Sunday, November 15, 2015

Una transición color de hormiga?

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Luis Garcia Mora

No es fácil abrirse paso en la espesura, cuando luego de algunas semanas de distanciamiento por razones de salud física y mental, despertamos al país y al mundo, y nos encontramos con este monstruoso atentado en Paris, que acertadamente el Papa califica como parte de la III Guerra Mundial, y que nos coloca, no únicamente a Francia, Marruecos y Turquía, sino a todos nosotros y al mundo, en un estado de alerta máxima ante algo que parece implacable.
El grupo terrorista Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) en un comunicado colgado en Internet, se ha atribuido la autoría de los atentados que ha causado la muerte de al menos 127 personas y herido a más de 200, y hablado de “ocho hermanos” con bombas, fusiles de asalto y cinturones explosivos, y asegura que los lugares atacados han sido elegidos “minuciosamente”.
Un impacto que en el momento nos envuelve (con sus infinitas ondas expansivas) y atribula, y cuya aflicción y abatimiento no cesa al regresar a nuestro país, y encontrarnos con nuestra propia carga de asombro cuando nos enteramos por la prensa mundial que dos sobrinos del presidente y la primera dama de la República han sido apresados y acusados en otro país, después de negociar un cargamento de cocaína que intentaban meter en Estados Unidos, portando pasaportes diplomáticos expedidos por Venezuela, y que serán enjuiciados y posiblemente condenados.
Algo que, en el colmo de nuestros males de República fragmentada y en crisis, y con una cita comicial inminente y de unas dimensiones transformadoras preñadas de violencia e incertidumbre, debería convocarnos a todos, de un bando y del otro, a (sin emitir juicios a priori) algunos momentos de reflexión.
El torrente de hechos que nos desquician y que se han precipitado en los últimos meses, nos señala como a un país con una democracia convertida en el reino de la arbitrariedad y en proceso de destrucción en todos los sentidos, con una situación insostenible que preocupa a todo el mundo, y con un gobierno en el que no hay talante de diálogo, a pesar de ser el responsable de una crisis de tal magnitud que, por lo menos para comenzar a solventarla, con urgencia está requiriendo algún tipo de sensata conversación y acuerdos.
Pues el trazado de la crisis es total. Y aunque muchos no se quieran convencer y percatarse de ello, sobrepasados todos los indicadores del caso, es sobre todo moral.
Sí. Y con consecuencias terribles, si no es abordada con responsabilidad de inmediato.
Y no se trata de que exista una “dirección inexperta” sobre la economía, y las finanzas, sino que -como reconocía un monje fundamentalista como Giordani-, sencillamente “no hay dirección”. Y con una distorsión en movimiento, tan grave, que late como “una bomba de tiempo”.
Es el tic-tac que se escucha desde el fondo del corazón de la población venezolana, cuando se encamina con coraje y con fuerza a votar masivamente el 6-D (de acuerdo con todas las encuestas) por un cambio determinante de la situación.
Sin olvidar jamás, aquello de que una vez lograda la victoria (algo que pareciera un hecho) el pragmatismo es la forma más inteligente de defender los principios y que política es sinónimo de negociar. Con coraje, sin radicalismos ni estupideces pues, como recordaba inteligentemente un experto en crisis: “lo perfecto es enemigo de lo posible”
Aunque, primero, lo inmediato, votar.
Que se exprese la voluntad libremente.
En este mundo, en el que cada vez es más difícil vivir.
Y reflexionar. Sobre dónde estamos. Qué queremos. Cómo actuar. Considerar debidamente nuestros pasos.
La manifestación de la carta del secretario general de la OEA Luis Almagro, que pone en tela de juicio la imparcialidad del sistema electoral venezolano y enumera en 18 minuciosas páginas el resultado de la “tomografía axial” que se ha hecho al proceso, tras la negativa del CNE a admitir una misión de observación internacional.
Ni de UNASUR, la OEA o la ONU. Junto a inhabilitaciones, fallas judiciales y abuso de los recursos del Estado en beneficio propio, censura y rediseño de circunscripciones para maximizar desproporcionadamente su voto, entre otros factores. Casi una denuncia de que el Gobierno intenta afectar las elecciones, la carta es hoy considerada por los observadores internacionales como un documento que bien podría ser utilizado como una base legal para que los países de la OEA invoquen la Carta Democrática en caso de un intento de fraude (que uno no cree).
Sin embargo, la corrupción y el clima político y social de inestabilidad e ingobernabilidad por la crisis, que está tocando el hueso y ejerce una presión de 800 atmósferas sobre esta corta ruta hacia el 6 de diciembre, obliga a ponerse a la vanguardia de los cambios que vienen.
Los venezolanos están cansados y asqueados.
Y no se puede dejar de pensar en el 6-D y el 7-D. Se trata de elegir 113 diputados de forma nominal, otros 51 por lista y los 3 de las comunidades indígenas.
Una cita en una atmósfera que amenaza con una avalancha de votos al Gobierno. Y donde preocupa no sólo la defensa del voto, en la que los candidatos van a dar el todo por el todo para defenderlos, sino también cualquier posibilidad de ruptura en el campo de la opción unitaria.
Inquieta la división soslayada pero sobre la Mesa, entre Chúo Torrealba y Falcón, cuando éste por solo sustentar su posición de abrir diálogo con un Gobierno que pierde, es rechazado tan radicalmente por quien debe vigilar políticamente la unidad y, por el contrario, no encenderla, empujando a Falcón a declarar públicamente que Torrealba, como secretario ejecutivo de una mesa unitaria, “debe (más bien en lugar de enajenar) servir como mediador hacia dentro de la MUD y hacia fuera”.
Y eliminar esas posturas agresivas en el discurso.
Como no se puede dejar pasar por alto esa división práctica entre la gente de Súmate y la de Esdata, donde se busca ejercer un “control” del control que hará la oposición en las mesas. Consecuencia quizás de la no bien pensada decisión de armar el “grupo de los cuatro” de la nueva MUD, con Borges (PJ), Ramos Allup (AD), Márquez (UNT) y Guevara (VP), dejando por fuera al líder de Lara Henry Falcón, María Corina (Súmate) y Ledezma. Sin (de alguna manera) incorporarlos a las instancias que deciden. Mientras que por el lado gubernamental se percibe la otra inmensa tensión en torno a la cuestión candente de a quién se le echa la culpa cuando se produzca la derrota.
Pero más allá de las matemáticas electorales, lo que más preocupa es cómo la élite revolucionaria enfrentaría una transición que para algunos comenzó con la muerte de Chávez, y para otros va a comenzar el 6D.
Y como colofón, antes de entrar en los cráteres, es bueno saber que al parecer es considerado como un hecho que, “Las FANB no ampararían o defenderían un alzamiento electoral de ninguno de los dos lados”.
Y, en torno a los monstruosos ataques del viernes en Paris (no, no nos es posible apartarlos de nuestra mente), es casi una certeza para todos que si Francia acaba de declararse en guerra es porque ha sido atacada, y como dice José Ignacio Torreblanca, porque espera más ataques, tanto dentro como fuera de su territorio.
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CRÁTERES
¿Qué va a hacer Maduro ante la derrota electoral que predicen las encuestas y su decisión anunciada de no estar dispuesto a abandonar el poder? Nadie, ni sus propios seguidores, pueden imaginar a un Maduro aplastado por una avalancha en las mesas, dirigiéndose en cadena a los venezolanos el 7 u 8 de diciembre, para informar que “este país es incontrolable si yo no gobierno”. Y aunque no forzosamente se produzca un alud, ¿qué comunicará?
¿Qué harán? ¿Están en el Gobierno en la decisión de, si no ganamos no forcemos la barra, aunque lo pudiéramos hacer? ¿Cuál es la posición de los cubanos?
Más elementos. De ganar la oposición, ¿se trabajará sobre lo político o sólo sobre lo jurídico, al estilo Rajoy, hasta que el problema catalán se le vino encima como un tsunami? ¿El debate político giraría en torno a una reforma urgente? Y si la reforma es muy fuerte, por supuesto: más forcejeo, como me decía un líder. Si lo es menos, menos forcejeo. O: que la realidad de esta crisis que echa humo sea tan grande que explote antes de tiempo y fuerce incluso al PSUV, si quiere salvarse, a pedir un referendo revocatorio. Y luego elecciones presidenciales, ¿a finales de 2016? (Capriles en marzo: “Una victoria en las elecciones nos pone a las puertas del Revocatorio”). Pero todo esto sería consecuencia de una sucesión de acontecimientos, y no necesariamente del diálogo. O la oposición decide, encima de una mayoría simple, aunque en medio de una sacudida bestial, “Dejemos el forcejeo y no hagamos las presidenciales, y que la válvula de escape sean las elecciones de gobernadores”. ¿Aguantaría la situación esta salida, si el forcejeo es sobrepasado por la crisis? ¿O solamente si la oposición gana por 3/5 ó por 2/3?
En la última data la oposición va con 31 puntos de ventaja, pero la figura de Chávez aun muerto mantiene 46 puntos de aceptación. Es decir: el chavismo aunque pierda no estará extinguido. Y esto obligará a establecer un entendimiento y un diálogo en busca de un acuerdo de gobernabilidad.
Aceptémoslo. El Gobierno ha perdido la majestad moral con tanto empistolado y camioneta blindada. E incluso la derrota, que no se contemplaba hasta hace poco como un escenario revolucionario, pasó hoy a ser el principal escenario. Pero es la descomposición moral el factor que faltaba para agudizar la crisis. Y hay una necesidad de seguridad, de orden. Por eso, en algún momento Rodríguez Torres ganó prestigio por su afán de por fin cumplir con un plan de seguridad después de tantos fracasados. Y le costó el cargo. Y la FANB cayó de los primeros lugares en que competía con la Iglesia y los medios, y en algunas encuestas aparece en el quinto lugar. Y ahora los militares se han visto obligados a andar sin uniforme salvo en zonas cercanas a los cuarteles, y sienten la mirada hostil. Lo que es motivo de reflexión en las FANB.
Los estragos de la crisis por la corrupción han sido demoledores. Nadie duda de que se extiende mejor allí donde el daño institucional permite su reproducción y donde carecemos (como diría Fernando Vallespín) de mecanismos necesarios para atajarla con eficacia. La desmoralización se intensifica.
Lo malo es que la ausencia de transparencia está acompañada por una casi absoluta falta de ejemplaridad. La asunción de responsabilidades políticas jamás se produce. Y los destrozos que la percepción de la corrupción ocasiona sobre el enjuiciamiento más general del régimen, provoca 1) menores niveles de satisfacción con la democracia, lo que ha ocasionado un daño brutal, 2) mayor desconfianza institucional e interpersonal, y 3) una mayor aceptación de los comportamientos de transgresión de las normas. Que cuando los mandantes se sustraen de ellas impunemente, como ha ocurrido, dejan en la mente de sus seguidores la pregunta de ¿Por qué habríamos de respetarlas los demás? De ahí las perlitas de Haití.
Y cabe la reflexión de un maestro: “Pocas veces nos hemos enfrentado a una coyuntura tan difícil y, lo que es peor, con tan pocos recursos para superarla”. Con una República fragmentada en su dimensión moral, alienada respecto a su clase dirigente, y con una población desilusionada al borde de la depresión colectiva.

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