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En el siglo XXI resulta difícil mantener los conceptos obsoletos que pregona el MPNA; pero, paradójicamente estos resultan salvadores para el proceso bolivariano. Actualmente el movimiento necesita de países miembros que asuman el falso discurso y retomen sus banderas y el proceso bolivariano necesita de un gran show de aliados ideológicos
Felix Arellano
En el siglo XXI resulta difícil mantener los conceptos obsoletos que
pregona el MPNA; pero, paradójicamente estos resultan salvadores para el
proceso bolivariano. Actualmente el movimiento necesita de países
miembros que asuman el falso discurso y retomen sus banderas y el
proceso bolivariano necesita de un gran show de aliados ideológicos
El Movimiento de Países No Alineados (MPNA), una ficción que lleva más
de cincuenta y cinco años de existencia buscando una identidad
específica, reúne de nuevo su Conferencia, que se efectúa cada tres
años, en nuestra Isla de Margarita del 13 al 18 de septiembre, en un
momento en que se agudizan las contradicciones y se acentúa el
autoritarismo tanto del movimiento, como del proceso bolivariano. Así,
los dos se necesitan mutuamente en su permanente escape para lograr
sobrevivir en el tiempo. Ahora bien, la realidad evidencia que los dos,
ante su incapacidad para cambiar, se tornan cada día más anacrónicos.
El MPNA surge como una iniciativa conceptualmente novedosa y rupturista
para enfrentar la rígida polarización que vive el sistema internacional
luego de la segunda guerra mundial, en el marco de la llamada “guerra
fría”, ante el enfrentamiento de las dos grandes potencias: los Estados
Unidos en occidente y la URSS en oriente. La idea de un grupo no
alineado introducía un movimiento geopolítico importante a la rigidez
dominante y estimulaba elementos fundamentales de diversidad,
complejidad y cambio.
La tesis de la no alineación se perfila, entre otros, en las
Conferencias de Bandung, Indonesia de 1955, promovida por los
Presidentes Nasser de Egipto, Nehru de India y Sukarno de Indonesia y la
Conferencia de Brioni, Yugoeslavia de 1956, promovida por los
Presidentes Nasser de Egipto, Nehru de India y Tito de Yugoeslavia. El
movimiento formalmente se crea en 1961 en Yugoeslavia con 26 países
miembros. Pero ya desde sus inicios la no alineación se fue tornando una
ficción, pues en la práctica el grupo se fue inclinando por las
visiones de la izquierda autoritaria, que beneficiaban al comunismo
soviético, situación que se tornó más radical con los liderazgos que, en
el MPNA, ejercieron por varios años dictadores como Fidel Castro o
Robert Mugabe.
Ante la ficción de la no alineación, el movimiento, buscando espacios e
identidad, asumió fuertemente la lucha contra el colonialismo y la
discriminación racial, lo que le permitió un activo protagonismo durante
sus dos primeras décadas. La lucha contra el colonialismo presentó al
movimiento como una organización fundamentalmente afro-asiática. Ahora
bien, en la medida que el colonialismo se va superando, el MPNA en su
búsqueda de identidad, se concentra en la lucha por un nuevo orden
económico internacional, pero con un discurso radical contra el mercado,
lo que de nuevo desequilibra la organización a favor de los modelos
autoritarios y centralizadores. Por otra parte, al asumir la temática
económica, el MPNA tiende a duplicar el trabajo que desarrolla otra
organización mundial de los países en desarrollo, el llamado Grupo de
los 77 y China.
Además de la duplicación de actividades, el papel del MPNA en el área
económica ha resultado limitado por el radicalismo de su discurso, que
sataniza el mercado, desconociendo sus potenciales beneficios. Por su
rigidez el movimiento se aleja de la dinámica de las relaciones
internacionales caracterizada por la diversidad y el cambio y estrecha
sus vinculaciones con los gobiernos autoritarios de izquierda, que con
un falso discurso de proletariado, buscan perpetuarse en el poder.
En el siglo XXI resulta difícil mantener los conceptos obsoletos que
pregona el MPNA; pero, paradójicamente estos resultan salvadores para el
proceso bolivariano. Actualmente el movimiento necesita de países
miembros que asuman el falso discurso y retomen sus banderas y el
proceso bolivariano necesita de un gran show de aliados ideológicos, que
le permitan disimular el aislacionismo que está enfrentando.
Las perspectivas del MPNA son muy frágiles y necesita de una profunda
reingeniería; pero el proceso bolivariano, que lo presidirá, no tiene la
capacidad para promover los cambios necesarios. La transformación del
MPNA lo debería vincular con los problemas fundamentales que afectan a
los países en desarrollo y que tienen que ver, entre otros, con el
acceso a la toma de decisiones; la creación y no la destrucción de
oportunidades; la democratización de la dinámica internacional; trabajar
en temas como: los derechos humanos, la ecología, el comercio, el
género, la cultura y, fundamentalmente, promover la libertad y la
equidad en la dinámica mundial. La mayoría de estos valores lejanos al
discurso oficial que ha caracterizado tanto al MPNA, como al proceso
bolivariano.
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