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Hay una peste que comparten todas las tiranías. Es la que emiten
la intolerancia, el odio a la crítica y el deseo de aniquilar
a los “desobedientes”.
Javier Marías
El País
Marzo 12, 2017
http://elpaissemanal.elpais.com/columna/javier-marias-atribulados/
Por azar, la elección de Trump me coincidió con un periodo de entrevistas a
medios estadounidenses, y me encontré con que varios entrevistadores –
sobre todo si eran jóvenes– me preguntaban más por cuestiones políticas
que literarias. Al ser yo español, y haber vivido bajo una dictadura y bajo el
“fascismo” (Franco murió cuando yo contaba veinticuatro años), me
consideraban poco menos que “un experto” y pretendían que los orientara:
cómo reconocer la tiranía, consejos para hacerle frente, guías de conducta,
etc. Notaba en esos jóvenes un gran desconcierto. Nunca habían previsto
encontrarse en una situación como la actual, es decir, con un Presidente
brutal que ni siquiera disimula. Intenté no resultar alarmista ni asustarlos en
demasía. Al periodista de Los Angeles Review of Books (LARB), por ejemplo,
vine a decirle: “De una cosa tened certeza: con Trump y Pence el fascismo
llegaría a América si pudieran obrar a su antojo. Ese sería su deseo y su meta.
Mi esperanza es que no serán capaces de instaurarlo plenamente, en parte
por la clara separación de poderes en los Estados Unidos, en parte porque
habría una fortísima oposición a ello. Vuestra esperanza es que una
candidata tan poco atractiva como Clinton obtuvo más votos populares que
Trump, casi tres millones. Una dictadura sólo es posible si: a) se establece un
régimen de terror y se elimina a los críticos y disidentes, como fue el caso en
Chile y en la Argentina en los años setenta, o en Alemania, Italia, España y la
URSS en los treinta y cuarenta; b) la mayoría de la población, sea por
convencimiento (Hitler) o por miedo, apoya al dictador. Eso, sin embargo,
puede ocurrir con más facilidad de la que imagináis. Pero, mientras no
ocurra, hay esperanza. Y, al menos de momento, no creo que pueda suceder
en vuestro país. Tenemos que aceptar la democracia aunque nos desagrade
lo que votan nuestros compatriotas. Pero debemos estar en permanente
guardia, luchar contra lo abusivo, injusto o anticonstitucional. Por desgracia,
puede que no estéis empleando la palabra equivocada –fascismo–, pero
quizá sea prematuro emplearla ya”.
Por su parte, el joven e interesante novelista Garth Risk Hallberg me inquirió:
“¿Cómo se huele el fascismo? ¿Cuál es su hedor? ¿Cómo lo reconoceremos?”
Al ser más poética, esta cuestión tiene más difícil respuesta. En cada sitio ese
olor varía. Pero hay una peste que comparten todas las tiranías, aunque sean
de distinto grado: del nazismo al comunismo y del franquismo al putinismo,
del Daesh al chavismo y del pinochetismo al castrismo, de la dictadura
argentina al maoísmo y el erdoganismo. Es la que emiten la intolerancia y el
odio a la crítica, la persecución de la opinión independiente y de la prensa
libre, el pánico a la verdad y el deseo de aniquilar a los “desobedientes”. Y
Trump ha lanzado esa hediondez bien pronto. Su principal consejero, Steve
Bannon, ha dicho sin tapujos que la obligación de la prensa es “cerrar el
pico”, nada menos. Y el propio Trump ha calificado a los medios más serios y
prestigiosos, como el New York Times, el Washington Post, Politico, el New
Yorker, la CNN, la NBC y el Los Angeles Times, de “enemigos del pueblo”,
exactamente la misma acusación de cuantos tiranos ha habido contra
quienes iban a purgar o suprimir, si podían.
Por mucho que la prensa haya declinado, por mucho que demasiada gente
prefiera informarse a través de las nada fiables redes sociales, sin ella
estaríamos perdidos e indefensos. A esa prensa estadounidense, además, el
mayor muñidor de mentiras –Trump– la acusa justamente de eso, de
propalar noticias falsas. También es una táctica viejísima de los dictadores:
acusar al contrario de lo que uno hace, presentarse como el defensor de lo
que uno intenta derribar. Véase el uso que hoy hacen tantos de los
referéndums y los plebiscitos: los ofrecen como lo más democrático del
mundo quienes en realidad aspiran a acabar con la democracia. Nada tan
fácil de manipular, teledirigir y tergiversar como un plebiscito o un
referéndum.
El atribulado periodista de la LARB volvió al final a la carga: “¿Qué nos
aconsejaría leer en este momento crítico?” Le contesté que mejor leer obras
no políticas, porque las pausas son necesarias incluso en los peores tiempos.
Pero, por si acaso, también le recomendé Diario de un hombre desesperado,
de Friedrich Reck-Malleczewen, que he encomiado aquí otras veces. “Murió,
como tantos”, le dije, “en un campo de concentración. Pero no era judío, si
mal no recuerdo, y ni siquiera izquierdista. Vio muy pronto lo que significaba
Hitler, cuando Hitler aún no era ‘Hitler’. Hay una escena increíble en la que
recuerda haber tenido la oportunidad de matarlo entonces, en un
restaurante. Bien que no lo hiciera. Uno no puede llamar a alguien fascista
hasta que haya demostrado serlo”. Y aquí viene la pregunta ardua: ¿cuándo
se demuestra eso? ¿A partir de qué acción, o basta con las declaraciones, los
síntomas? ¿Ha de iniciar una guerra o una persecución injustas, una
matanza? No conviene apresurarse. Pero tampoco percatarse demasiado
tarde.
Javier Marías franco (Madrid, 1951). Se licenció en
Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid.
Ejerció como profesor en la Escuela de Letras de Madrid, en
Oxford y en la Universidad Complutense de Madrid.
En sus obras hay referencias culturalistas a la llamada
cultura de masas, ya sea el cine o la propia literatura, y al
arte. Escribe relatos introspectivos, en ocasiones casi
claustrofóbicos. Autor de Los dominios del lobo (1971),
Travesía del horizonte (1972), El monarca del tiempo (1978)
y El siglo (1983).
En 1986, le concedieron por El hombre sentimental, el
Premio Herralde de Novela. En Corazón tan blanco (1992)
inicia una nueva vía en la que la memoria y el detallismo se
funden para investigar sobre lo que se esconde en el ser
humano. Esta novela le ha proporcionado prestigiosos
premios literarios como el Premio Fémina, en Francia,
(1996) y el Premio Internacional Impac de Dublín (1997).
Otras de sus obras son: Mañana en la batalla piensa en mí
(1995), por la que consiguió el Premio Rómulo Gallegos,
Cuando fui mortal (1996), y Vidas escritas (1996),
recreación novelística sobre biografías de escritores. En su
búsqueda de nuevos géneros ha publicado Mano de sombra
(1997), una especie de diario y Salvajes y sentimentales,
compilación de artículos escritos entre 1992 y 2000.
El 6 de abril de 2011 publica Los enamoramientos, una obra
sobre la impunidad y la ambigüedad de los sentimientos y
por la que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa en 2012.
El 29 de junio de 2006 fue elegido miembro de la Real
Academia Española ocupando el sillón R.
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