Friday, December 21, 2012

La religión chavista

En: http://www.eluniversal.com/opinion/121221/la-religion-chavista

RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
viernes 21 de diciembre de 2012  12:00 AM
Debo reconocer, no sin recelos, que en eso de transformar lo que desde un principio se llamó "chavismo", en una religión, los actuales re-fundadores de esta pobre república le sacaron a José Antonio Páez, a Antonio Leocadio Guzmán y a su hijo, Antonio Guzmán Blanco, un paso adelante. En realidad, tuvieron que pasar casi dos décadas luego de la muerte de Simón Bolívar para que la repulsa y el terror que provocaban su nombre en Venezuela, se erigiera en lo que hasta nuestros días conocemos como la religión bolivariana.

El culto en torno al nombre y la personalidad del Libertador se desató (no exento de sumo interés político) gracias a los ingentes empeños de Páez, llamado El Centauro de los Llanos, en primer término, quien repatrió sus restos mortales al país con todos los honores, del precursor (si no fundador) del Partido Liberal, Guzmán, el viejo zorro. En esto lo siguió con celo y devoción filial el hijo, al llegar al poder en 1870, quien de manera definitiva elevó a Bolívar a los altares republicanos, causándole un profundo daño al país, al transformar en deidad a un ser de carne y huesos, mortal como todos, quedando la nación con la mirada petrificada hacia un pasado heroico sin asumir los riesgos propios del devenir.

Después otros, como Eduardo Blanco, Felipe Larrazábal, Rufino Blanco Bombona, Salvador de Madariaga, Arístides Rojas, José Gil Fortoul, Luis Razetti, Vicente Lecuna, Laureano Vallenilla Lanz, Tulio Febres Cordero, J. L. Salcedo-Bastardo, Alfredo Boulton, y Caracciolo Parra-Pérez, entre muchos, vendrían a darle corpus (doctrina) y eternidad a un culto transformado en religión; en doctrina de fe.

Asombra, eso sí, cómo durante estos últimos días, en los que la salud del presidente Hugo Chávez vuelve a ser el centro de atención del país y del continente, el grupo de sus más cercanos y fieles camaradas, aquellos que se han venido rotando en todos los cargos públicos en estos catorce años de ejercicio del poder, se han dado a la tarea de elevar prematuramente a su "líder" a los altares. Esto no se había visto nunca en nuestro medio. Y no contentos con esto, se dan a la tarea no menos inaudita, por cierto de querer vender frente al país perplejo una imagen presidencial completamente tergiversada de la realidad.

En su afán panegirista los acólitos del régimen propalan aquí y allá (y a todos los que quieran oír) el "profundo amor" que Chávez ha derramado sobre la nación venezolana a lo largo de sus mandatos. En el colmo de su desfachatez afirman, con la cara bien lavada, que Chávez entregó su salud y su vida en aras de la felicidad de su pueblo, y por esto ese pueblo lo ama, lo venera, lo reverencia como suele hacerlo, no precisamente con quienes la Iglesia universal ya ha canonizado, que llamamos "santos"; sino como al mismísimo Hijo del Hombre, sentado a la diestra de Dios Padre.  En otras palabras: para estos "profetas" Chávez es, ni más ni menos, Cristo redivivo, un nuevo redentor de la patria y del planeta, que bajó a la tierra a salvarnos del cruel materialismo; del impío capitalismo salvaje.

Vamos, las cosas en su sitio. Se reconoce en Hugo Chávez un "liderazgo" (entrecomillas, porque hay demasiados ruidos y claroscuros en su ascenso y permanencia en el poder; y de esto podríamos conversar otro día), pero de allí a divinizarlo, a encumbrarlo al lado de los inmortales, a presentarlo como a un ser irradiando amor por todas partes, hay un abismo inconmensurable imposible de soslayar, y mucho menos de creer.

Sino que le pregunten a los miles de despedidos de Pdvsa por el propio Chávez desde su programa de televisión, y a sus familias, expuestos al escarnio y a la miseria; cómo sufrieron el horror de ser sacados a rastras de sus hogares a medianoche, sin conmiseración alguna, sin prestaciones sociales, sin derecho a pataleo. Que le pregunten a los dueños de las fincas, haciendas y tierras expropiadas (que estaban productivas), y a sus familias, quienes de la noche a la mañana se quedaron en el más absoluto abismo; en la más profunda orfandad. Que le pregunten a los padres, esposos, hijos y familiares de los cientos de miles de asesinados a mansalva en estos catorce años; en un país sin ley, sin seguridad personal ni jurídica. Que le pregunten a los presos políticos, a quienes se les ha negado su derecho a la defensa y a la vida misma. Que le pregunten a la jueza Afiuni: escarmentada, humillada, enferma y violada; quien ha sufrido el horror de un régimen que no ha tenido compasión con ella, ni con muchos otros. Que le pregunten a la familia de Franklin Brito, muerto a raíz de sus sucesivas huelgas de hambre en defensa de sus legítimas tierras que fueran expropiadas por el Gobierno.

Dice la vieja sentencia latina que "amor con amor se paga"; creo que no requiere mayor explicación. Entiendo la desesperación de los agentes del Gobierno ante la incógnita generada por la recaída experimentada por el Presidente (a quien dicho sea de paso le deseo pronta recuperación); pero de allí a pretenderse una divinización, una exaltación taumatúrgica tal como se ha hecho hasta hoy con la figura de Bolívar, no solo es el colmo de la manipulación política, llevada hasta extremos lindantes con el desvarío, sino también un deseo de causarle más daño a un país ya enfermo en lo social, dividido en su esencia mestiza, que se enfrenta a su destino con desasosiego e incertidumbre.

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