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Si gana el candidato republicano, habrá un riesgo mayor para
la democracia, porque intentará convertirse en el primer dictador
de la historia estadounidense. El daño a la nación ya está hecho:
un cisma político y social tan grave como el de la Guerra Civil
Enrique Krauze
El País
Noviembre 6, 2016
http://elpais.com/elpais/2016/11/04/opinion/1478284786_081392.html
Gane quien gane, el daño está hecho, y es inmenso. Nunca, en 240
años de continuidad, la democracia estadounidense corrió un riesgo
semejante. La Guerra Civil de 1861 a 1865 tuvo un saldo de casi
800.000 muertos, pero su origen no fue un conflicto en torno a la
democracia sino al pacto federal, desgarrado entre dos bandos
irreconciliables por el tema de la esclavitud. La crisis actual dejará un
cisma no menos grave: un cisma político, social, étnico, cultural y a fin
de cuentas moral, que solo el tiempo, los cambios demográficos, el
relevo de las generaciones y una sabiduría política suprema podrán,
quizá, reparar.
Las teorías de cómo pudo llegar Estados Unidos a este extremo
llenarán bibliotecas. Se argumentarán causas económicas, efectos
perversos de la globalización, irrupción de zonas profundas e
irracionales en el pueblo estadounidense (racismo, xenofobia,
“supremacismo” blanco, aislacionismo), rechazo de los políticos y
hartazgo de la política. Todas son válidas, pero ninguna se equipara al
efecto letal que tiene en un pueblo —efecto comprobado una y otra
vez en la historia— de abrir paso a un demagogo.
Todos los demagogos que aspiran al poder o lo alcanzan son iguales,
aunque sus filiaciones ideológicas sean distintas y aun opuestas. Como
su raíz lo indica, irrumpen en la escena pública a través de la palabra
que halaga al pueblo. En nuestro tiempo, el medio específico es la
televisión, que convirtió a Trump en una “celebridad” mucho antes de
que soñara con contender para la Casa Blanca. Una vez posicionado, el
demagogo (primero en creer en su advocación) esparce su venenoso
mensaje que invariablemente comienza por dividir al pueblo entre los
buenos (que lo siguen) y los malos (que lo critican). Más ampliamente,
los malos son “los otros”. En el caso de Trump, los mexicanos
(violadores, asesinos), los afroamericanos, los musulmanes, los
discapacitados, los que no nacieron en Estados Unidos (sobre todo si
tienen la piel oscura) y las mujeres, esa mitad del electorado que ha
dicho “respetar como nadie” pero que en realidad desprecia como
nadie.
A partir de ese daltonismo político y moral, todo demagogo recurre a
la teoría conspiratoria: “Detrás” de los hechos, en la penumbra, trabajan
los poderes que urden la aniquilación de los buenos y la entronización
de los malos. Para “probar” su teoría no es necesaria ninguna evidencia.
Más aún, las evidencias estorban. Para los adeptos, proclives a creerle
todo, sus elucubraciones son dogmas, artículos de fe. Y así se va
abriendo paso una mentalidad no solo ajena sino opuesta a la razón, la
demostración empírica, la verdad objetiva.
Para el demagogo la verdad es algo que se siente, se intuye, se decreta,
se revela, no algo que se busca, demuestra, refuta o verifica. Lo que
importa es el discurso de la emoción, de la pasión, que con facilidad
deriva en la insidia, el insulto, la descalificación, la violenta condena de
quien piensa distinto. Analizando la cuenta de Twitter de Trump, The
New York Times compiló 6.000 insultos, todo un récord de excrecencia.
El sustrato psicológico habitual del demagogo es triple: megalomanía,
paranoia y narcisismo. Tres palabras significativas (o sus equivalentes)
no faltaron nunca en las histéricas concentraciones de Trump: “Grande”
(big, bigly, great, huge); “enemigos” acechantes (China, México, el
islam) y, por supuesto, la palabra clave: YO (o su hipócrita sinónimo:
NOSOTROS). De la combinación de las tres el demagogo arma su
monótono mensaje: solo YO os haré grandes y enfrentaré a los
enemigos, solo YO sé cómo instaurar un orden nuevo y grandioso
sobre las ruinas que los enemigos dejaron. La historia comienza o
recomienza conmigo. El borrón y cuenta nueva es otro rasgo distintivo
del demagogo.
Lo que sigue siempre, en el camino del demagogo, es el asalto a las
instituciones republicanas y democráticas. Trump no respetó (y
seguramente no respetará, gane o pierda) una sola: fustigó a la prensa
supuestamente “vendida” a las élites, sugirió que tomaría acciones
contra los medios que lo han criticado, expresó de mil formas su
desprecio por el sistema judicial: encarcelaría a Hillary, alentaría la
práctica de la tortura, forzaría la elección de una persona conservadora
para llenar el puesto vacante en la Suprema Corte, lo cual provocaría
un retroceso de décadas para toda la legislación liberal (incluida en
primer término la reforma migratoria).
El presidente Trump (y aún no creo que he escrito estas tres palabras)
daría la mayor latitud posible al poder ejecutivo: destruiría
probablemente o minaría a la OTAN, desquiciaría el orden mundial,
acosaría dramáticamente a México (su chivo expiatorio). En el frente
interno, intentaría gobernar al margen del Congreso y convertir su
presidencia en un interminable reality show, un litigio en el que él, y
solo él, al final, gana. El Grand Old Party, el antiguo gran partido, ha
sido otra institución arrasada por ignorar las enseñanzas de los
Founding Fathers sobre el riesgo de las tiranías. No se repondrá
fácilmente de haberse convertido en un indigno títere de Trump. Pero
quizá la institución más lastimada sea la propia democracia cuyo
mecanismo esencial, el sufragio confiable, Trump —en un acto sin
precedentes— ha puesto en entredicho, y cuya premisa fundamental
—la convivencia cívica, el respeto elemental hacia el otro y lo otro— ha
pisoteado.
El daño está hecho, el cisma es profundo, pero en el caso de que gane
Hillary la democracia resistirá con menor dificultad. A Trump lo habrá
vencido su soberbia, su pasado borrascoso, su actitud irredimible,
todas las facetas de su execrable persona, expuestas por dos
protagonistas colectivos que habrán salvado el honor de esa
confundida nación: la prensa escrita (sobre todo The New York Times y
The Washington Post) y las mujeres que lo han denunciado. El instinto
natural de libertad, aunado a la experiencia histórica, permitiría en este
caso abrigar esperanzas en una recuperación progresiva de una vida
cívica normal que abra paso a nuevos liderazgos en ambos partidos y
dé inicio a un proceso de honda retrospección nacional que permita
vislumbrar un futuro digno del sueño americano.
¿Y si gana Trump? Entonces Estados Unidos estará —como ellos
mismos dicen, utilizando una frase extraída del béisbol— frente a “un
juego totalmente nuevo”. El riesgo de supervivencia democrática será
mucho mayor porque Trump intentará ser, con toda probabilidad, el
primer dictador de la historia estadounidense. Un país dividido
reeditará, con menos violencia pero con igual encono, el momento más
oscuro de su historia, el cuatrienio terrible de la Guerra Civil.
Enrique Krauze (Ciudad de México, 1947). Ingeniero
Industrial (UNAM, 1969). Doctor en Historia (Colegio de
México, 1974). En 1977 ingresó a la revista Vuelta como
secretario de redacción y en 1981 se convirtió en el
subdirector, puesto que ocupó hasta diciembre de 1996. En
1991 fundó la Editorial Clío y en 1999 dio a la luz, como
director, a la revista Letras Libres. Es miembro del
Instituto Cervantes y de la cadena Televisa. Ha publicado
numerosos ensayos, biografías y especialmente libros de
historia, en especial de México, con especial interés en su
sociología, política y economía. Ha recibido numerosas
distinciones y premios. El pasado noviembre de 2011
publicó Redentores. Ideas y poder en América Latina
(Debate).
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