11 DE SEPTIEMBRE 2016 - 12:01 AM
Los últimos años han sido para el Malbec tiempo de difusión y popularización. También de vinos de excepcional calidad. Irrumpió desde Argentina como una alternativa golosa, frutal, versátil, fácil, pero con argumentos. Miguel Brascó lo definía “como ese muchacho buena onda siempre dispuesto a todo”.
Cahors, en el suroeste de Francia y justo al sur de los grandes viñedos de Burdeos, es la tierra madre del Malbec, llamado por ellos auxerrois. Antiguamente dominó esta región vitivinícola, tanto que su producción llegó a ser más vendida que la de los vinos del Médoc.
Menos conocido que el mendocino, hoy se elabora para consumirse fresco y joven, y una arraigada tradición en Cahors trabaja el Malbec para producir vinos de color muy oscuro –vinos “negros” los llamaban antaño–, tánicos, ácidos, agrestes, muy frutales. Los de mejor estructura evolucionan en botella rápidamente y, según algunos, llegan a parecerse por su carnosidad y frescor a los buenos Saint-Emilion. Es utilizado, también, como parte de cortes para mezclas en otras D.O. de Burdeos, justamente para aportar color y extracto al vino. España, en la Ribera del Duero y el Priorat, ha adoptado al Malbec para ser complemento muy importante de vidueños como el Tinta de toro, el Garnacha o el Cariñena. La verdad es que suelos muy pobres y climas muy calurosos conforman el ecosistema ideal donde esta variedad se siente cómoda y a sus anchas.
Argentina hizo del Malbec su estandarte y hoy es su principal país productor en el mundo. En el siglo XIX llegó a los desiertos de Mendoza y se aclimató sin sobresaltos. Al pie de la cordillera y también en las alturas salteñas, crece y madura, dicen, mejor que en su tierra natal. Cepa noble y fuerte, bien cuidada hace posible resultados por lo general aceptables y correctos. Amigable y versátil, a la hora de comer carnes, largos guisos estofados, pastas o quesos grasos, es alternativa valedera y cumplidora, golosamente frutal, persistente, esencialmente sabrosa. ¡Salud!
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