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En los últimos años, se han multiplicado en la Argentina subvenciones
oficiales que no estimulan el trabajo ni el progreso genuinos y que casi
equivalen a dádivas; esas mismas ayudas podrían ser repensadas, sin
embargo, para promover el empleo y repoblar el país
Marcos Aguinis
La Nación
Septiembre 27, 2016
http://www.lanacion.com.ar/1941685-hay-que-transformar-los-subsidios
La Nación
Septiembre 27, 2016
http://www.lanacion.com.ar/1941685-hay-que-transformar-los-subsidios
Hace poco, Emilio Cárdenas me recordó una sencilla parábola: si
siempre se ara en el mismo surco, el surco dejará de ser fértil. Hace
muchas décadas que en la Argentina se ara en el surco de los
subsidios y los subsidios se han convertido en un recurso bastante
estéril. No resuelven los problemas gigantescos de la Nación, aunque
parecieran una herramienta de enorme poder. Hay subsidios para casi
todo. Para los pobres y los ricos, para los trabajadores y para los
empresarios, para los niños, la salud, la educación, la Justicia.
La palabra subsidio proviene del latín y tiene varios orígenes
etimológicos. Uno de ellos deriva de sedere (estar sentado). Me sonó
a clara denuncia, porque a menudo estimula la pasividad.
Sin embargo, los subsidios no son iguales en los diversos países
donde se aplican. En general rigen por un tiempo limitado y están
sujetos a una devolución que implica trabajo. En otras palabras, no
equivalen a una dádiva.
En la Argentina, en cambio, nos hemos acostumbrado a considerarlos
una dádiva. Para colmo, venenosa, porque no estimula el trabajo ni el
progreso genuinos. De ahí la propuesta que sugiero, en el sentido de
reformularlos hasta la raíz y convertirlos en una fuente con dos
objetivos cardinales: incentivar el empleo y repoblar nuestro país.
Las reparticiones públicas que manejan subsidios deberían revisarlos
con arte e imaginación, para que se reciban por un tiempo limitado,
razonable, justo y eficaz. Y para que estimulen el trabajo o el estudio,
no la quietud. Si no se consiguen los medios para devolverlos, caben
las tareas sociales: controlar la entrada y salida de las escuelas, vigilar
manzanas de barrios inseguros, limpiar calles y veredas, colaborar en
los hospitales, brindar asistencia a centros de discapacitados, distribuir
comida en zonas pobres, vigilar y denunciar la producción de paco.
Pero no "quedarse sentado".
En cuanto a los subsidios que reciben los sectores afortunados,
deberán rendir cuenta de su uso y efectuar la debida devolución en el
tiempo correspondiente.
Tendemos a suponer que el subsidio es un regalo del cielo. Grave
error: ni viene del cielo ni es gratuito. Esta ilusión fue narrada en la
Biblia con el milagro del maná. Cuando los fugitivos de Egipto se
creían próximos a perecer de hambre, se produjo una lluvia de copos
alimenticios que los salvó. En esa etapa cargada de milagros o
sucesos asombrosos nada parecía imposible. Pero no volvió a
suceder. La lluvia del maná ocurrió una sola vez y tiene resplandores
literarios. El subsidio no es su equivalente. Deriva de los impuestos y
las recaudaciones que efectúa el Estado. Es el obsequio que una
parte de la población hace a otra parte por decisión de los funcionarios
de turno.
Son pocos quienes tienen conciencia de la desproporción que existe
entre quienes aportan y quienes reciben. Lo detallo: entre 2002 y
2015, el número de empleados públicos aumentó a 4.100.000. La
cantidad de jubilados y pensionados a cargo del Estado se expandió a
7,5 millones después de dos grandes moratorias y la estatización del
sistema privado. Los planes sociales se multiplicaron hasta abarcar
algo más de 8 millones de beneficiarios. En consecuencia, el total de
personas a cargo del Estado pasó a 19,6 millones. En el mismo
período, los aportantes privados formales sólo subieron a 8,5 millones.
La balanza quedó entonces así: 8,5 millones aportan y 19,6 millones
reciben. Una relación así no se observa en ningún otro país del mundo
y no es sostenible.
Señalé que el segundo objetivo de los subsidios debería ser repoblar
nuestro país. Recordemos que hacia fines del siglo XIX y durante el
primer tercio del siglo XX se protagonizó una epopeya: llegaron a
nuestra tierra columnas de inmigrantes angustiados y hambrientos. Lo
hacían sin dinero ni idioma. Pero la mayoría no se "quedó sentada" en
las grandes metrópolis, sino que fue a colonizar campos vacíos,
yermos, despreciados. Con grandes sacrificios nacieron pueblos llenos
de esperanza. En pocos años se integraron profundamente. Diversas
provincias se enriquecieron con la inmigración multitudinaria de
italianos, árabes, judíos, españoles, irlandeses y armenios. La
Argentina dejaba de ser una infinita región desierta.
Pero la industrialización provocó una concentración urbana que ahora
no suena positiva. Se han formado cinturones insalubres donde rugen
la carencia de viviendas, incalculables costos en el transporte,
aumento de la inseguridad, basurales contaminados, multiplicación del
narcotráfico, falta de empleo, insuficiencia sanitaria y decadencia
educativa. Se impone, por lo tanto, pensar, programar y efectivizar la
desconcentración para obtener, al menos, dos grandes beneficios: que
incontables argentinos puedan prosperar dignamente en el interior y
que nuestro país les derrame los tesoros infinitos que guardan sus
llanuras y montañas, ríos y paisajes.
Para esto no sólo urge desarrollar de nuevo los ferrocarriles y las
rutas, sino favorecer la radicación de inversiones en el interior, no en
las metrópolis. Viejas y nuevas poblaciones, que parecen condenadas
a la inexistencia, deberían ser provistas de escuelas y hospitales,
comisarías y comunicaciones. Todas las pymes que se arriesguen a
instalarse en zonas alejadas de las metrópolis deberían ser liberadas
de impuestos esterilizantes y bendecidas con estímulos a su
producción. Ni hablar de las obras de infraestructura que deberían
planificarse con criterio estratégico y ponerse a marcha. Todo esto
requiere los talentos de la ingeniería social?y económica.
Y aquí entran a jugar los subsidios. ¿Cómo? Mediante un sencillo
expediente. Serán más altos mientras más lejos se instale quien los
recibe. Por el contrario, si la voluntad del beneficiario es quedarse en
los cinturones que asfixian y se asfixian en torno a las grandes
metrópolis, entonces bajará al mínimo. Así habrá un incentivo
económico contundente a desarrollar una vida sana y productiva
donde resulta más oxigenante. Para poner en marcha este sueño hace
falta que expertos en la materia se apliquen a diseñar los mecanismos
que lo hagan posible.
En torno a esto corresponde subrayar la fuerza pedagógica de la nota
que se difundió hace poco sobre el padre Pedro y su tarea en la isla
de Madagascar. Lo llaman "la Madre Teresa de Madagascar". Es un
sacerdote católico argentino que hace cuatro décadas resolvió
instalarse en ese país, devastado por la pobreza y la erosión,
maltrecho por gobiernos irresponsables y con una población diezmada
por el hambre y las enfermedades. Se aplicó a enfrentar esos males
con una vocación ejemplar. Logró ganarse la confianza de cientos de
miles de habitantes. Puso en marcha tareas sociales bajo la consigna
del trabajo, la educación y la disciplina. Nada de dádivas ni favores
indebidos. Con la participación de todos se construyeron miles de
viviendas, centros de salud, escuelas, cocinas públicas. Asombra la
cantidad de obras producidas por el trabajo sistemático, que ha
fortalecido los valores de la moral y la solidaridad. Además de
construir viviendas, incluso sobre basurales, el padre Pedro insiste en
estimular la educación: no sólo atender la currícula elemental, sino
enseñar inglés y francés, además del idioma del país. Conmueve
cómo lo rodean y aman los niños, los jóvenes, y cómo lo siguen y
escuchan los adultos. Como si fuera poco, ya sacó del hambre a
medio millón de criaturas. Hasta consiguió obtener agua potable y, de
esa forma, detener epidemias que segaban millares de vidas. El padre
Pedro no utiliza otro subsidio que el trabajo y la disciplina. Con la
ayuda de algunos subsidios, que abundan en la Argentina, seguro que
obtendría mucho más. Es el modelo que deberían observar y seguir
muchos líderes sociales.
¿Cómo empezar? Lo sugiere esta nota: habría que "revolucionar los
subsidios".
siempre se ara en el mismo surco, el surco dejará de ser fértil. Hace
muchas décadas que en la Argentina se ara en el surco de los
subsidios y los subsidios se han convertido en un recurso bastante
estéril. No resuelven los problemas gigantescos de la Nación, aunque
parecieran una herramienta de enorme poder. Hay subsidios para casi
todo. Para los pobres y los ricos, para los trabajadores y para los
empresarios, para los niños, la salud, la educación, la Justicia.
La palabra subsidio proviene del latín y tiene varios orígenes
etimológicos. Uno de ellos deriva de sedere (estar sentado). Me sonó
a clara denuncia, porque a menudo estimula la pasividad.
Sin embargo, los subsidios no son iguales en los diversos países
donde se aplican. En general rigen por un tiempo limitado y están
sujetos a una devolución que implica trabajo. En otras palabras, no
equivalen a una dádiva.
En la Argentina, en cambio, nos hemos acostumbrado a considerarlos
una dádiva. Para colmo, venenosa, porque no estimula el trabajo ni el
progreso genuinos. De ahí la propuesta que sugiero, en el sentido de
reformularlos hasta la raíz y convertirlos en una fuente con dos
objetivos cardinales: incentivar el empleo y repoblar nuestro país.
Las reparticiones públicas que manejan subsidios deberían revisarlos
con arte e imaginación, para que se reciban por un tiempo limitado,
razonable, justo y eficaz. Y para que estimulen el trabajo o el estudio,
no la quietud. Si no se consiguen los medios para devolverlos, caben
las tareas sociales: controlar la entrada y salida de las escuelas, vigilar
manzanas de barrios inseguros, limpiar calles y veredas, colaborar en
los hospitales, brindar asistencia a centros de discapacitados, distribuir
comida en zonas pobres, vigilar y denunciar la producción de paco.
Pero no "quedarse sentado".
En cuanto a los subsidios que reciben los sectores afortunados,
deberán rendir cuenta de su uso y efectuar la debida devolución en el
tiempo correspondiente.
Tendemos a suponer que el subsidio es un regalo del cielo. Grave
error: ni viene del cielo ni es gratuito. Esta ilusión fue narrada en la
Biblia con el milagro del maná. Cuando los fugitivos de Egipto se
creían próximos a perecer de hambre, se produjo una lluvia de copos
alimenticios que los salvó. En esa etapa cargada de milagros o
sucesos asombrosos nada parecía imposible. Pero no volvió a
suceder. La lluvia del maná ocurrió una sola vez y tiene resplandores
literarios. El subsidio no es su equivalente. Deriva de los impuestos y
las recaudaciones que efectúa el Estado. Es el obsequio que una
parte de la población hace a otra parte por decisión de los funcionarios
de turno.
Son pocos quienes tienen conciencia de la desproporción que existe
entre quienes aportan y quienes reciben. Lo detallo: entre 2002 y
2015, el número de empleados públicos aumentó a 4.100.000. La
cantidad de jubilados y pensionados a cargo del Estado se expandió a
7,5 millones después de dos grandes moratorias y la estatización del
sistema privado. Los planes sociales se multiplicaron hasta abarcar
algo más de 8 millones de beneficiarios. En consecuencia, el total de
personas a cargo del Estado pasó a 19,6 millones. En el mismo
período, los aportantes privados formales sólo subieron a 8,5 millones.
La balanza quedó entonces así: 8,5 millones aportan y 19,6 millones
reciben. Una relación así no se observa en ningún otro país del mundo
y no es sostenible.
Señalé que el segundo objetivo de los subsidios debería ser repoblar
nuestro país. Recordemos que hacia fines del siglo XIX y durante el
primer tercio del siglo XX se protagonizó una epopeya: llegaron a
nuestra tierra columnas de inmigrantes angustiados y hambrientos. Lo
hacían sin dinero ni idioma. Pero la mayoría no se "quedó sentada" en
las grandes metrópolis, sino que fue a colonizar campos vacíos,
yermos, despreciados. Con grandes sacrificios nacieron pueblos llenos
de esperanza. En pocos años se integraron profundamente. Diversas
provincias se enriquecieron con la inmigración multitudinaria de
italianos, árabes, judíos, españoles, irlandeses y armenios. La
Argentina dejaba de ser una infinita región desierta.
Pero la industrialización provocó una concentración urbana que ahora
no suena positiva. Se han formado cinturones insalubres donde rugen
la carencia de viviendas, incalculables costos en el transporte,
aumento de la inseguridad, basurales contaminados, multiplicación del
narcotráfico, falta de empleo, insuficiencia sanitaria y decadencia
educativa. Se impone, por lo tanto, pensar, programar y efectivizar la
desconcentración para obtener, al menos, dos grandes beneficios: que
incontables argentinos puedan prosperar dignamente en el interior y
que nuestro país les derrame los tesoros infinitos que guardan sus
llanuras y montañas, ríos y paisajes.
Para esto no sólo urge desarrollar de nuevo los ferrocarriles y las
rutas, sino favorecer la radicación de inversiones en el interior, no en
las metrópolis. Viejas y nuevas poblaciones, que parecen condenadas
a la inexistencia, deberían ser provistas de escuelas y hospitales,
comisarías y comunicaciones. Todas las pymes que se arriesguen a
instalarse en zonas alejadas de las metrópolis deberían ser liberadas
de impuestos esterilizantes y bendecidas con estímulos a su
producción. Ni hablar de las obras de infraestructura que deberían
planificarse con criterio estratégico y ponerse a marcha. Todo esto
requiere los talentos de la ingeniería social?y económica.
Y aquí entran a jugar los subsidios. ¿Cómo? Mediante un sencillo
expediente. Serán más altos mientras más lejos se instale quien los
recibe. Por el contrario, si la voluntad del beneficiario es quedarse en
los cinturones que asfixian y se asfixian en torno a las grandes
metrópolis, entonces bajará al mínimo. Así habrá un incentivo
económico contundente a desarrollar una vida sana y productiva
donde resulta más oxigenante. Para poner en marcha este sueño hace
falta que expertos en la materia se apliquen a diseñar los mecanismos
que lo hagan posible.
En torno a esto corresponde subrayar la fuerza pedagógica de la nota
que se difundió hace poco sobre el padre Pedro y su tarea en la isla
de Madagascar. Lo llaman "la Madre Teresa de Madagascar". Es un
sacerdote católico argentino que hace cuatro décadas resolvió
instalarse en ese país, devastado por la pobreza y la erosión,
maltrecho por gobiernos irresponsables y con una población diezmada
por el hambre y las enfermedades. Se aplicó a enfrentar esos males
con una vocación ejemplar. Logró ganarse la confianza de cientos de
miles de habitantes. Puso en marcha tareas sociales bajo la consigna
del trabajo, la educación y la disciplina. Nada de dádivas ni favores
indebidos. Con la participación de todos se construyeron miles de
viviendas, centros de salud, escuelas, cocinas públicas. Asombra la
cantidad de obras producidas por el trabajo sistemático, que ha
fortalecido los valores de la moral y la solidaridad. Además de
construir viviendas, incluso sobre basurales, el padre Pedro insiste en
estimular la educación: no sólo atender la currícula elemental, sino
enseñar inglés y francés, además del idioma del país. Conmueve
cómo lo rodean y aman los niños, los jóvenes, y cómo lo siguen y
escuchan los adultos. Como si fuera poco, ya sacó del hambre a
medio millón de criaturas. Hasta consiguió obtener agua potable y, de
esa forma, detener epidemias que segaban millares de vidas. El padre
Pedro no utiliza otro subsidio que el trabajo y la disciplina. Con la
ayuda de algunos subsidios, que abundan en la Argentina, seguro que
obtendría mucho más. Es el modelo que deberían observar y seguir
muchos líderes sociales.
¿Cómo empezar? Lo sugiere esta nota: habría que "revolucionar los
subsidios".
Marcos Aguinis nació en Córdoba, Argentina. Escritor que
ha transitado una amplia formación internacional en
literatura, medicina, psicoanálisis, arte e historia. Columnista
del diario La Nación. Primer Ministro de Cultura después de
los gobiernos militares. En 1963 apareció su primer libro y,
desde entonces, ha publicado diez novelas, catorce libros de
ensayos, cuatro libros de cuentos y dos biografías que
generan entusiasmo y polémica. Entre ellos destacan: La
gesta del marrano, La cruz invertida, La pasión según
Carmela, Refugiados, crónica de un palestino. Su última
novela es Liova corre hacia el poder (Ed. Sudamericana).
En el campo de los derechos humanos enfrentó temas
polémicos que pusieron en riesgo su vida. Durante la última
dictadura fue limitada la circulación de sus libros y algunos
salían del país en forma clandestina. Ha escrito artículos
sobre una amplia gama de temas en diarios y revistas de
América latina, Estados Unidos y Europa. Ha dictado
centenares de conferencias y cursos en instituciones
educativas, artísticas, científicas y políticas en Alemania,
España, Estados Unidos, Francia, Israel, Rusia, Italia y casi
todos los países latinoamericanos.
ha transitado una amplia formación internacional en
literatura, medicina, psicoanálisis, arte e historia. Columnista
del diario La Nación. Primer Ministro de Cultura después de
los gobiernos militares. En 1963 apareció su primer libro y,
desde entonces, ha publicado diez novelas, catorce libros de
ensayos, cuatro libros de cuentos y dos biografías que
generan entusiasmo y polémica. Entre ellos destacan: La
gesta del marrano, La cruz invertida, La pasión según
Carmela, Refugiados, crónica de un palestino. Su última
novela es Liova corre hacia el poder (Ed. Sudamericana).
En el campo de los derechos humanos enfrentó temas
polémicos que pusieron en riesgo su vida. Durante la última
dictadura fue limitada la circulación de sus libros y algunos
salían del país en forma clandestina. Ha escrito artículos
sobre una amplia gama de temas en diarios y revistas de
América latina, Estados Unidos y Europa. Ha dictado
centenares de conferencias y cursos en instituciones
educativas, artísticas, científicas y políticas en Alemania,
España, Estados Unidos, Francia, Israel, Rusia, Italia y casi
todos los países latinoamericanos.
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