EN:
¿Qué me dice todo ello acerca de la condición de Venezuela?
Creo que la reflexión griega sobre, de un lado, la hubris o pecado de orgullo, y del otro acerca de Némesis, el castigo a la soberbia sacrílega, se aplica de manera eminente a nuestra actual situación histórica, pues en un sentido fundamental lo que hemos contemplado estos años es un despliegue de desmesura que a su vez evidencia ceguera e irreverencia. Hemos presenciado y seguimos presenciando el avance de una transgresión contra lo esencialmente humano.
La desmesura de estos tiempos y sus protagonistas la comprobamos en el intento dirigido a modificar el pasado histórico del país, llegando hasta la transformación del significado de fechas y símbolos de la nacionalidad así como de toda la narrativa que nos antecede, en función de hacer de ese pasado un mero reflejo de los imperativos ideológicos del presente. La desmesura, que es una especie de ceguera, en sentido metafórico, que oscurece nuestra condición finita, se observa también en el intento de rechazar las enseñanzas de la historia, de la nuestra y de otros, y se empecina en repetir los experimentos revolucionarios que ya han sido probados en otras latitudes y han terminado en penuria, fracaso y decepción.
Dicha desmesura, en tercer lugar, la percibimos en la consigna del “hombre nuevo”, y ahora la del “superhombre”, ilusorias muestras de irreverencia hacia nuestra condición humana, una irreverencia que pretende transgredir tales límites y convertirnos, mediante los dogmas de la ideología unida al poder, en réplicas de desgastados modelos doctrinales.
La soberbia, en cuarto lugar, se revela en el personalismo político y el menosprecio a las instituciones, todo lo cual lleva a la subordinación creciente de los ciudadanos a un poder que, por puramente personal, es por definición arbitrario y no sujeto a normas. Dicho poder se expande sin que los instrumentos que nuestra civilización ha creado para contenerlo tengan vigencia, pues Venezuela existe hoy en un ámbito político donde la división de poderes, los frenos constitucionales y la justicia independiente perecen por asfixia.
La ciega desmesura a la que me refiero la palpamos igualmente en el eterno recomenzar de una revolución que se presume inmortal, que sólo encuentra en el pasado lo que le sirve para el presente y sólo proyecta hacia el futuro una consigna, “¡venceremos!”, que une el vacío de significado a un presunto final siempre postergado, siempre situado más allá, nunca alcanzado del todo. Nunca vencen, siempre posponen un triunfo sin verdadero destino, en tanto avanza latransgresión.
Y es ineludible referirse a la desmesura que se revela en la supeditación de los destinos venezolanos a los designios de otro país, colocando a la Patria en una posición que necesariamente suscita nuestra protesta.
La desmesura del actual experimento político venezolano potencia el irrespeto a valores esenciales, así como la irreverencia hacia lo sagrado en el sentido aclarado por la herencia clásica, irreverencia que los griegos identifican como el factor que desencadena la acción de Némesis, es decir, del castigo al pecado de orgullo.
La etapa histórica que atravesamos se caracteriza por el intento de poner fin a un modo de vida, cuyos componentes han resultado de las convicciones, anhelos y afanes de varias generaciones. Ese modo de vida, producto de las luchas de venezolanos de diversos orígenes y condiciones, pero movidos por una misma pasión de libertad, tiene tres rasgos primordiales que son retados y ofendidos a diario.
El primero es el apego al pluralismo y al respeto a los diversos puntos de vista coexistentes en una sociedad compleja, apego al que se suma el repudio de la mayoría a la persecución por motivos políticos. El segundo es el principio según el cual la Constitución se encuentra por encima de la arbitrariedad del poder personal, y que la libertad existe cuando están vigentes normas que protegen a las personas, más allá del capricho de los pasajeramente poderosos. Y el tercero es que los ciudadanos merecemos respeto de parte de las autoridades que elegimos y que se deben al conjunto del país y no a una parcela del mismo.
La transgresión contra todo un modo de vida, que los clásicos griegos denunciarían como el producto de una soberbia sacrílega, se traduce en el desconocimiento cívico de quienes resistimos, en la constante injusticia que arroja a la cárcel a compatriotas inocentes, en el lenguaje agresivo que día tras día ofende y humilla, en la violencia social que acosa nuestras ciudades y en una vida política transformada en guerra fratricida, en muerte civil y exclusión deliberada para tantos venezolanos.
La irreverencia se manifiesta también contra imágenes religiosas que son sagradas para millones de personas, contra símbolos de la Patria que han permanecido por siglos cubiertos bajo el silencio y el respeto que debemos a nuestros más ilustres antepasados, y contra los principios de convivencia elementales que sufren bajo a una implacable voluntad de poder.
Insisto que debemos ir a lo esencial, como enseñaron los griegos que profundizaron en nuestra condición humana y sus empeños históricos. La transgresión y la desmesura tienen un costo, y Némesis, ese misterioso curso de las cosas que desata su castigo cuando menos lo esperamos, no deja de cobrar el precio.
Algunos personajes homéricos fueron capaces de superar la hubris y andar desde la desmesura a la reconciliación. Helena, Aquiles y Ulises lograron conquistar la sabiduría y reverenciar lo que merece respeto. Me temo sin embargo que en nuestra Venezuela, y a pesar de los síntomas que indican que la vida no cesa de sorprendernos, no se observan aún los signos de una genuina rectificación. La transgresión sigue su curso empujada por la vocación de profanar.
¿Qué hace viable, según la épica y la tragedia clásicas, un proceso de reconciliación con nuestros límites y de derrota a la desmesura? Se trata de un recorrido que tiene lugar en la conciencia individual y forma parte de los procesos de aprendizaje colectivos. El destacado Politólogo Karl Deutsch, en su notable libro Los nervios del gobierno, analiza el concepto de humildad y lo ubica en un terreno no solamente ético sino también sociopolítico: La humildad es “una actitud hacia los hechos y mensajes exteriores a uno mismo, y la apertura a la experiencia así como a la crítica, y una sensibilidad y correspondencia frente a la necesidad y los deseos de los demás”.[8]
Lo contrario a esta humildad, entendida como posibilidad de aprendizaje creativo que nos lleve a corregir y cambiar, es el ya mencionado pecado de orgullo que consiste en cerrarse y experimentar un aprendizaje patológico, es decir, un aprendizaje que nos conduce a profundizar los errores hasta que no haya marcha atrás.[9]
La desmesura y transgresión de esta etapa histórica venezolana han suscitado en algunos actores políticos un aprendizaje patológico. La raíz de ello está en la ideología. Al respecto explica Alexander Soljenitsin, en el primer volumen de su obra Archipiélago Gulag, que la ideología es capaz de extraviarnos gravemente. Antes de hacer el mal, personas que se dejan dominar por una ideología mesiánica y desmesurada tienen que concebir el mal como un bien o como una acción lógica, con sentido; en otras palabras, tienen que hallar unajustificación. La ideología permite, ante nosotros mismos y los demás, convertir la soberbia, la arbitrariedad y la injusticia en alabanzas y honores, e impide la autocrítica que hace posible alcanzar la humildad.[10]
¿Qué hacer al respecto, desde el lugar que ocupamos como venezolanos de hoy y como seres humanos que queremos vivir en libertad y dignamente? ¿Qué hacer para responder ante los estragos de la transgresión impulsada por la ideología?
Lo primero es identificar el objetivo, que no debe ser otro que abrir a nuestra sociedad la ruta desde la desmesura a la normalidad. Y la normalidad política significa que ya no existan enemigos sino meros adversarios políticos, con los que se dialoga y llega a acuerdos; consiste también en la transición del personalismo a la institucionalidad, de la revolución permanente a las reglas estables, de la utopía a la sobria realidad, de la exaltación retórica a la argumentación civilizada y del insulto al debate racional. Estos son principios que debemos asumir y asimilar todos, sin distinción de bandos o grupos. En ello consiste el desafío de un aprendizaje colectivo capaz de desvelar otro horizonte para Venezuela.
Lo anterior exige, en segundo lugar, rescatar la dignidad de la política. Esta es la misión primordial de los Politólogos en esta etapa de la vida nacional. No sólo nos toca tratar de conocer la realidad sino que debemos dar sentido a la misma, restaurando el vínculo entre ética y política. En el plano que he procurado delinear, la moral ciudadana representa las opiniones que la sociedad sostiene como legítimas y que son reverenciadas por la mayoría. No abrigo duda alguna de que esas opiniones dan forma al modo de vida descrito: pluralista, de preceptos constitucionales ante el arbitrio caprichoso del poder, y de respeto mutuo.
Cuando Venezuela inicie el tránsito hacia un cambio político, un debate democrático tendrá que asegurar el ejercicio de la justicia sin retaliaciones. Las ofensas deberán ser retribuidas en todo lo posible con la magnanimidad. Así lo creo y por ello lucharé. Considero que la transgresión actual no debe ser respondida con una de otro signo. Si bien lamento que la desmesura que experimentamos pareciera no querer redimirse, las enseñanzas de la sabiduría clásica nos dicen que el escenario de la historia es variable. No conocemos el futuro pero sí somos capaces, dentro de los límites de nuestra condición, de construir el presente.
De allí que la postura recta y solidaria asumida por nuestras Universidades durante estos años debe llenarnos de orgullo. En ocasiones nos invade un cierto desaliento con relación a nuestra querida Patria. Sin embargo, no perdamos de vista que aquí, en nuestra Venezuela, se ha librado y sigue librando un hermoso combate por la libertad, por un modo de vida que nos convoca a restaurar el respeto entre todos y a edificar un país de todos y para todos. En esa lucha cívica, las instituciones universitarias venezolanas han enarbolado con encomiable valentía los estandartes de la dignidad.
Tenemos que perseverar en este camino de dignidad y rectitud. Y debemos afirmar la esperanza. Un Simposio como el que hoy comenzamos, en el ámbito de una Universidad libre y democrática, es semilla de esperanza.
El mensaje de quienes creemos en la libertad del ser humano debe ser de convivencia pacífica sin retaliaciones. ¿Qué pasará en los tiempos por venir? No lo sabemos pues somos humanos y no dioses. Lo que sí sabemos es: qué debemos hacer, cómo debemos actuar.
Y la respuesta es sencilla y sublime a la vez: debemos actuar como lo indica una sabiduría profundamente humana: con ponderación, con sentido de las proporciones, con un equilibrio sustentado en valores humanistas, reconociendo la continuidad de la existencia histórica de nuestra sociedad y el imperativo de ser libres y dignos como personas y ciudadanos.
Perseveremos en ese camino.
* XI Simposio Nacional de Ciencia Política. Conferencia inaugural
Universidad Simón Bolívar, Sartenejas, 20 de julio de 2011
**Profesor titular de Ciencia Política
[2] La versión de la Ilíada utilizada es la traducida por Emilio Crespo, publicada inicialmente en el volumen 150 de la Biblioteca Clásica Gredos. Homero, Ilíada. Barcelona: RBA Libros, S.A., 2008.
En estos párrafos acerca del poema sigo la interpretación de Bernard Cox, Backing into the Future. New York: W. W. Norton, 1994, pp. 19-42.
[3] He utilizado la versión de la Odisea traducida por Manuel Fernández-Galiano, publicada por Editorial Gredos, Madrid, 2005. Debo estas ideas sobre el significado del poema al excelente artículo de Darrell Dobbs, “Reckless Rationalism and Heroic Reverence in Homer’s Odyssey”, American Political Science Review, Vol. 81, 2, June 1987, pp. 491-508
[5] Eric Voegelin, The World of the Polis. Columbia & London: University of Missouri Press, 2000, pp. 327-338
[6] Esquilo, Prometeo encadenado (Traducción de José Alcina), en: Esquilo, Sófocles, Eurípides, Obras completas. Madrid: Ediciones Cátedra, 2008, p. 122.
[7] Ibid., p. 108
[9] Ibid., pp. 193-194-
No comments:
Post a Comment