Tanto nos acompañó durante tanto tiempo y con tanta luminosa intensidad
que nos cuesta creer que esa referencia de todos los días ya no va a estar
mañana; a primera hora, con la salida del sol y el primer café en mi caso y el
de muchos.
FERNANDO RODRÍGUEZ
La obra de Zapata es ante todo
colosal, increíblemente prolífica. Tan solo la de El Nacional debe ser de más
de diez mil caricaturas. E hizo infinidad de otras cosas.
Sobre todo su obra de pintor, sin
duda de la mayor importancia. Su mural de la autopista es una muestra estupenda
de ese que debería ser el destino del arte, uno de sus fines irrenunciables, el
ser patrimonio de la polis toda.
Estamos seguros de que él dialoga
con los transeúntes agobiados por colas y motociclistas y gobierno de una
manera distinta, más cálida, que cualquier otro. Es una pequeña suma de esta
nación, de su más elevado espíritu creativo y civil. Civil, dije.
Nadie duda que Zapata es un gran
artista venezolano, de la jerarquía de los más altos. Para empezar porque sus
caricaturas logran juntar a un humorista conceptual magistral con una hechura
plástica que es la del más refinado dibujante, y colorista cuando fuese
menester, con un trazo y una composición personalísimos y estéticamente
magníficos. Síntesis que sólo se da en los mejores. En general los muchos
caminan en un solo pie o, claro, en ninguno y se caen.
Alguna vez escribí que nuestro
artista era, como se sabe, un mexicano de juventud y que ese espíritu, que
entronca con los grandes muralistas, lo acompañó siempre. Pero también recuerdo
que señalé que era uno de sus mejores frutos porque le agregó al espíritu algo
pomposo, y a veces inaguantable, de los pintores revolucionarios (que tan
pesada y castrante influencia ejercieron en sus prolongados y múltiples
epígonos), su humor y su desenfado y su libertad para adherirse a otros
horizontes plásticos.
Paradójicamente dos de los
mejores hijos del mexicanismo pictórico son venezolanos, Zapata hemos dicho, y
la obra de juventud de Héctor Poleo que vertió los temas sociales en muy
refinados e inusitados moldes renacentistas.
En el caso de Zapata esa herencia
se manifiesta en su mejor vena, la de hacer un arte que nunca olvidó los
trabajos y los días, el compromiso social, el valor ciudadano.
Pero sin ser nunca el pintamonas
ideológico, el repetidor de bolserías patrioteras y revolucionarias como tanto
abundan ahora no solo sobre papel sino en las tristes calles de nuestras
ciudades. Nuestro amigo de cada mañana siempre estuvo en la propia pelea, en la
candela.
Yo me imagino que uno de sus
mejores trofeos fue el que le ofrendó Chávez cuando lo agredió soezmente por la
espada famosa, lo cual le ha debido indicar que había dado en el clavo y a
partir de allí comenzó uno de sus periodos más fértiles, la de las figuras
monstruosas, híbridos de bestias y humanos.
Pero ese compromiso que nunca
cesó estaba lleno de alegría, de buen humor, de fiesta del color en su pintura.
Yo creo, por dar un solo ejemplo, que el pop art lo ha debido sentir muy
cercano. No por las necedades para millonarios de Warhol y compañía sino por
caer en cuenta de que se había abierto un gran arsenal de cosas cotidianas y
muy simpáticas que se podían integrar felizmente a la ceremonia artística, cosa
que de otra manera él había hecho siempre. Y ahí se dio una feliz juntura. Una
ventana más hacia la libertad, una llave de los campos.
Las artes plásticas actuales se
han hecho babélicas, como dice Umberto Eco. Por ende su poder de comunicación
se ha hecho cada vez más exiguo y elitesco. Hasta al punto de que gente muy
distinguida, como Vargas Llosa por ejemplo, ha terminado de abominar de casi
todas las vanguardias actuales.
En ese horizonte el caricaturista
que hace arte, que va más allá de los supuestos límites que se lo impiden y lo
minusvaloran (la premura periodística, las grandes audiencias, los temas
conminantes, la reiteración obligada del humor, etc.), pareciera tener un lugar
envidiable.
Ese que una vez Roland Barthes le
atribuía a Chaplin, la rarísima virtud de hacer un cine exquisito y la capacidad
de llegar a todos los públicos y en cualquier tiempo y lugar. En nuestro autor
debe ser la envidia oculta de sus colegas plásticos, así no le sea demasiado
fácil entrar en los grandes mercados del arte, pero sí en la sensibilidad de
muchos y en la batalla por conseguir un país mejor, siempre en las primeras
líneas de combate, donde más que un porrazo puede recibir, como sabemos los
venezolanos de hoy sobre nuestros mejores caricaturistas, en primera fila la
generación que lo sucede y lo tiene como maestro.
No habrá historiador de nuestro
acaecido siglo XX, digámoslo de último pero no por ello es tópico menor, que no
tenga que tomar los Zapatazos como una de las mejores y más perspicaces guías
para entender sus laberintos, el clima de cada momento, lo risible y lo
patético de muchos acontecimientos. Para ello tiene un registro balzaciano, una
comedia humana sazonada con ingenio y picardía.
Vía Tal Cual
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