Sunday, February 8, 2015

Zapata nuestro

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Tanto nos acompañó durante tanto tiempo y con tanta luminosa intensidad que nos cuesta creer que esa referencia de todos los días ya no va a estar mañana; a primera hora, con la salida del sol y el primer café en mi caso y el de muchos.

 

FERNANDO RODRÍGUEZ

 
Tanto nos acompañó durante tanto tiempo y con tanta luminosa intensidad que nos cuesta creer que esa referencia de todos los días ya no va a estar mañana; a primera hora, con la salida del sol y el primer café en mi caso y el de muchos.

La obra de Zapata es ante todo colosal, increíblemente prolífica. Tan solo la de El Nacional debe ser de más de diez mil caricaturas. E hizo infinidad de otras cosas.

Sobre todo su obra de pintor, sin duda de la mayor importancia. Su mural de la autopista es una muestra estupenda de ese que debería ser el destino del arte, uno de sus fines irrenunciables, el ser patrimonio de la polis toda.

Estamos seguros de que él dialoga con los transeúntes agobiados por colas y motociclistas y gobierno de una manera distinta, más cálida, que cualquier otro. Es una pequeña suma de esta nación, de su más elevado espíritu creativo y civil. Civil, dije.

Nadie duda que Zapata es un gran artista venezolano, de la jerarquía de los más altos. Para empezar porque sus caricaturas logran juntar a un humorista conceptual magistral con una hechura plástica que es la del más refinado dibujante, y colorista cuando fuese menester, con un trazo y una composición personalísimos y estéticamente magníficos. Síntesis que sólo se da en los mejores. En general los muchos caminan en un solo pie o, claro, en ninguno y se caen.

Alguna vez escribí que nuestro artista era, como se sabe, un mexicano de juventud y que ese espíritu, que entronca con los grandes muralistas, lo acompañó siempre. Pero también recuerdo que señalé que era uno de sus mejores frutos porque le agregó al espíritu algo pomposo, y a veces inaguantable, de los pintores revolucionarios (que tan pesada y castrante influencia ejercieron en sus prolongados y múltiples epígonos), su humor y su desenfado y su libertad para adherirse a otros horizontes plásticos.

Paradójicamente dos de los mejores hijos del mexicanismo pictórico son venezolanos, Zapata hemos dicho, y la obra de juventud de Héctor Poleo que vertió los temas sociales en muy refinados e inusitados moldes renacentistas.

En el caso de Zapata esa herencia se manifiesta en su mejor vena, la de hacer un arte que nunca olvidó los trabajos y los días, el compromiso social, el valor ciudadano.

Pero sin ser nunca el pintamonas ideológico, el repetidor de bolserías patrioteras y revolucionarias como tanto abundan ahora no solo sobre papel sino en las tristes calles de nuestras ciudades. Nuestro amigo de cada mañana siempre estuvo en la propia pelea, en la candela.

Yo me imagino que uno de sus mejores trofeos fue el que le ofrendó Chávez cuando lo agredió soezmente por la espada famosa, lo cual le ha debido indicar que había dado en el clavo y a partir de allí comenzó uno de sus periodos más fértiles, la de las figuras monstruosas, híbridos de bestias y humanos.

Pero ese compromiso que nunca cesó estaba lleno de alegría, de buen humor, de fiesta del color en su pintura. Yo creo, por dar un solo ejemplo, que el pop art lo ha debido sentir muy cercano. No por las necedades para millonarios de Warhol y compañía sino por caer en cuenta de que se había abierto un gran arsenal de cosas cotidianas y muy simpáticas que se podían integrar felizmente a la ceremonia artística, cosa que de otra manera él había hecho siempre. Y ahí se dio una feliz juntura. Una ventana más hacia la libertad, una llave de los campos.

Las artes plásticas actuales se han hecho babélicas, como dice Umberto Eco. Por ende su poder de comunicación se ha hecho cada vez más exiguo y elitesco. Hasta al punto de que gente muy distinguida, como Vargas Llosa por ejemplo, ha terminado de abominar de casi todas las vanguardias actuales.

En ese horizonte el caricaturista que hace arte, que va más allá de los supuestos límites que se lo impiden y lo minusvaloran (la premura periodística, las grandes audiencias, los temas conminantes, la reiteración obligada del humor, etc.), pareciera tener un lugar envidiable.

Ese que una vez Roland Barthes le atribuía a Chaplin, la rarísima virtud de hacer un cine exquisito y la capacidad de llegar a todos los públicos y en cualquier tiempo y lugar. En nuestro autor debe ser la envidia oculta de sus colegas plásticos, así no le sea demasiado fácil entrar en los grandes mercados del arte, pero sí en la sensibilidad de muchos y en la batalla por conseguir un país mejor, siempre en las primeras líneas de combate, donde más que un porrazo puede recibir, como sabemos los venezolanos de hoy sobre nuestros mejores caricaturistas, en primera fila la generación que lo sucede y lo tiene como maestro.

No habrá historiador de nuestro acaecido siglo XX, digámoslo de último pero no por ello es tópico menor, que no tenga que tomar los Zapatazos como una de las mejores y más perspicaces guías para entender sus laberintos, el clima de cada momento, lo risible y lo patético de muchos acontecimientos. Para ello tiene un registro balzaciano, una comedia humana sazonada con ingenio y picardía.

Vía Tal Cual

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