Tuesday, March 28, 2017

Mario Vargas Llosa: Tres prólogos

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MARIO VARGAS LLOSA
Letras Libres
Varias fechas
http://www.letraslibres.com/mexico/tres-prologos

La ciudad y los perros

Comencé a escribir La ciudad y los perros en el otoño de
1958, en Madrid, en una tasca de Menéndez y Pelayo llamada El
Jute, que miraba al parque del Retiro, y la terminé en el invierno
de 1961, en una buhardilla de París. Para inventar su historia,
debí primero ser, de niño, algo de Alberto y del Jaguar, del
serrano Cava y del Esclavo, cadete del Colegio Militar Leoncio
Prado, miraflorino del Barrio Alegre y vecino de La Perla, en el
Callao; y, de adolescente, haber leído muchos libros de
aventuras, creído en la tesis de Sartre sobre la literatura
comprometida, devorado las novelas de Malraux y admirado sin
límites a los novelistas norteamericanos de la generación
perdida, a todos, pero, más que a todos, a Faulkner. Con esas
cosas está amasado el barro de mi primera novela, más algo de
fantasía, ilusiones juveniles y disciplina flaubertiana.
El manuscrito estuvo rodando como un alma en pena de
editorial en editorial hasta llegar, gracias a mi amigo el
hispanista francés Claude Couffon, a las manos barcelonesas de
Carlos Barral, que dirigía Seix Barral. Él lo hizo premiar con el
Biblioteca Breve, conspiró para que la novela sorteara la censura
franquista, la promovió y consiguió que se tradujera a muchas
lenguas. Éste es el libro que más sorpresas me ha deparado y
gracias al cual comencé a sentir que se hacía realidad el sueño
que alentaba desde el pantalón corto: llegar a ser algún día
escritor.—
Fuschl, agosto de 1997

La casa verde

Me llevaron a inventar esta historia los recuerdos de una
choza prostibularia, pintada de verde, que coloreaba el arenal de
Piura el año 1946, y la deslumbrante Amazonia de aventureros,
soldados, aguarunas, huambisas y shapras, misioneros y
traficantes de caucho y pieles que conocí en 1958, en un viaje de
unas semanas por el Alto Marañón.
Pero, probablemente, la deuda mayor que contraje al
escribirla fue con William Faulkner, en cuyos libros descubrí las
hechicerías de la forma en la ficción, la sinfonía de puntos de
vista, ambiguuml;edades, matices, tonalidades y perspectivas de
que una astuta construcción y un estilo cuidado podían dotar a
una historia.
Escribí esta novela en París, entre 1962 y 1965, sufriendo y
gozando como un lunático, en un hotelito del Barrio Latino —el
Hôtel Wetter— y en una buhardilla de la rue de Tournon, que
colindaba con el piso donde había vivido el gran Gérard Philipe,
a quien el inquilino que me antecedió, el crítico de arte
argentino Damián Bayón, oyó muchos días ensayar, horas de
horas, un solo parlamento de El Cid de Corneille. —
Londres, septiembre de 1998

Conversación en la cathedral

Entre 1948 y 1956 gobernó el Perú una dictadura militar
encabezada por el general Manuel Apolinario Odría. En esos
ocho años, en una sociedad embotellada, en la que estaban
prohibidos los partidos y las actividades cívicas, la prensa
censurada, había numerosos presos políticos y centenares de
exiliados, los peruanos de mi generación pasamos de niños a
jóvenes, y de jóvenes a hombres. Todavía peor que los crímenes
y atropellos que el régimen cometía con impunidad era la
profunda corrupción que, desde el centro del poder, irradiaba
hacia todos los sectores e instituciones, envileciendo la vida
entera.
Ese clima de cinismo, apatía, resignación y podredumbre
moral del Perú del ochenio, fue la materia prima de esta novela,
que recrea, con las libertades que son privilegio de la ficción, la
historia política y social de aquellos años sombríos. La empecé a
escribir, diez años después de padecerlos, en París, mientras leía
a Tolstoi, Balzac, Flaubert y me ganaba la vida como periodista, y
la continué en Lima, en las nieves de Pullman (Washington), en
una callecita en forma de medialuna del Valle del Canguro, en
Londres —entre clases de literatura en el Queen Mary's College y
el King's College—, y la terminé en Puerto Rico, en 1969, luego
de rehacerla varias veces. Ninguna otra novela me ha dado tanto
trabajo; por eso, si tuviera que salvar del fuego una sola de las
que he escrito, salvaría ésta. -—

Londres, junio de 1998

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