las dos
anteriores. Algunos parecidos se refieren al involucramiento de gran
parte del planeta, una crueldad masiva y sin límites, y un fanatismo
desenfrenado. Las diferencias podrían centrarse en el novedoso
protagonismo del islam y la psicótica acción de los asesinos suicidas.
La creciente intervención de los mal llamados "lobos solitarios" ha
convertido cualquier lugar del globo en un sitio expuesto a la matanza.
Pueden ser un supermercado, un club, templos, mutuales, desfiles,
paseos callejeros. Esta característica exige mejor diagnóstico, más
coordinación y una firme voluntad para enfrentar semejante catástrofe,
la misma voluntad que inspiró a Churchill. Aliados de verdad. No se
trata de disparar misiles o deshacer el Califato Islámico. La arcaica
invención del Califato podrá desaparecer, pero no quienes se nutren
de sus enfermos ideales. El problema es más complejo.
La palabra asesino proviene del árabe: Hash Ashin (los que consumen
hachís o son adictos al hachís). Formaron una secta sanguinaria
durante las cruzadas y se dedicaron a matar en nombre de Alá a
cualquier cristiano que tuviesen cerca. Pertenecían a la rama chiita
que predomina ahora en Irán, donde nació Las mil y una noches, que
fue luego más pacífica que la sunita. Los chiitas recuperaron su
carácter agresivo durante la revolución de Khomeini al frente de sus
ayatolas, que muchos progresistas apoyaron con la ilusión de que
traían la libertad. Ahora, en gran parte del islam predomina un espíritu
bélico de todos contra todos. Es curioso que compartan un mismo
libro, llamado Corán. Pero diversas interpretaciones o la veneración
por individuos de un lejano pasado generan enfrentamientos absurdos.
Esta situación no es original, porque lo mismo sucedió en el mundo
occidental. Las guerras de religión entre cristianos produjeron el
exterminio de casi una mitad de Europa por la otra mitad. ¿No
recordamos la Inquisición y la Noche de San Bartolomé, entre
miríadas de tenebrosos ejemplos? Pero en Occidente se produjo el
milagro del racionalismo y de la ilustración. Entonces su común libro,
la Biblia, que también contiene porciones sanguinarias, dejó de citarlas
para exaltar los versículos que cantan al amor y a la vida. Se leen,
memorizan y repiten los párrafos que traen consuelo y calientan la
fraternidad. Las religiones que comparten la Biblia se convirtieron en
bálsamo y convocan a la paz.
Cada sura del Corán, por su lado, repite una frase maravillosa: "En
nombre de Alá, clemente y misericordioso". De ahí puede colegirse
que los aspectos que no responden a esas características deberían
ser marginados. Incluso resulta más que evidente que Alá creó la vida
y, en especial, al hombre, culminación de su obra universal. En
conclusión, el suicidio debería ser considerado un pecado. Y quitar la
vida de un semejante también es un pecado, porque ofende la máxima
creación divina. La Biblia y el Corán tienen muchas analogías: derivan
de la misma fuente monoteísta que inspiró a Abraham y a Moisés y los
sucesivos acordes proféticos. Llegó la hora en que el asesinato sea
condenado también, de forma inequívoca. ¡En todas las mezquitas,
sitios de oración o escuelas coránicas! Debería ser una decisión
asumida por la mayoría moderada de los musulmanes que pueblan el
mundo. Sin rodeos, ni máscaras, ni excusas. De lo contrario se
convierten en cómplices de la degradación que empuja su fe hacia el
abismo. No es aceptable que se prometa el paraíso a quienes
cometen suicidio para matar semejantes. Ni que se honre y premie a
sus familiares como parientes de héroes: son parientes de
trastornados, de criminales, de gente que merece el infierno. Esto
ocurre a diario, es bochornoso y ningún país lo condena (por
"corrección política"). Del elogio al suicidio y al asesinato brotan los
"lobos solitarios" y la atracción de jóvenes con trastornos mentales.
Llega a ser tan horrenda la manipulación religiosa de ciertos líderes
musulmanes como la adoptada por Khomeini durante su guerra con
Irak. Este monstruo ordenó fabricar medio millón de llavecitas de
plástico para colgarlas en el cuello de los niños. Las llavecitas les
abrirían las puertas del paraíso después de morir. Instaló a los niños
delante de sus tropas y les exigió avanzar contra la vanguardia iraquí.
Testimonios irrefutables de soldados iraquíes narran cómo estos
hombres, ante el avance suicida de miles y miles de criaturas,
empezaron a vomitar, arrojar sus armas y correr despavoridos hacia la
retaguardia.
Tras siglos en que el islam parecía una religión pacífica y hasta
ejemplar en muchos aspectos, surgió una fanática entidad llamada
Hermanos Musulmanes, que produjo un retroceso de matices
cavernarios. En lugar de avanzar hacia la luz, lo hizo hacia el atraso.
Los Hermanos Musulmanes fueron organizados en 1928 por un
maestro de escuela, Hasan al-Banna, nacido en un pequeño pueblo
egipcio. Predicó que el islam fuera enseñado más allá de las
mezquitas para enfrentar las corruptas ideas de Occidente, basadas
en la ciencia atea y la impúdica democracia. Entre 1928 y 1938 esta
pequeña asociación se instaló en la ciudad de Ismailiya, junto al canal
de Suez, y experimentó un increíble desarrollo. De Egipto se expandió
a los demás países árabes. Últimamente fue fogoneada por Arabia
Saudita, debido a que regímenes laicos como el del presidente Nasser
los consideraban un peligro.
La jihad es el nombre de la actual guerra santa. Pretende conquistar el
mundo. Lo expresa sin rodeos. Entre sus objetivos inmediatos figura
dominar el Medio Oriente y luego Europa. Se les ha tornado más nítido
este propósito, porque ya no lo nublan incertidumbres. Hace rato que
dirigentes musulmanes afirman que con el útero de sus mujeres
conquistarán el llamado Viejo Continente. La aceleración se logra
mediante los refugiados. Europa, con la conciencia aún maltrecha por
las guerras y genocidios anteriores, no se atreve a enfrentar este
novedoso problema. No se atreve, por ejemplo, a ponerse de acuerdo
en que la tragedia de los refugiados sirios fue provocada por los
propios árabes y musulmanes, no por los daneses, ni los noruegos, ni
los húngaros. Y que deben resolverlo los propios países musulmanes.
No les faltan tierras ni recursos. Deberían instalarlos en las enormes
extensiones de Arabia Saudita y otros países árabes, con el apoyo
económico de todos los países del mundo y -fundamentalmente- las
fortunas incalculables que atesoran los emiratos del Golfo. ¿Por qué
tienen que irse a vivir a países con otras tradiciones, lenguas,
costumbres y creencias? Con la excepción de Turquía, Jordania y el
Líbano, ningún otro país árabe los recibe. Mientras, a Europa llegan
miles de víctimas deshechas y, junto con ellas, buena cantidad de
terroristas.
Los argentinos tuvimos el atroz privilegio de sufrir el primer atentado
terrorista islámico y antisemita de todo el continente americano.
Tiempo después ocurrieron el ataque a las Torres Gemelas y otras
abominaciones. Tenemos el deber de ponernos al frente de una
acción mundial, bien coordinada y eficaz, que comprometa a la mayor
parte de las organizaciones y exija un cambio radical en la educación
islámica, para que se condenen el suicidio, el asesinato y la prédica
del odio. ¡Y que lo hagan "en nombre de Alá, el clemente y
misericordioso". El suicidio heroico fascina a muchos desequilibrados,
en especial jóvenes. Constituye el más horrible arsenal de la muerte
en esta novedosa guerra mundial.
Marcos Aguinis nació en Córdoba, Argentina. Escritor que
ha transitado una amplia formación internacional en
literatura, medicina, psicoanálisis, arte e historia. Columnista
del diario La Nación. Primer Ministro de Cultura después de
los gobiernos militares. En 1963 apareció su primer libro y,
desde entonces, ha publicado diez novelas, catorce libros de
ensayos, cuatro libros de cuentos y dos biografías que
generan entusiasmo y polémica. Entre ellos destacan: La
gesta del marrano, La cruz invertida, La pasión según
Carmela, Refugiados, crónica de un palestino. Su última
novela es Liova corre hacia el poder (Ed. Sudamericana).
En el campo de los derechos humanos enfrentó temas
polémicos que pusieron en riesgo su vida. Durante la última
dictadura fue limitada la circulación de sus libros y algunos
salían del país en forma clandestina. Ha escrito artículos
sobre una amplia gama de temas en diarios y revistas de
América latina, Estados Unidos y Europa. Ha dictado
centenares de conferencias y cursos en instituciones
educativas, artísticas, científicas y políticas en Alemania,
España, Estados Unidos, Francia, Israel, Rusia, Italia y casi
todos los países latinoamericanos.
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