Fernando Mires
La filosofía política debe a Carl
Schmitt, el destacado jurista alemán, haber clarificado en términos
precisos el concepto de enemigo político como eje de “El Concepto de lo
Político”, su más divulgado libro. Tanto fue así que, pese a que durante
un corto periodo prestó servicios al nazismo, Schmitt ha sido estudiado
con interés por filósofos judíos, entre otros Jacob Taubes y Jacques
Derrida, e incluso por (post) marxistas como Chantal Mouffe y Ernesto
Laclau.
Schmitt, profundamente cristiano, sitúa a
la enemistad política en el espacio de la agonía, es decir, de la lucha
entre contrarios que en el cristianismo, como en toda religión, se da
entre las representaciones del bien y del mal pero en política entre
entidades que se niegan entre sí.
En la política y en la guerra, argumenta
Schmitt, hay que derrotar al enemigo. Pero a diferencias del soldado,
quien combate ocasionalmente, el político debe combatir siempre porque
una política sin enemigos no es política. Al revés, mientras más alto es
el grado de enemistad política (es decir de antagonismo) más política
será la política. Así se explica por qué Schmitt se pronunció en contra
del parlamentarismo y del liberalismo. Tanto en el uno como en el otro
veía el peligro de la disolución de la política a través del consenso y
del compromiso. Por esa mismo motivo Schmitt declaró su admiración a
Lenin, para él un terrible enemigo político.
En política, lo dice el mismo Schmitt,
el enemigo no es a quien se odia sino alguien opuesto al ser de uno,
alguien que no deja hacer lo que uno quiere hacer. La enemistad
política, en consecuencias, no es enemistad personal, pero sí es —esto
es lo importante— existencial.
No todos los políticos que practican una
política basada en la enemistad caben en el concepto schmittiano de
enemistad. El enemigo según Schmitt, al ser existencial, debe ser
visible y tangible. No puede ser inventado, mucho menos abstracto y en
ningún caso universal. Esa es la razón por la cual Schmitt nunca fue
antisemita. El enemigo de Hitler, el pueblo judío, no podía ser para
Schmitt un enemigo político.
Hay en la política dos tipos de
enemigos: el enemigo existencial al que hay que derrotar y el enemigo
patológico, el cual es no es derrotable. Para poner un ejemplo, un
europeo puede decir, Putin es mi amigo o enemigo por su política en
Ucrania. Pero si dice, Putin es mi amigo o enemigo porque representa el
alma rusa, o porque es la reencarnación de Stalin, estamos hablando de
un enemigo irreal porque el alma rusa, al ser abstracta y Stalin al ser
un muerto, son imposibles de derrotar. Para que el enemigo sea enemigo
debe ser posible de derrotar, de otra manera no puede ser un enemigo.
Siguiendo la idea de la enemistad
política schmittiana, es posible deducir que quienes inventan enemigos
irreales o universales solo buscan destruir el juego político. Es el
caso por ejemplo de los gobernantes que se declaran anti-capitalistas o
anti-socialistas.
Tanto el capitalismo como el socialismo
son conceptos que pueden significar muchas cosas. En cualquier caso,
quienes declaran una enemistad sistémica a un concepto bloquean la
práctica política basada, como ha sido dicho, en entidades existentes y
no imaginarias.
Pongamos el caso del gobernante
anti-capitalista. Ese gobernante sabe que él no va a derrotar al
capitalismo. Pero a la vez sabe que, mientras exista capitalismo, su
poder estará justificado. El capitalismo por lo mismo no es su enemigo
sino la razón que necesita para legitimar su poder. A la inversa sucede
igual. El anti-socialista necesita del socialismo —independientemente a
que se trate del sueco, del indigenista de Evo, o del genocida de Pol
Pot— para justificar y prolongar el ejercicio de su poder.
Ocurre lo mismo con los islamistas.
Cuando cortan la cabeza de algún infortunado, no castigan —lo creen así—
a un hombre de carne y huesos sino a una representación de Occidente.
Hay por lo tanto que desconfiar de todos quienes dicen luchar en contra
de enemigos abstractos, sea una raza, el capitalismo, el socialismo, el
occidente o el oriente. Podríamos decir incluso que mientras más
abstracta es la configuración del enemigo, más notorias son las
intenciones anti-políticas del configurador. A la inversa, mientras más
concreto (visible, tangible) es el enemigo, más alto es el grado de
politicidad que encierra un conflicto.
Fue el mismo Schmitt quien advirtió los
propósitos ocultos que se esconden detrás de los enemigos abstractos y/o
universalistas. Cuando alguien por ejemplo afirma actuar en nombre de
la humanidad, sitúa al enemigo fuera de la humanidad y así obtiene un
pasaporte para asesinarlo cuando se presente la ocasión. “Humanidad
—dictaminó Schmitt— es bestialidad”.
Verdad preocupante. Cuando uno pensaba
que en la civilizada Europa la construcción de enemigos abstractos era
un hecho perteneciente al pasado, ha aparecido el partido español
Podemos, declarando una lucha abierta en contra de “la casta” (los
políticos).
Si Podemos hubiese planteado su
enemistad política en contra de determinadas prácticas del PP o del
PSOE, no merecería ninguna objeción. Está en su derecho. Pero la “casta”
no es una entidad política. No es intercambiable. Se es de una casta o
no.
En el mundo de las castas hay, además,
castas impuras. Mediante esa operación, los de Podemos (al fin y al cabo
discípulos de Chávez quien luchaba contra otro gran enemigo abstracto,
“el imperio”) se autodefine como portador de la pureza política absoluta
en contra de la casta impura.
Hay que desconfiar de quienes no tienen
enemigos. Es cierto. Pero hay que desconfiar más de quienes construyen
enemigos. En el campo político la invención del enemigo es el primer
escalón que lleva a la destrucción de la política la que, para serlo —en
ese punto no veo como contradecir a Schmitt— necesita de enemigos
concretos y existentes. Y, si es posible, con nombres y apellidos.
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