José "Pepe" Mujica y la intolerancia
En su nuevo afán de protagonismo el ex mandatario uruguayo acaba de poner en evidencia una cuota de intolerancia y un rechazo al pluralismo
La Nación
Diciembre 4, 2015
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La reciente gestión presidencial de José "Pepe" Mujica en Uruguay no luce inolvidable. Sin avances sustantivos en la gestión, con islotes de corrupción que están apareciendo y con una administración que pareció preferir "hacer la plancha", desaprovechando el fuerte viento a favor de los altos precios de las materias primas, que ya ha dejado de soplar. No obstante, desde la finalización de su mandato el ex presidente oriental ha multiplicado su actividad política personal y su presencia en los medios. Quizás por el deterioro interno de su espacio político. Generando rispideces e incomodidades, hasta en su propia tropa: el Frente Amplio. En su nuevo afán de protagonismo el ex mandatario acaba de poner en evidencia una cuota de intolerancia y un rechazo al pluralismo, característico de aquellos que tienen una veta autoritaria.
El tema no es menor. Porque tolerar es nada menos que respetar las opiniones, ideas y actitudes de los demás. Aunque no coincidan con las propias. Es entonces lo contrario a dividir, enfrentar o empeñarse en lastimar el plexo social. Es aceptar la diversidad. Es una actitud, hija del respeto, que -por generosa- permite que la convivencia sea enriquecedora. Por eso la tolerancia debe tenerse como uno de los valores sociales más importantes. Sin ella, peligra la paz social duradera.
El pluralismo, a su vez, pertenece a la esencia misma de la democracia. Está en su corazón. Es la aceptación -sincera- de la diversidad. Lo contrario al "discurso único", en consecuencia. Y a la arrogancia. Sin pluralismo, el diálogo deviene imposible. Se corta. No fluye. Y la libertad de opinión queda amenazada, como sucede en las dictaduras y en los totalitarismos. Pero hay algo peor. Sin pluralismo aparecen los "fundamentalismos", propios de aquellos incapaces de escuchar. Con sus nefastas consecuencias.
Mujica acaba de protagonizar un deplorable incidente. Que tuvo su origen en una carta enviada a una alta funcionaria electoral venezolana por su
conciudadano -y correligionario político- Luis Almagro, hoy Secretario General de la Organización de Estados Americanos, a la que conduce desde el 26 de agosto pasado, habiendo sido electo inmediatamente después de la deslucida gestión de José Miguel Insulza.
Almagro es abogado y diplomático de carrera. Fue Canciller uruguayo desde 2010 a 2015, precisamente durante la presidencia de Mujica. En octubre de 2014 fue electo senador. Militante del Frente Amplio, defendió durante su gestión las ideas bolivarianas. Cerró los ojos y mantuvo un silencio cómplice ante los abusos bolivarianos contra la democracia. Nunca se conmovió entonces ante la demolición, desde adentro, de las instituciones venezolanas. Ni frente a las violaciones de las libertades civiles y políticas y de los derechos humanos de los venezolanos. Nunca. Por ello puede decirse que, siguiendo las directivas de José Mujica, apañó al régimen autoritario de Hugo Chávez y Nicolás Maduro.
Pero la gente, a veces, cambia empujada por las circunstancias. Para bien o para mal, esto ha sucedido. De cara a las cruciales elecciones parlamentarias venezolanas del próximo domingo 6 de diciembre y luego de que las autoridades del país caribeño rechazaran la presencia de observadores de la OEA, Almagro dirigió una carta a la presidenta de la Comisión Nacional Electoral venezolana, Tibisay Lucena, una mujer sumisa a Nicolás Maduro, que poco tiene de independiente.
En esa carta, leída en el Parlamento uruguayo por el senador colorado José Amorín, Luis Almagro -con el coraje del caso- deja expresa constancia de una verdad preocupante: en Venezuela, nos dice, "no hay hoy garantías que aseguren que las elecciones parlamentarias que se acercan serán limpias". Lo que es grave como advertencia. O como alerta temprana. Agregando que, en su opinión, hay obstáculos y dificultades que sólo alcanzan a los partidos de oposición. Lo que, en buen romance, significa que son persecutorias.
A todo lo que Almagro agregó que las autoridades electorales venezolanas no garantizan condiciones de plena igualdad para todos los postulantes de los diversos partidos políticos. Sucede, además, que entre los dirigentes opositores hay nada menos que siete reconocidas figuras "inhabilitadas" para ser candidatos, por voluntad y decisión arbitraria de Nicolás Maduro. Medidas que se tomaron sin respetar el debido proceso legal.
La oportuna carta del Secretario General de la OEA contiene asimismo un análisis de la dura condena penal impuesta a Leopoldo López, aseverando que el respectivo proceso judicial genera "dudas de peso". Particularmente después de las gravísimas denuncias de manipulación de la verdad que acaba de formular quien fuera fiscal en ese oscuro proceso: Franklin Nieves. Antes de decidir exiliarse, para sobrevivir.
Ante lo sucedido, Mujica no encontró nada mejor que enviarle motu proprio un "correo" al Secretario General de la OEA, al que pícaramente dio amplia difusión, donde le dice a su ex colaborador: "Lamento el rumbo que enfilaste y lo sé irreversible, por eso ahora formalmente te digo adiós y me despido". Ello revela un Mujica Intelectualmente soberbio y relacionalmente desdeñoso.
Lo cierto es que Mujica le respondió a Almagro desde la intolerancia. Dándole de paso un portazo al pluralismo y a la discusión sensata, la de las ideas. Esa conducta lo aleja de la imagen que procuró edificar (con sus más y con sus menos) en su paso por la presidencia uruguaya. Y lo acerca al capítulo trágico de su pasado, aquel que corresponde a los años en los que se enroló en la violencia tupamara durante el conflicto armado interno uruguayo de la década de los 70 que generara muchas víctimas civiles inocentes. Estamos frente a una regresión. Y, aunque Mujica acaba de anunciar que ya no apunta a volver a la presidencia uruguaya, no se la puede pasar por alto. Por lo que significa.
De la trivialidad que supone su tendencia a decir las cosas "en broma", Mujica ha pasado a atacar maliciosamente al presidente Tabaré Vázquez y a sus mejores ministros. Así está alimentando la fractura abierta en el Frente Amplio, que de pronto podría empujar a la izquierda uruguaya al fin de su predominio en el poder político oriental.
Lo de Mujica nos recuerda aquello de Erasmo de Rotterdam cuando, escribiendo a su amigo Tomás Moro, señaló: "Quien se ofende por haber sido herido está poniendo de manifiesto su conciencia culpable o al menos sus temores". Pero lo cierto es que cada vez parece más difícil que Mujica controle a su lengua.
Con un impulso profético, Mujica acaba además de expresar su "preocupación por la estabilidad argentina" ante el cambio de gobierno decidido en las urnas por nuestro pueblo. Como si la decisión electoral argentina no fuera una expresión soberana.
Mujica ha vuelto a mostrar su capacidad de equivocarse. No es nueva. En 2012, cuando la ilegal exclusión de Paraguay del Mercosur para posibilitar el acceso de Venezuela, Mujica -a la manera de voluntario lenguaraz de los responsables de ese desatino- sentenció: "Lo político tiene prioridad sobre lo jurídico". Sin advertir que esa frase es probablemente la menos uruguaya jamás pronunciada por un mandatario oriental en los últimos tiempos. Porque Uruguay tiene una historia notable de respeto a la ley, que Mujica dejó de lado.
Envalentonado por los dichos de Mujica, su correligionario venezolano Nicolás Maduro acaba de calificar al Secretario General de la OEA, Luis Almagro, de "basura". Viniendo de que viene, ese insulto es casi una distinción para Almagro y una confirmación de que, finalmente, está actuando bien. Por esto cabe aplaudir su confirmación de rumbo, al denunciar -luego del entredicho con Mujica- que "la democracia venezolana está herida de muerte".
Lo hizo al referirse al asesinato del líder opositor Luis Manuel Díaz, señalando que "no es un episodio aislado, sino que se da conjuntamente con otros ataques realizados contra dirigentes políticos de la oposición, en una estrategia que procura amedrentar". Llamó, además, a Maduro a desarmar sus peligrosas pandillas de matones (los llamados "colectivos") con los que agrede e intimida impunemente, aunque sin asumir responsabilidad alguna por sus actos. Como en Cuba, donde la recurrencia a esa técnica se arrastra desde hace años.
Curiosamente, ante el grueso insulto propinado por Nicolás Maduro contra Luis Almagro, el gobierno uruguayo no salió en su defensa. El Canciller oriental estaba de visita en Cuba. Y nadie habló por él.
Con lo descripto queda visto, por partida doble, como la tarea de administrar bien los silencios es una de las más complejos del escenario internacional. Para todos los actores por igual.
Emilio J. Cárdenas. (Buenos Aires, 1942). Abogado (U. de Buenos Aires).Master en Derecho Comparado (u. de Michigan). Postgrado (U. de Princenton). Profesor de Derecho en la U. de Buenos Aires y en la U. Católica de Argentina. Profeesor visitante en la universidades de Illinois, Michigan y Louisiana State University. Autor de varias obras sobre derecho petrolero y de gas, inversiones extranjeras, privatizaciones y tributario. Consultor Tributario. Presidente de la Asociación de Bancos de la República Argentina (ABRA). Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas y logró que la Argentina obtuviera nuevamente un sillón en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
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