Jurate Rosales
Columna
“Diario” de Jurate Rosales en la revista Zeta
del 11 de diciembre 2015.
El fin de los mitos
La hazaña
electoral venezolana del 6D, rompió estructuras de un contexto mundial, hasta
ahora consideradas inamovibles. Hay en eso algo similar a la marcha que partió
de Venezuela y liberó toda América, porque el votante venezolano será el primero
en haber fracturado las columnas que desde hace décadas, mantienen de pie en
América Latina, gobiernos apoyados en la mentira electoral y el engaño
populista.
Por
JURATE ROSALES
Hay una
dimensión internacional e histórica del 6 de diciembre 2015 venezolano, que sólo
se verá con el tiempo y que tangencialmente ya menciona Elizabeth Burgos en las
páginas de esa misma revista. El votante venezolano, que en su gran mayoría
reaccionó ante algo tan elemental como la falta de comida, destrozó en una sola jornada una serie de conceptos
básicos de la política y medios de comunicación. Los más sagrados instrumentos
de poder, tales como el control de elecciones, la propaganda política y la
amenaza represiva, fueron anulados por la nación en su abrumadora mayoría. Lo
ocurrido esa noche, ocupará durante días, meses, años y décadas, la atención de
sociólogos, historiadores, expertos en comunicación social y sobre todo,
politólogos.
Vamos por partes. Mucho se habla y se hablará de la mecánica que rompió
por primera vez – insisto en que es la primera vez – uno de los pilares del
sistema que todavía impera en Cuba y que en gran parte fue inyectado a Venezuela
durante los 17 años del chavismo: la utilización de una cifra electoral
“ajustada” por el ente electoral, para aparentar una “voluntad del pueblo
soberano”. Mi palco observador desde la dirección de esta revista Zeta, me
permitió analizar – y los que tienen la colección de todos los números de la
revista podrían revisarlo -, cada nueva elección desde el inicio de la
presidencia de Hugo Chávez con su correspondiente treta utilizada para aparentar
resultados electorales y anunciarlos como la voz del pueblo soberano. Era fácil reconocer el sistema instaurado
por los soviéticos y recogido por Cuba, donde las cifras electorales,
debidamente tratadas, suelen ser una pantalla, creada para exhibirla en la
vidriera del régimen. Esos números que nadie puede verificar, se utilizarían
luego para nutrir una propaganda difundida urbi et orbi, lo que, irónicamente,
solía convencer a propios y extraños.
Venezuela
fue víctima de ese sistema de manera consistente a partir del año 2000. Los
venezolanos conocieron entonces unas primeras elecciones chavistas con tarjetas
perforadas cuya trampa fue luego abiertamente denunciada. Pueden recordar que
luego vinieron los “lectores electrónicos” de la empresa Indra confiados a la
canadiense ES&S y se trató de inducirla en obediencia colocando una pistola
en la boca del técnico, hecho que llevó a la salida del país de esa empresa (el
relato recogido y publicado por Zeta, nunca fue negado). Cabria recordar la
aparición de la máquina electoral Smartmatic con su sistema de comunicación
bidireccional, cuyo resultado fueron los continuos éxitos oficiales tras cada
elección, culminando con el milagro de una inversión de cifras, a última hora,
ocurrida durante la elección presidencial que encumbró a Nicolás Maduro,
posteriormente amparado por una partida de nacimiento que la presidenta del
Consejo Nacional Electoral, Tibisay Lucena, mostró sin otro
comentario.
A
vuelo de pájaro puedo mencionar que incluso para instaurar la actual Constitución de 1999, nunca
hubo aprobación mayoritaria: en el referendo aprobatorio, 55% de la población se
abstuvo y de los 44% del padrón electoral que votaron, sólo 3 millones aprobaron
el texto, mientras que más de 1 millón votó “no”. De manera que ese día, de los
casi 11 millones de votantes inscritos, la actual Constitución fue aprobada por
3 millones de votos. La debilidad numérica fue opacada por una gigantesca y
continua propaganda del propio Hugo Chávez, quien siempre presentó esa
Constitución como la voluntad expresada por todo el pueblo.
Un aparte
constitucional
Por cierto que en relación a la Constitución de 1999, donde los constituyentistas
introdujeron muchos aspectos de gran valor para la población, en forma solapada
fue introducido el vocabulario y sistema cubanos, cuando por orden
presumiblemente venida de arriba, el parlamento bicameral de diputados y senado,
fue sustituido por una sola cámara nombrada como en Cuba “Asamblea”. Se trataba
de un solo cuerpo que sería más fácil de manipular, por no existir el control de
unos senadores (¿podría el entonces presidente de la Constituyente, Luis
Miquilena, aclarar hoy, quién o quiénes introdujeron la exigencia de esa
modificación?).
Lo de cambiarse a una Asamblea fue en aquel momento un tiro certero, pero
ahora salió por la culata, puesto que esa misma cámara única será el arma
principal de la oposición, al conseguir el control total del importantísimo
poder legislativo, sin que mediara freno senatorial alguno.
La
confiabilidad del voto
Insisto,
con la
Historia y pruebas al apoyo, que uno de los pilares de todo
sistema comunista del que Cuba sigue siendo un sobreviviente, ha sido la
utilización de cifras electorales definidas artificialmente, para “legitimar”
los desmanes del dictador gobernante. Desde los inicios del siglo XX, no
encuentro ni un solo ejemplo de elecciones en país comunista, que no fueran el
simple anuncio de cifras que por norma, casi siempre aparecían en el tradicional
dígito de los 90%. Hasta hubo elecciones que fueron proclamadas como el logro de
un 98% de aprobación. De hecho, las elecciones con resultados falsos son un
aspecto estructural de todo régimen comunista.
Ese molde
fijo, fue roto solamente dos veces en la trayectoria mundial de esos regímenes,
y ambas ocurrieron en Venezuela, donde la inserción del sistema cubano nunca
llegó a ser total. En ambos casos, lo rompió la Fuerza Armada Venezolana: la
primera, al obligar a Hugo Chávez a aceptar el rechazo de la Reforma
Constitucional de 2007 y la segunda ahora, con las elecciones
legislativas de 2015. En ambos casos, la razón aparece como una voluntad de
preservar la integridad de la
Fuerza Armada Venezolana. ¿Quién fue el que
dijo que Venezuela es un cuartel?
En
el proyecto de la reforma constitucional de 2007, Hugo Chávez introdujo la
creación de una “Milicia Popular Bolivariana”, con poderes que amenazaban
superar la estructura tradicional de la Fuerza Armada Venezolana. Al alto
mando militar le bastó imponer que por una vez, el Consejo Nacional Electoral se
atuviera a los resultados reales de la votación popular. La reforma
constitucional fue rechazada. Posteriormente, Chávez, pese a la negativa
expresada por el “pueblo soberano”, creó esa Milicia, pero ella nunca logró
imponerse como un cuerpo militar importante y autónomo. Los generales quedaron
tranquilos.
El dilema del general
Padrino
En estas
elecciones de 2015, la situación fue muchísimo más compleja que en el 2007 y es
cuando se puede afirmar que por primera vez en el mundo a un gobierno de diseño
comunista le fue fracturado el pilar del fraude electoral que sostiene el
sistema.
Lo más
interesante de observar, es que contrariamente a muchos otros países, en
Venezuela está tan arraigado el concepto democrático, que nadie se presta a
engaño y se discutió abiertamente, la opción de aceptar un fraude electoral, o
forzar el reconocimiento del voto real.
La noche
del 6 de diciembre el ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López se vio enfrentado
al dilema de manera tan directa que el tema de amparar o no el fraude ya había
sido discutido en el más alto nivel “civico-militar” dos días antes y según
informes, se adujo el peligro de fracturar la Fuerza Armada, puesto
que en una encuesta interna el 70% del estamento militar apareció favoreciendo
un cambio.
Serán muchos los
análisis referentes a todos los elementos que “arrinconaron” a Padrino López
obligándole a adoptar la solución salvadora del país y de la Institución
Armada. Solo para enumerar algunos y siendo la principal la
voluntad de la nación en su enorme mayoría, también estaban esta vez activos, la
antes inexistente directa presencia internacional en muy alto nivel; el
tecnicismo para imposibilitar en 1.600 mesas “pivote” el ya tradicional fraude
de la comunicación bidireccional de las máquinas de votación; el conocimiento
cabal del sistema fraudulento de introducir votos después del cierre de las
mesas; y la capacidad de los testigos de la MUD para mostrar en pocas horas, antes de que el
previsto fraude aparezca la totalidad de las Actas de votación de todo el país
debidamente refrendadas y firmadas por los integrantes de cada mesa. Cabe
agregar la operatividad de la
Mesa de Unidad Democrática dirigida por Chúo Torrealba que
nunca flaqueó; la destreza política de Henry Ramos Allup enlace de
la MUD con el CNE
que no dejó otra opción que reconocer las Actas; y finalmente la decisión del
ministro Padrino López, de evitar un inminente derramamiento de sangre.
Con eso, los votantes venezolanos marcaron posiblemente el fin de
los sistemas de gobierno que vivían, crecieron, respiraban y existieron en los
países de inspiración comunistoide gracias al fraude electoral.
OJO
Recuadro
El
fracaso de la propaganda
Entre los
cuestionamientos que necesariamente surgirán en relación a la lección del 6D,
estará la destrucción por los venezolanos de otro dogma universal, como lo es la
propaganda electoral. Se demostró la inutilidad de los más importantes
instrumentos de una campaña, como lo es la propaganda repetida por todos los
medios y vías, al precio de millones de inversión.
En un momento en que
importantes naciones vuelven a plegarse al populismo, como ocurrió en el pasado con Mussolini,
Hitler, Mao, y actualmente se asoma en las elecciones laboristas de Inglaterra,
el avance regional de la ultra derecha en Francia, el inaudito fenómeno de
Donald Trump en EEUU desde Venezuela vino la señal de una fuerza política
destructora no sólo del populismo, sino de sus instrumentos de difusión. Fracasó
el calculado efecto de un casi total control de las televisoras, las emisoras de
radio y la prensa, cuyos mensajes llenaron durante meses el espacio, sin ser
escuchados. Cayeron en oídos sordos las múltiples cadenas de radio y TV, fue
inútil el gasto publicitario de vallas, afiches, volantes y la estridencia de
altoparlantes.
Por contraste, la campaña de la oposición fue acallada en todos sus
aspectos, pero la gente la oyó. Al final, los venezolanos votaron no por
inducción, sino por convicción y decisión propia. Será algo para recordar y
tomar en cuenta de ahora en adelante… no solamente en
Venezuela.
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