Rafael Rojas
El presidente cubano llegó a Caracas resuelto a suscribir punto por punto el retardado posicionamiento de los gobiernos bolivarianos contra Donald Trump. Alabó a Hugo Chávez y a Nicolás Maduro, defendió al vicepresidente Tareck El Aissami de las acusaciones de narcotráfico del Departamento del Tesoro y criticó, por primera vez en un foro internacional, el muro en la frontera mexicana que planea la Casa Blanca.
Cuando Castro mencionó el muro y objetó la política antiinmigrante de Trump, fue la única vez que los asistentes a la cumbre del ALBA lo interrumpieron con un aplauso. Todo lo demás fue la enésima reiteración del abecedario de su hermano, Fidel Castro, en el periodo de la “batalla de ideas”: mucho “bolivarianismo”, mucho Foro de Sao Paulo y mucho respaldo a “Evo, Dilma, Lula y Cristina”, aunque estos tres últimos nombres, que dijo así, sin sus apellidos, sean los de tres exgobernantes de la región.
El discurso de Raúl Castro en Caracas fue una réplica del lenguaje de la diplomacia ideológica fidelista, que él mismo pareció descontinuar entre 2012 y 2016. Quien habló en la última reunión del ALBA es un mandatario muy diferente al que habló en la Cumbre de las Américas en Panamá en 2015, donde defendió al presidente Barack Obama frente a sus pares bolivarianos, o al que intervino en las cumbres de la CELAC en La Habana, San José, Quito y Punta Cana.
El repliegue diplomático de Cuba ayuda a comprender, una vez más, las expectativas favorables que el supuesto aislacionismo de Trump despertó en el eje bolivariano. Unas expectativas que, seguramente, La Habana y Caracas compartieron con Moscú durante más de un año. Si las revelaciones de Adam Davidson en el New Yorker son correctas, no sólo el equipo de Trump tuvo una comunicación fluida con agentes rusos durante la campaña, sino que el propio candidato hizo jugosos negocios en Azerbaiyán e Irán que debieron provocar la simpatía del Kremlin.
El tono de la cumbre del ALBA, en Caracas, denota la frustración con el giro conservador que intenta dar la política exterior de Trump, tal y como se vio en el pasado discurso presidencial ante el Capitolio. El canciller ruso Serguei Lavrov también trasmitió ese desencanto, aunque mantuvo el cortejo de la administración republicana con la crítica a la oposición demócrata y a los medios liberales porque, a su juicio, emprenden una cacería de brujas “macartista” —el mismo término que ha usado Trump contra Obama—.
La pregunta que podría hacerse es si el gobierno cubano recae en el sectarismo bolivariano porque no tiene otra opción frente Trump. Y lo cierto es que las opciones sobran. Cuba podría aplicar un enfoque más plural y realista a sus relaciones con América Latina, como el que insinuó entre 2012 y 2016, sin perder por ello el subsidio petrolero venezolano y el apoyo del bloque bolivariano. Si Raúl Castro apela ahora a la retórica anti-Trump no es por antiimperialismo, sino falta de imaginación diplomática.
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