Lo que antes era el principal activo del chavismo, el tablero electoral, ahora es su principal pasivo. De allí su arremetida. El Gobierno necesita pasar por la guillotina a Ledezma, a Borges y a Machado para que la alternativa democrática vaya debilitada a las parlamentarias (como un boxeador con las manos atadas) o para, simplemente, provocar un clima tal de crispación que conduzca a decretar un estado de excepción y abortar las elecciones de diputados.
Por Gloria M. Bastidas @gloriabastidas.-
¿Por
qué el Gobierno toma como presa a Antonio Ledezma y le abre un juicio?
¿Por qué le pone el ojo a Julio Borges bajo la amenaza de allanarle la
inmunidad parlamentaria? ¿Por qué despojó de su curul a María Corina
Machado y la tiene en su lista negra? Porque ellos tres son cabeza
indiscutible de la oposición. Y porque, en un inminente escenario
electoral (al menos eso es lo que dicta la Constitución) y con las
encuestas muy en contra del régimen, la alternativa democrática
representa un peligro de muerte para el chavismo y hay que descabezarla a
como dé lugar. Hay que desarticularla. Hay que desmembrarla. Hay que
pasarla por la guillotina. Hay que llevarla al paredón sin
contemplaciones. Eso es lo que busca el Gobierno: fulminar a sus
contrincantes, pero no por la vía de los votos —como corresponde en una
auténtica democracia— sino por la vía del linchamiento político. De la
cárcel. Del hostigamiento. De la persecución.
Porque es lo que dice Capriles: el Gobierno busca un atajo.
Quizá
el régimen prepare el terreno para decretar un estado de excepción y
abortar las elecciones parlamentarias. Un clima de crispación como el
que auspicia le viene bien para este escenario. La narrativa golpista es
su gran argumento. Es algo parecido a lo que ocurrió con RCTV: no es
que lo cerramos, es que feneció la concesión. Igual sucedería en esta
oportunidad: no es que no deseemos elecciones, es que está en ciernes un
golpe y, bajo esa amenaza, las parlamentarias pasan a un segundo plano
porque primero está la patria. Primero está la revolución. Pero no
necesariamente el objetivo es cancelar definitivamente el proceso
comicial. Todo depende de cómo se tome el país la arremetida del
régimen. Todo depende de si la protesta se desborda y la oposición pisa
el peine que el chavismo quiere que pise. Porque es lo que dice
Capriles: el Gobierno busca un atajo.
También
puede ocurrir que la oposición logre controlar sus demonios y que
mantenga el foco estrictamente en el plano electoral, sin dejarse
dominar por las hormonas y por las bajas pasiones. Pero, aun en ese
escenario, en el escenario de que la oposición no caiga en
provocaciones, el Gobierno podría lograr su objetivo, que es arrebatarle
a sus adversarios (a los que más bien trata como enemigos) todo
vestigio de liderazgo y de organización. Es decir, que podría haber
elecciones, dado que la protesta no se desborda y no se produce un
ambiente que justifique un estado de excepción, pero en unas condiciones
muy desventajosas para la alternativa democrática porque sus
principales cuadros estarían bajo la condición de rehén. ¿Podría
hablarse en ese caso de unas elecciones competitivas, que ya de suyo no
lo son bajo un régimen que siempre apuesta al ventajismo? Eso es como si
en una pelea, uno de los boxeadores se presentara al ring con las manos
atadas. Es lo que busca el gobierno: que la oposición pelee sin margen
de maniobra. Y además de descabezar al liderazgo opositor, el Gobierno,
que controla todos los poderes, tiene otra carta: adelantar las
elecciones. Esa también podría ser una fórmula: fusilar a los líderes de
la alternativa democrática y ajustar el cronograma electoral para que
así la oposición tenga menos tiempo de organizarse.
Ahora,
el chavismo corre el riesgo de que la jugada no le salga bien. Que pese
a que fulmine al organigrama opositor, pese a que acabe con sus
cabezas, la alternativa democrática, por esos milagros que operan ante
las crisis y ante los retos históricos, remonte la cuesta y, al más puro
estilo darwiniano, logre adaptarse a esa nueva realidad. Puede que
ocurra lo que ocurre con la mandrágora, ese animal mitológico que se
reproduce por un lado mientras lo cortan por el otro. Por eso de aquí en
adelante lo que veremos será una implacable cacería de brujas por parte
del régimen para tratar de extirpar (sí, la cosa es quirúrgica) toda
iniciativa de resurrección. No le conviene al Gobierno el efecto
mandrágora, pero es casi imposible que lo conjure: tendría que construir
una jaula demasiado grande. Y, como dice la canción, no hay cárcel pa’
tanta gente. Ese efecto mandrágora fue el que se dio con las alcaldías
de San Cristóbal y de San Diego. Les fueron arrebatadas a Daniel
Ceballos y a Enzo Scarano y fueron recuperadas, mediante nuevas
elecciones, por sus esposas.
El
chavismo se halla en una verdadera encrucijada. Lo que antes era su
principal activo —las elecciones— ahora constituye su principal pasivo. Y
esto le plantea un dilema: ¿salirse del cuadrante electoral? Hasta
ahora, más allá de todos los vicios que ha habido en los procesos
comiciales, que son inconmensurables (basta la confesión del ex ministro
Giordani de cómo el dineral que echaron a la calle para captar votos
destruyó la economía), el Gobierno se ha mantenido a trancas y barrancas
en el carril electoral. Es ése el único vaso comunicante que le queda
con la democracia: las elecciones. Cierto, con un CNE sesgado, con el
control de absolutamente todos los poderes, con unas FANB que aplauden a
los líderes chavistas en lugar de aplaudir la neutralidad que les
corresponde aupar, con un ventajismo que raya en lo obsceno, pero en el
carril electoral. Y eso es lo que ha dado pie para que muchos, que
tienen un concepto precario de lo que es la democracia, que no se reduce
meramente a lo electoral, no terminen de definir a este régimen como
dictatorial. Las boletas electorales han sido el oxígeno del chavismo.
Un caso distinto al de Cuba, donde priva un régimen de partido único y
el Gobierno revolucionario compite consigo mismo. Allí hay un solo
boxeador en el ring.
Bueno,
ese vaso comunicante que le queda al Gobierno con la democracia está a
punto de desvanecerse. En inglés, existe un término que lo grafica muy
bien: fade, que significa
desdibujarse. Y ése es el aprieto en el que está la nomenclatura
chavista. ¿Cortamos también con ese vínculo así como decidimos cortar
con eso de que las FANB son apolíticas, así como decidimos cortar con
aquellos preceptos de la democracia liberal burguesa de que los poderes
deben estar al servicio de la nación y no de quien ejerce el mando, de
nosotros los revolucionarios, así como decidimos confiscar la libertad
de empresa? Pero cortar el único lazo que une al Gobierno con lo
democrático traería consecuencias catastróficas. Sería decretar el
gorilato. Y por eso es que el chavismo se juega otras cartas antes de
jugarse la de la ruptura definitiva con lo electoral. Por eso se juega
la carta de descabezar a la dirigencia opositora para, por este camino,
sin cortar directamente con lo electoral, aplicar un fade. Y volvamos al comienzo. ¿Por qué Ledezma? ¿Por qué Borges? ¿Por qué María Corina Machado?
Ledezma
es el Quijote de la oposición. El alcalde Metropolitano encarna el
arquetipo del luchador. Es un político al que le quitaron competencias y
hasta la sede de gobierno y, aun así, logró obtener casi 750 mil votos
en la reelección. Y uno se pregunta: ¿Por qué la gente lo reeligió si
prácticamente fue inhabilitado como gobernante? Porque los votantes
premian su tenacidad. Su guáramo. Su ímpetu. Ledezma representa lo que
los venezolanos echan de menos bajo un régimen que tiende un cerco con
visos totalitarios: la esperanza. Ledezma es una mandrágora. Un terco.
Un fajado. Y eso es capital para enfrentar a un sistema cuyo propósito
fundamental es doblegar a sus adversarios. Por eso le declaran la guerra
a muerte. Una yihad contra el alcalde. Y porque, como dice Fausto Masó, es un político sagaz. Ledezma tiene escuela, no es ningún outsider.
Ledezma podía ser una pieza fundamental para conducir las protestas que
podrían generarse a propósito de la crisis económica, que derivará más
tarde o más temprano en crisis política y social. Por eso, el chavismo
le teme. Le teme porque es un contrincante peso pesado. Y porque, con un
Leopoldo López preso y con un Capriles que podría tender al desinfle,
Ledezma podría pasar a ocupar una posición mucho más protagónica en el
tablero de la oposición. Esto no lo puede tolerar el Gobierno. Y por eso
lo aborta.
Julio
Borges, por su parte, ha sido un gran arquitecto de la cruzada
electoral de la oposición. Una cruzada que significó, entre otras cosas,
que Henrique Capriles Radonski le pisara los talones a Nicolás Maduro
en el matchde abril de 2013. Borges
es el fundador de un partido político, Primero Justicia, cuyo candidato
estuvo a punto de hacer cumbre. Sí, porque no se puede calificar de otra
manera el hecho de que la oposición haya obtenido 7
millones 363 mil 980 votos contra los 7 millones 587 mil 579 votos que
sacó el Gobierno en las presidenciales de hace casi dos años. Esa
diferencia de un escaso 1,49 por ciento tiene para la alternativa
democrática el mismo valor que tiene para un montañista llegar a la cima
del Everest. La hazaña de Capriles Radonski, que luchó contra un Estado
y no contra un mero candidato presidencial, que participó en una
campaña casi sin medios de comunicación que divulgaran su discurso y
sin la petrochequera de la que disponía su contrincante, significó lo
mismo que para el explorador neozelandés Edmund Hillary significó pisar
la cima del Everest por primera vez y hacer historia.
Y en
esa faena de montañismo, más allá de que Capriles Radonski hizo su
trabajo con la tenacidad de una hormiga y hasta podría considerarse que
fue un candidato suprapartido, Borges desempeñó un papel capital. La
jugada contra el diputado no es un trapo rojo para distraer a la gente
de los graves problemas que la acechan. La jugada lo que persigue es
desmontar a toda costa el tinglado que requiere la oposición de cara a
las parlamentarias. Si Julio Borges tuviera otro nombre, se llamaría
sufragio. Por eso el chavismo (la cúpula chavista, más bien) se decanta
por fusilarlo. Porque al fusilarlo a él, que es la quintaesencia de lo
electoral, descabezan el aparato que Borges ha venido montando desde
hace años. Borges ha sido un gran organizador y ha coronado grandes
éxitos desde la plataforma de Primero Justicia. ¿O no fue un éxito que
Carlos Ocariz ganara en 2008 nada más y nada menos que la importantísima
alcaldía de Petare cuando el chavismo todavía era ultra popular? ¿O no
fue un éxito que Capriles Radonski se alzara ese mismo año con la
gobernación de Miranda y destronara a Diosdado Cabello, cosa que el
presidente de la Asamblea no les perdona ni a Capriles ni a Borges? ¿O
no vienen de Primero Justicia los dos principales líderes de la
oposición de hoy en día, Capriles y López? Borges ha dirigido una
fábrica de producción de dirigentes. Y por eso le quieren impedir que
siga manufacturando cuadros y votos.
¿Y
qué le cobran a María Corina Machado? Ya lo escribí aquí mismo, en
Konzapata, cuando pretendieron imputarla por magnicidio. Lo repito: Que
organizó un aparato llamado Súmate, con 30 mil voluntarios en todo el
país, para la activación de la figura del referéndum revocatorio
presidencial. Que Machado constituyó una figura clave para la
recolección de casi tres millones de firmas que pusieron a temblar al establisment chavista.
Nada más que eso le cobran. ¿Y por qué se lo cobran? Por lo que dice el
filósofo político italiano Norberto Bobbio: porque lo más importante de
la democracia moderna es la sociedad civil. Ella es una pieza
poderosísima en el ajedrez del poder. Y eso no se lo perdonan a María
Corina Machado: que organizó al rebaño y que lo dotó de consciencia
sobre lo que significa cuidar el voto y organizarse electoralmente. Ese
aparataje que Súmate montó fue crucial en las elecciones de abril de
2013, cuando prácticamente hubo un empate técnico entre Capriles y
Maduro, si acaso no un triunfo del primero. Eso habla de la dimensión
del trabajo de Machado, que no fue solo de ella, claro está, sino de un
ejército de ciudadanos, pero en el que ella dejó una impronta que no es
del agrado de los dueños del poder.
Bobbio
considera que el derecho a la asociación es el nervio de la democracia.
Y eso fue lo que hizo Machado desde Súmate: ejercer esa disposición
constitucional. Para Bobbio, el pluralismo nace del derecho de
asociación. ¿Asociarse en qué? En partidos. En sindicatos. En
organizaciones no gubernamentales (de derechos humanos, por ejemplo). En
gremios profesionales (Colegio de Periodistas, Colegio de Ingenieros,
Colegio de Abogados, Colegio de Médicos). “Cuando se habla de democracia
pluralista se habla de democracia no tanto de muchos individuos: se
habla de una democracia de muchos grupos (…) Los individuos para contar
políticamente deben pasar a través de estos grupos”, dice Bobbio. Es
decir, ésas son las partes que hacen el todo en una democracia. O casi
el todo. Porque lo otro es el Estado propiamente hablando. Bobbio cita
al escritor inglés-americano Thomas Paine, autor del libro El derecho y el hombre, quien
afirmaba tajantemente: “La sociedad es buena y el Estado es malo”. Lo
que quería decir Paine —recuerda Bobbio— es que la primera debe ser más
fuerte que el segundo.
Entonces
ya vemos por qué le cobran a María Corina Machado ser fundadora de
Súmate. Porque Súmate, en tanto que representa el interés de un grupo de
la sociedad que se opone a la clase política dominante, es expresión
genuina de la democracia moderna, en la que el derecho de asociación
constituye una conquista. Súmate es el exponente de la organización
electoral y ciudadana, que es incompatible con un régimen que aspira a
la eternidad y que ve en sus adversarios a enemigos que hay que
exterminar. Súmate encarna un contrapoder. María Corina Machado, su
fundadora, simboliza lo que el Gobierno quiere desdibujar. Eso a lo que
el chavismo pretende aplicarle el fade:
lo democrático, lo electoral, la alternancia, la ciudadanía. Por eso es
que María Corina Machado es otra presa codiciada. Y porque, como
Ledezma, puede ser una pieza clave en la conducción de la protesta en
una Venezuela que es una olla de presión. La diputada despojada de su
curul fue la que acuñó aquella frase que en las encuestas se hace
realidad: somos mayoría. Y a eso le teme demasiado el Gobierno: a la
infidelidad estadística de quienes se niegan a ser sus siervos. Una
legión que crece y crece y que pone al régimen en el inelegante papel de
creer que ahora la soberanía popular reside en él y no en el pueblo.
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