Gustavo Coronel
REFLEXIÓN DOMINICAL
“Matar de un martillazo a una mosca parada sobre un vidrio puede ser ineficiente, pero es eficaz”.
Tiene
razón Moisés Naím cuando dice que con frecuencia el resultado de las
protestas y marchas no guarda relación con la intensidad del esfuerzo.
Yo lo viví en carne propia durante los primeros años de este siglo,
2002-2003, cuando marché muchas veces, en medio de una inmensa multiud
que portaba banderas, pancartas, gritaba entusiasmada y me hacía sentir,
en el momento, que estaba contribuyendo decisivamente al cambio
deseado. Ello no fué exactamente así. El régimen montaba al día
siguiente su propia manifestación, con gente traída en autobuses,
vestida de rojo, a quiene le daba efectivo y un paquete con comida y
caña. Invariablemente, empataba el juego, al menos ante los ojos del
mundo. Solo nosotros sabíamos que ello no era así, que la verdadera
anotación era otra. Reuters, EFE y la AP reseñaban ambas marchas de
similar manera: “centenares de partidarios de Chávez marcharon ayer” y
“centenares de venzolanos de oposición manifestaron ayer”. Las marchas
se cancelaban de manera algebraica. Como decía Cantinflas: cero mata
cero y no llevo nada.
Fue
esta aparente futilidad de marchar y bailotear y cantar, además de la
loable vocación de nuestro pueblo por salir a votar, lo que llevó a una
estrategia orientada a lo electoral. Y se hicieron progresos, lentos
progresos. El progreso electoral de la oposición andaba por las
escaleras mientras la destrucción nacional llevada a cabo por el
régimen iba en ascensor. A esa tasa de progreso, se comenzó a pensar,
ganaríamos el poder cuando ya no existiera nada que salvar. Por 15 años
soportamos humillaciones de todo tipo, abusos de poder, expropiaciones,
prisión y muerte para muchos, colapsos financieros y sociales, la
progresiva aniquilación de la clase media. La oposición seguia votando
bajo un sistema viciado de ilegalidades y ventajismo, sin pedir
rectificación alguna. Ïbamos a votar en condiciones de abierta
inferioridad y, aún así, se hicieron algunos progresos. Pero siempre en
un ambiente electoral esencialmente controlado por el régimen.
Puede
extrañarle a alguien, entonces, que la gente se haya ido a la calle?
Lo que es de extrañar es por qué ello no ocurrió mucho antes. La razón
es compleja y tiene dos vertientes: una, por mucho tiempo el derroche
financiero del régimen pudo mantener a muchos venezolanos contentos,
incluyendo gente que desaprobaba politicamente del régimen pero que era
mojada por la lluvia de real. Otra, que la inercia social y capacidad de
adaptación del pueblo son inmensas.
Sin
embargo, cuando se genera una masa crítica de gente descontenta y la
inercia es finalmente vencida por el cúmulo de abusos, entonces sucede
lo que está sucediendo. Estas protestas y marchas de ahora tienen una
diferencia con respecto a las que tuvieron lugar anteriormente. Estas
son contínuas, incesantes, sin bailoterapia o rostros sonrientes. Ahora
hay dureza en los rostros, indignación como combustible, decisión de
perseverar hasta que algo se rompa. A pesar de que las protestas tienen
un bajo coeficiente de eficiencia ante un régimen apuntalado por unas
fuerzas armadas prostituídas y por bandas de forajidos, los venezolanos
en la calle están decididos a continuarlas. Y ese es el ingrediente que
hace temblar al régimen y que las hace probablemente eficaces como
agente de cambio.
Ello
es así porque en la realidad el régimen es mucho menos monolítico de lo
que muchos asumen. La ideología no es su fuerte, su fuerte ha sido la
ambición de hacer dinero, la codicia y el ansia de poder. Ahora que
muchos boliburgueses tienen los bolsillos repletos, desean irse con su
dinero a otra parte. Sectores de las fuerzas armadas se resienten de que
solo unos pocos se han beneficiado de la prodigalidad del régimen y
piensan, como sucedió en 1958, que esto no puede seguir así. Hay valores
y principios adormecidos que se están despertando en mucha gente. Y,
sobre todo, hay un ímpetu extraordinario de la juventud venezolana, esa
punta de lanza que se movió en contra de Gómez, en contra de Pérez
Jiménez y ahora se mueve contra este régimen de horror. Por su parte, la
Iglesia comienza a pronunciarse con mucho vigor, como lo prueban la
tajante opinión de Monseñor Ovidio Pérez Morales pidiendo un gobierno de
transición ya y la reciente declaración de la Conferencia Episcopal.
Los abusos y la represión reciente no han hecho más que endurecer el
propósito de quienes protestan.
Es
cierto que el régimen se mueve con astucia. Sus falsos llamados a la
paz, a un tinglado llamado Conferencia de la Paz próximo a instalarse y
a la reconciliación han engatusado a algunos empresarios y hasta a
algunos miembros de la oposición, quienes ven ventajas individuales,
aunque fuesen temporales, en la preservación del status quo. La gusanera
de la OEA y de UNASUR sirve de comparsa a esas maniobras. En USA
afloran grupúsculos de profesores universitarios y artistas de
Hollywood, incluyendo algunos pagados por el régimen, para cabildear a
su favor. La batalla de la opinión está en plena ebullición dentro y
afuera. Hay todavía gente importante aún sentada en la barrera, como si
el problema no fuera también de ellos. Están resignados a creer que la regla de oro es que quien tiene el oro impone las reglas.
Las
protestas pueden ser ineficientes pero seran probablemente eficaces en
moverle el piso a este régimen. Y es que, además, queridos amigos, no
hay alternativas a la vista!
La
situación actual del régimen es muy delicada. Cualquier
pronunciamiento, cualquier actor importante que se manifieste claramente
en este momento, puede inclinar la balanza a nuestro favor y dar al
traste definitivo con la pesadilla que vive Venezuela desde hace 15
años. Puede ser en el área petrolera, en el área política o
geopolítica, en el area económica o, inclusive, en el área militar.
La liebre o más de una liebre parecen a punto de saltar.
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