Sunday, June 12, 2016

Ali: el rey del mundo

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El boxeador era una especie de magia, una esquizofrenia consciente, una energía tan ambigua como potente y arolladoramente seductora

John Carlin

El País
Junio 4, 2014

http://deportes.elpais.com/deportes/2016/06/04/actualidad/1465045348_818968.html?rel=lom

El boxeo no me interesó antes de Muhammad Ali ni me interesó después pero fue —es— el ídolo de mi vida. Recuerdo la primera vez que me enteré de su existencia como si fuera ayer. Fue en 1964, cuando yo tenía siete años, al leer un artículo de un diario argentino, el Buenos Aires Herald, publicado a dos columnas al lado derecho de la última página. Lo veo ahora. Veo la foto, con él mirando a la cámara, sudoroso y extasiado; veo el titular, anunciando que era el nuevo campeón mundial de los pesos pesados tras derrotar al aparentemente invencible Sonny Liston; y veo el texto, citando sus primeras palabras en el ring después de que Liston se negase a salir a pelear al comienzo del séptimo round tras la paliza que le había dado Ali en el sexto. “I shook up the world!”. Sacudí al mundo. “I am the prettiest!”. Soy el más guapo. “I am the greatest!”. Soy el más grande. Se lo creí entonces y lo sigo creyendo hoy. Desde aquel día vi todas sus peleas, deseando que ganase como jamás he deseado que nadie nunca ganara nada, pero no fue hasta que cumplí 13 años cuando descifré lo que me había pasado con este hombre de un país que no era el mío, de una raza con la que no había tenido ningún contacto personal.

Mi padre había intentado convencerme que la gente más admirable era la más inteligente y erudita. Él era muy fan de Harold Wilson, el entonces primer ministro británico y gran cerebro que había sacado brillantes notas en la Universidad de Oxford.
Tuve mi momento de revelación y de rebeldía a aquellos 13 años cuando vi
una larga entrevista con Ali en la BBC y entendí que Wilson era un enano
junto a él. Era de noche y me quedé hipnotizado de principio a fin. Tenía un
tremendo sentido del humor y tanto yo como el público que juntó la BBC
para presenciar la entrevista en directo nos partíamos de la risa. Rápido e
ingenioso en sus respuestas, de repente soltaba un poema que él había
compuesto proclamando su propia gloria. Pero con sus ojos, con su sonrisa,
con sus muecas nos hacía cómplices de su fanfarronería. Como que nos
estaba diciendo: no me tomen en serio, pero tómenme en serio. Estoy
interpretando el papel de Muhammad Ali, pero este es el auténtico
Muhammad Ali. Me río de mí mismo pero cuando digo que soy “the
greatest” también me lo creo, y más vale que os lo creáis vosotros. Era una
especie de magia, una esquizofrenia consciente, una energía tan ambigua
como potente, y arolladoramente seductora.

Ali era la definición del carisma; era el carisma hecho carne —equiparable a
una figura de leyenda como el Aquiles de Homero, o histórica como
Napoleón, o Bolívar, o Garibaldi—. Su único rival contemporáneo, para mí, ha
sido Nelson Mandela, pero lo conocí cuando yo era ya adulto y mi visión de él
pasó por un filtro cerebral. Ali me llegó a las vísceras, directo como un golpe
al estómago.

¿Qué es el carisma? El carisma es una luz que se transmite a partir de una
colosal confianza en uno mismo, de saber, sin la más remota duda y mucho,
mucho más allá de mezquindades como la altanería o su hermana gemela, la
inseguridad, que uno es grande y especial. Ali creó un grandioso personaje y,
con enorme generosidad, se lo regaló al mundo.

Soy un fanático del deporte y he presenciado grandísimos partidos y
extraordinarias hazañas pero nada, nada que compare con la pelea entre Ali
y George Foreman el 30 de octubre de 1974 en Kinshasa, Zaire. Yo tenía 18
años. En Londres, donde vivía, solo se podia ver la pelea en vivo yendo a las
dos de la mañana a un cine en Brixton, un barrio que en aquel entonces era
una especie de gueto poblado mayoritariemente por negros y que, quizá
injustamente, tenía fama de ser peligroso. La entrada me costó todo el
dinero que tenía ahorrado tras trabajar durante las vacaciones de verano en
una fábrica. Nunca hice una mejor inversión.
Foreman, un monstruo, entró al ring primero. Daba miedo verle. Había aniquilado en un round a rivales que Ali había sufrido en 15 para derrotar. Sus bíceps eran más anchos que los muslos de Ali.

Empezó la pelea y durante los cuatro primeros rounds Ali se atrincheró contra las cuerdas, cubriéndose la cabeza con los guantes, recibiendo un golpe brutal tras otro en el abdomen sin devolver ninguno. Todos en el cine, parecía que todos negros menos yo, estabamos desolados. Esto era una masacre. El quinto round empezó igual pero de repente, cuando todo parecía perdido, emergió el fénix de las cenizas. Ali empezó a boxear como solo él sabía, bailando. Flotando como una mariposa, picando como una abeja. Un golpe con la izquierda le retorció la cabeza a Foreman y una gota gruesa de sudor saltó de su rostro, salpicando el suelo. En el cine nos pusimos todos de pie. Cuando cayó Foreman a la lona en el octavo y el árbitro contó a diez, con Foreman incapaz de levantarse, el rugido en Brixton se habría oído en el Congo. No conocía a nadie a mi alrededor pero nos abrazamos todos como hermanos.

He visto jugar a Pelé y a Maradona, a Tiger Woods, a Federer y a Nadal, a Cristiano Ronaldo y a Leo Messi. Ellos pertenecen al deporte. Ali pertenece a todos. “¡Soy el rey del mundo!”, clamaba, y era verdad. No solo nadie redefinió el deporte como Ali sino que nadie lo trascendio como él. Fue un gigante, una fuerza elemental de la naturaleza, un huracán humano. Falleció tras batallar en la penumbra durante tres décadas contra su enemigo más implacable, la enfermedad de Parkinson. Pero para mí, y para muchísimos más de todas las razas y todas las creencias en todos los rincones de la tierra que tuvimos la fortuna de vivir en sus años de gloria, es inmortal.

John Carlin (Londres, 1956) Es un escritor y periodista británico, hijo de padre escosés y madre española. Pasó los tres primeros años de vida en el Norte de Londres, para trasladarse posteriormente a Buenos Aires, ya que su padre fue destinado a la Embajada Británica en dicho país. De regreso a Inglaterra fue educado en un internado de Ludlow (Shropshire) y cursó posteriormente estudios de Lengua y Literatura Inglesa en la U. de Oxford. Su actividad profesional se ha centrado en política y deporte. Su libro Playing the enemy (en castellano titulado El factor humano), publicado en 2008, tuvo gran aceptación entre el público y la crítica literaria. La película Invictus, estrenada en 2009, se
inspiró en esta obra de Carlin. Buena parte de la obra de Carlin ha versado sobre la política de Sudáfrica, lo que le llevó a forjar una buena relación personal con Nelson Mandela, presidente de Sudáfrica entre 1994 y 1999. En una entrevista realizada en 1998, Mandela dijo sobre él que "lo que tú escribiste y la forma de desempeñar tus labores en este país fueron absolutamente magníficas, era absolutamente inspirador. Has sido muy valiente diciendo cosas que muchos periodistas nunca hubieran dicho." Mandela escribió la introducción del libro de Carlin en español Heroica Tierra Cruel publicado en 2004.

Carlin ocupó el cargo de corresponsal jefe del diario The Independent en Suráfrica entre 1989 y 1995. En 1993 escribió y presentó un documental para la BBC sobre la tercera fuerza sudafricana, su primer trabajo en televisión. Entre los años 1995 y 1998 fue destinado como corresponsal jefe en Estados Unidos para el mismo diario. En 1997 escribió un artículo titulado "A Farewell to Arms" (Adiós a las armas) para la revista Wired que trataba sobre la guerra informática. Este artículo sirvió de base para el guion de la fallida película de 1999 WW3.com. Aunque no llegó a ver la luz, otra película, Live free on Die Hard lanzada en 2007, retomó las ideas del artículo de John Carlin. En 2000 Carlin ganó el Premio Ortega y Gasset otorgado por el periódico español El País por un artículo en este mismo diario. Entre 2004 y 2008 trabajó como escritor senior en El País. En octubre de 2010 el diario El País publica que John Carlin está preparando un relato sobre el tenista Rafa Nadal. El autor dijo que no será una biografía y explicó su interés por el deportista: "alguien que ha redefinido el tenis: con su fuerza y generosidad en las pistas, pero también por ese entorno familiar envidiable; esa mística de familia unida y gente fuerte me fascina".

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