Thursday, December 10, 2015

Del populismo a la democracia

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Del populismo a la democracia


"Se demostró que el peronismo, es decir, el populismo en versión argentina,

puede ser derrotado"
Jorge Edwards

La Segunda

El Mercurio


Noviembre 30, 2015

http://opinion.lasegunda.com/redaccion/2015/11/del-populismo-a-la-democracia/

Alguien, en una conversación de sobremesa, durante una reunión de escritores en la ciudad de Guayaquil, asegura que en Argentina perdió la izquierda y ganó la derecha. Esto supone, me digo, que el peronismo es la izquierda y que todo lo que se opone a él es la antiizquierda, la derecha, o lo que ustedes quieran. Es una noción muy útil para el propio peronismo, desde luego, y me alegro de que la mayoría de los electores argentinos no la hayan tomado en serio. A lo largo de décadas hemos conocido peronistas de centro, de derecha y de izquierda. El discurso del coronel Perón de los primeros tiempos era de un anticomunismo completo, cerrado, cercano en algunos aspectos al fascismo. Era evidente que Perón había aprendido mucho de Benito Mussolini en sus tiempos de joven agregado militar de Argentina en Italia. En sus primeros años de exilio, ya en la posguerra, el coronel escogió la República Dominicana de Trujillo y la España de Franco para refugiarse. ¿De qué izquierda me hablan ustedes?

Lo esencial del peronismo es que ha constituido desde sus orígenes una forma compleja, no fácil de analizar, de populismo. Para comprenderlo, hay que tener una idea clara del populismo, fenómeno más intricado de lo que parece a simple vista, que se da con notable frecuencia en la izquierda y algunas veces en la derecha política, a pesar de que un enfoque liberal, lúcido, es el más eficaz de sus antídotos. El populismo es una enfermedad de la vida política que se puede dar en los más diversos sectores. No sé si puedo describirlo en plenitud, pero anoto aquí algunos de sus caracteres más frecuentes. El populismo es siempre maniqueo, dualista, polarizado y polarizador. Divide a la sociedad en buenos y malos ciudadanos, a la manera de Maximiliano Robespierre, o en buenos y malos argentinos, en el más puro estilo peronista. Son poderosos recursos de la historia moderna, no sólo en la región latinoamericana. Pero si uno examina los casos de Fidel Castro, de Hugo Chávez, del Presidente Maduro, entre muchos otros, tenemos que llegar a la conclusión de que la América Hispana ha sido un caldo de cultivo muy adecuado.

En seguida, si uno enfoca las cosas desde el punto de vista de la economía, descubre que el populismo es un enorme sistema de premios y castigos, de corrupción y de exclusión.

El populismo, por su naturaleza misma, tiende a prometer en forma excesiva, sin analizar en forma seria la posibilidad de cumplir lo que promete. Las medidas de aparente progreso, mal hechas, analizadas con demagogia, han producido serios retrocesos en las sociedades modernas. La enfermedad de la promesa se daba en la periferia europea oriental en los años 20 y en los que siguieron y se ha desarrollado como una peste en la otra periferia, la del continente nuestro. Los argentinos, país de lectura, de cultura, de libros, de gente que pensaba, de economía avanzada, nos llegaron a decepcionar. Llegamos a pensar que no tenían remedio. No hay que olvidar que el peronismo de los orígenes, en sus reflejos más primarios, aplicó formas inéditas de censura, de control, de menosprecio en los terrenos de la cultura y de la libertad de expresión. Trasladar a Jorge Luis Borges de una biblioteca a un gallinero municipal fue un acto de un simbolismo aplastante, y no fue en absoluto un acto aislado.

Yo creo que la elección de ahora demuestra que Argentina ha despertado, después de un período de somnolencia que fue demasiado largo. Durante su campaña, Mauricio Macri declaró con la mayor claridad que se propone gobernar con todos, sin fomentar las divisiones y las exclusiones, sin revanchismo de ninguna especie. Era una declaración que Daniel Scioli no podía suscribir y que daba, por eso mismo, en el blanco exacto. El país tiene espaldas anchas, posibilidades no bien exploradas. Y ya se puede observar, por ejemplo, que la elección argentina tiene efectos saludables en Brasil, en Venezuela, en Chile, en todo el continente. No es un paso de la izquierda a la derecha, como se pretende con simplismo o con mala intención, sino un paso del populismo demagógico, excluyente, a la democracia. Triunfó la democracia en una expresión amplia, abierta, de consenso, frente a un populismo de fondo autoritario, de total demagogia en el manejo de la economía, de una ambigüedad ideológica que es la marca indeleble de sus orígenes.

Como es inevitable, los problemas de la Argentina que viene serán graves, intrincados, de solución difícil. El hecho de que Macri haya sido un empresario eficiente puede ayudarlo, precisamente, a encontrar salidas, pero no estarán dadas o regaladas. Tendrá que buscar aliados políticos, negociar, actuar con la mayor firmeza frente a cualquier asomo de corrupción, mantener criterios de consenso, de reconstrucción de su país. Es bastante fácil decirlo, pero hacerlo es otra cosa. Ya se demostró, en todo caso, que el peronismo, es decir, el populismo en versión argentina, que había conseguido crear el mito de su propia invencibilidad, puede ser derrotado. Y eso significa que el país tiene todas las condiciones necesarias para funcionar como una democracia moderna, sin lados oscuros y sin apariciones intempestivas del Ogro Filantrópico, para citar uno de los grandes ensayos políticos de Octavio Paz. Para decir lo menos, no es poco.
Jorge Edwards Valdés (Santiago de Chile, 1931). Abogado y Pedagogo (U de Chile). Postgrado en Ciencias Políticas (U. de Princeton). Diplomático de carrera ente 1957 y 1973, ocupa diferentes puestos: primer secretario en París (1962-1967), consejero en Lima (1970), encargado de Negocios en La Habana (1970-1971), donde fue declarado persona non grata, por sus discrepancias con el autoritarismo de Castro. De allí su obra Persona non grata (1973). Ministro consejero en París (1971-1973). Tras el golpe de estado de Chile, en 1973 sale del Servicio Exterior y se marcha a Barcelona, donde trabaja como Director Editorial de Difusora Internacional y colabora como asesor en la Editorial Seix Barral. Funda, y posteriormente preside, el Comité de Defensa de la Libertad de Expresión, formado por escritores y periodistas. Entre 1994 y 1997 es embajador ante la Unesco en París, siendo miembro del Consejo Ejecutivo de la Unesco y Presidente del Comité de Convenciones y Recomendaciones (1995-1997), que se ocupa de los derechos humanos. Como escritor es autor de numerosas novelas, cuentos y ensayos. Destacan, entre otras obras, El peso de la noche, La mujer imaginaria, El origen del mundo, Gente de la ciudad, Las máscaras, Adios, poeta. Premio Cervantes 1999. Algunos de sus libros han sido traducidos a diversos idiomas. Colabora en diversos diarios europeos y latinoamericanos, como Le Monde, El País, Corriere della Sera, La Nación o Clarín, de Buenos Aires. Ha dictado cursos sobre temas latinoamericanos en diversas universidades norteamericanas (Chicago, Georgetown) y europeas (Universidad Complutense de Madrid, Universidad Pompeu Fabra de Barcelona). Entre 2012 y 2014 fue Embajador de Chile en Francia y en la UNESCO.


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