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Material cedido a Prodavinci
A propósito de la celebración del Día Internacional de la Mujer, en Prodavinci queremos compartir con nuestros lectores La mujer: satélite lunar de Elisa Lerner, uno de los textos contenidos en su libro compilatorio Así que pasen cien años, que será presentado el sábado 12 de marzo en la librería Kalathos. La publicación ha sido editada por la Editorial Madera Fina y compende toda la producción de Lerner como cronista, así como otros textos que aparecieron en libros colectivos o publicaciones periódicas. Las palabras de presentación del libro estarán a cargo de Milagros Socorro y José Balza.Material cedido a Prodavinci
Elisa Lerner
Una gran literatura escrita por mujeres, siempre la ha habido. Hacia los años 20 —cuando los fundamentales derechos de la feminidad eran como oprobiosas lentejuelas sin posible, estelar clasificación— Virginia Woolf y Katherine Mansfield, pongamos por caso, tenían ya acentuado prestigio. ¿Por qué, entonces, al presente —en este discurrir, aún ansioso, de la década del 80— tanto se viene hablando de una literatura femenina?
Para más de una ingeniosa pero sola mujer, el verdadero marido fue la cuartilla. Entretenida en su fantasioso matrimonio —¿deliberadamente?— no se planteó para sí misma y para el mundo, rebeldes humedades del cuerpo mujeril. Algunas de estas escritoras fueron las verdaderas Cenicientas, sin adornado “cuento de hadas”, a las que un fogón casero les alumbró el alma. A medianoche —en alguna privilegiada cocina inglesa del siglo XIX— alguna cuartilla increíble surgió, calentada por los últimos fulgores de un doméstico resplandor.
Se habla hoy con casi lineal desenfado en torno a libros escritos por mujeres, no solo porque tiende a haber un número —cada vez mayor— de escritoras excelentes. Acaso, también, porque esa intensa literatura —no necesariamente, ginecológica…— viene a ser notorio matiz expresivo, dentro de la tan sonada —¿solo contemporánea?— “liberación femenina”. En la actualidad, la mujer —felizmente— ha desgarrado con tozuda gracia la íntima opresión de un férreo delantal culinario. Es que por años y más años, ¿no fue ella considerada –aún para democráticos y muy intelectuales caballeros que reinan como impertérritos, imperiales Césares en triunfales, viriles botiquines–, como bello pero subalterno satélite lunar?
Mujeres de regocijada luna cuando la juventud, el amor, el matrimonio, la maternidad escoltan su cielo, casi siempre nublado. De luna menguante o más bien decreciente, cuando el divorcio, la soledad, el hastío, un fracasado corazón, la vejez se apoderan de ese pálido firmamento. Ciertamente: puede decirse —y no solo susurrarse—: el dormitorio femenino en estos últimos años no siempre es tan crepuscular, tan desconsolador como pudo serlo en la década del 40 o en la del 50. Del mismo modo, el uso de una más flexible –osada– amorosa conducta, inexorablemente, no es argumento de triunfo mujeril.
Muy bien lo ha expresado la esplendorosa Anaïs Nin: la mujer no ha logrado “separar el amor de la sensualidad”. Por regla general, el erotismo femenino es una educada ceremonia de indudable histórico contorno. El tembloroso cuerpo de la mujer —aún en las más episódicas entregas— es sexo con memoria. Para ella, no hay errante cama. Su volandero lecho de amor —en la vulnerable, imaginaria trama de su corazón— está construido con duraderas maderas que a más de un arcaico siglo se remontan. Huellas viriles quedan grabadas en la dogmática, carnal tierra femenina como la menos mortal de las escrituras. Como arraigado texto.
Al contrario, en el hombre no siempre hay sexo con memoria. Él —orgulloso de la descarada batalla de su cuerpo— al entregar una impía musculatura, cree que ha entregado bastante. O lo suficiente. Más de una vez, para el hombre el cuerpo de la hembra es accidente feliz, casual fortuna, agradable anécdota de la carne.
En la mujer —por siglos y más siglos, su carnadura, su corazón: horario de congojas, suntuoso pero erróneo espejo del hombre—, la experiencia con la anatomía viril tiende a ser destino en sí. Obsesiva, enfática —¡casi religiosa!— memoria.
El edredón masculino es efímero.
Para el deseo masculino no hay cama del siglo XVIII. Pero como del lecho de la mujer no se han ausentado las viejas —fieles— épocas, surge hoy día —con avidez y agudeza— una escritura femenina. Y que algo tiene que ver con esa fatal, dolorosa, cronológica contradicción, con esa poca coincidencia de tiempos que existe entre la alcoba del hombre y la de la mujer. Claro, y mucho que ver con una libre pero desesperanzada, caótica sexual conducta contemporánea.
Al presente, una trémula mujer cuyo carnal texto tiende a ser desoído en el lecho desenfadado pero circunstancial, tenderá expresarse a través de la creación literaria. No en balde hoy día, en más de un libro escrito por mujer hay una altiva —nada tímida— aleluya del cuerpo femenino.
El sexo desoído, olvidado en un lecho poco crónico —sin entregados, sinceros arcaísmos—, en la contemporánea prisa del amor, en medio de esta nueva escritura femenina, pausadamente, triunfa como el más explícito planeta. Y en la actualidad si no en una no tan armónica, libertad sexual —al menos, en la escritura femenina—, el cuerpo de la mujer ya no es para ella, en todo momento, prohibido planeta, empañado espejo. Remoto país pecador, del cual tenga que sentirse culpable.

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