Es un verdadero enredo este
asunto del antiimperialismo y las idas y vueltas en las relaciones del gobierno
bolivariano del señor Nicolás Maduro con Estados Unidos y Barack Obama.
Construido desde la temprana obsesión de la revolución bolivariana en torno al
gran enemigo, pretexto y comodín, es un laberinto que se vuelve cada vez más
difícil de transitar para el régimen sin que se le noten los extravíos.
Ahora no se trata solamente de la
desgastada repetición del guión de las conspiraciones y de la acumulación de
inconsistencias retóricas y materiales en el vaivén. Hay cambios más profundos
ante los cuales hacer lo mismo de siempre va significando más encierro para el
régimen y, por supuesto, más regresión para el país.
La diplomacia de la
administración de Barack Obama hacia Latinoamérica no solo contribuyó a
desteñir las banderas antiimperialistas sino que facilitó el reacercamiento
hemisférico y alentó nuevos vínculos, particularmente visibles e importantes en
materia de acuerdos comerciales y de cooperación energética.
En este último aspecto, la
reciente cita de los países del Caribe, que alentó y procuró el vicepresidente
Joe Biden desde el año pasado, refleja un significativo giro regional ante el cual
lo peor que puede hacer el gobierno venezolano es recordar sus supuestas
credenciales emancipadoras y acusar a Biden de conspirador.
No importa el idioma (¡inglés!)
en que se ofrezca escribirle “personalmente en persona” a Barack Obama, mucho
menos lo que él dice que le va a decir. El tema real es que las relaciones
hemisféricas y regionales surcan caminos alejados de las coordenadas del mapa
bolivariano.
Ante la acumulación de sanciones
del gobierno de Estados Unidos a funcionarios y ex uncionarios venezolanos y
sus familiares, por razones de violación de derechos humanos y corrupción, la
diplomacia del régimen no encontró en los foros regionales el eco de otros
tiempos, no muy lejanos. Han pesado más el lastre de la impunidad reinante en
Venezuela y su pérdida de palanca económica que el tradicional rechazo
latinoamericano a las medidas unilaterales. Si en medio del discurso insultante
resulta desatinado proponer a Estados Unidos un mediador, mucho más inadecuado
ha sido presentar como tal al actual secretario de la Unasur, en tiempos en los
que la sombra del narcotráfico tanto se oscurece y ensancha.
A todas estas, cómo dudarlo, las
relaciones con Estados Unidos se han vuelto más complicadas desde que se
iniciaron las conversaciones secretas entre La Habana y Washington, y se
seguirán enredando para Caracas a medida que avancen las negociaciones para la
normalización de los vínculos diplomáticos y económicos que contribuyan a la
prosperidad de la isla.
Porque todo indica que mientras
el gobierno cubano redefine sus lazos y resuelve sus vulnerabilidades, sus
asesores y apoyos en Caracas ven en Venezuela una pieza aprovechable,
eventualmente desechable; atrapada en un juego muy poco soberano, un laberinto
más ajeno que propio.
Vía El Nacional
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