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Alejandro Oliveros
Shakespeare no conoció la democracia. Y Ricardo II menos. Ambos vivieron formas del sistema monárquico que, en Inglaterra al menos y con las adaptaciones del caso, se mantiene.
El monarca Plantagenet vivió en la Alta Media y el poeta en una época de transición que, con considerable atraso, dejaba atrás las sombras de la Edad Media y se inscribía en las formas del mundo moderno. Pero no es fácil dejar de lado mil años de creencias y las formas e imágenes del imaginario medioeval: brujas, fantasmas, premoniciones, la Fortuna se insinúan en toda la dramaturgia isabelina.
Uno de los temores y terrores más conspicuos del imaginario de ese período era el llamado “mal gobierno”. La mejor iconografía de esta calamidad es la de Simone Martini para el Palazo Comunale de Siena. En el enorme fresco, se describen las consecuencias de una administración corrupta: hambre, peste, guerra, carencia, escasez, enfermedad y muerte. Shakespeare tampoco conoció la formidable pintura de Simone, pero tampoco le hacía falta. Su país, Inglaterra, la pérfida Albión, en reiteradas oportunidades había padecido las acciones del mal gobierno. Una de ellas durante el reinado de Ricardo II.
La gravitación del dilatado imaginario medioeval en la obra de Shakespeare no se limitó a algunos asuntos (la Fortuna, el derecho divino de los reyes, la cosmovisión), sino al empleo de formas expresivas caras a los poetas del período. Y ninguna más frecuentada que la alegoría, el arte decir una cosa para decir otra. Alegorías son laDivina comedia, Le roman de la rose, algunos cuentos de Chaucer y mucho más. Toda la Edad Media fue pensada como una gran alegoría, no sólo en literatura, también en arte y arquitectura, religión y política. El cuestionamiento de esta convención, a partir de Maquiavelo y el Renacimiento, fue uno de los primeros empeños de la modernidad. Pero Shakespeare no vivía en la Florencia de los Medici, sino en la Inglaterra de Isabel, donde el olor a dragones y otras criaturas fantásticas todavía se sentían en el aire. Shakespeare no encontraba nada malo en la expresión alegórica y la utilizó generosamente en sus dramas y sonetos.
Una de estas alegorías está dedicada al mal gobierno y fue incluida en su Ricardo II, escrito hacia 1592. El joven monarca, hijo del Príncipe Negro, había desoído de manera olímpica las recomendaciones de sus consejeros, entre ellos su muy sensato tío Juan de Gante, y se había rodeado de una corte incapaz y corrupta, ávida e inepta que lo había llevado, en política exterior, a una guerra insensata en Irlanda y, en el frente interno, a una alarmante pérdida de popularidad. Poseído por la hibris, víctima de una junguiana “inflazón” de su real ego, Ricardo no pudo ver cómo, a su alrededor, los barones, afectados por sus abusos de poder, eran cada vez más influyentes en las clases populares y, desde hacía tiempo, conspiraban para destronarlo. No faltó quien lo advirtiera de la grave situación, de la amenaza de estos nobles, cada vez más unidos y poderosos, para la seguridad del reino. Pero, lejos de tomar medidas, de ajustar cuentas con los conspiradores, de desenmascararlos y apresarlos, el monarca se mantuvo ignorando las advertencias de los pocos fieles que quedaban en su corte. Nunca creyó que los notables de Inglaterra cuestionarían un día su majestad. Hasta que fue demasiado tarde. Al final, no le podía haber ido peor. No sólo perdió el reino, sino también la vida.
En Ricardo II, la pieza de teatro, Shakespeare se refiere a las causas de esta tragedia en una de las alegoría más celebradas de toda su producción, la famosa “Gardner Scene”, una de las más conmovedoras escenas de una obra con no poco de conmovedor. Estamos en el Tercer Acto y ya el soberano ha sido hecho preso por tropas bajo el mando de Bolingbroke, pariente y víctima de abusos y despojos. Ante la reina Isabel y una dama de compañía, aparecen el viejo jardinero y un ayudante:
Jardinero: Sujeta esa rama de albaricoques. Como niños revoltosos abruman a su padre con la opresiva carga de su prodigalidad. Pon tutores a esos torcidos troncos. Haz como un verdugo y corta esos brotes que crecen muy rápido y son más altos que el resto en nuestra sociedad, todos deben estar al mismo nivel bajo nuestro gobierno. Mientras tanto, voy a arrancar la mala hierba… Bolingbroke se ha apoderado del rey disipador. ¡Qué lástima que no supo arreglar y embellecer su país como nosotros este jardín! Cuando llega el momento oportuno, hacemos incisiones en la corteza por temor de que, demasiado satisfechos de savia y jugos nutrientes mueran por exceso de riquezas. Si el rey hubiera tratado de este modo a sus hombres altaneros y demasiado ambiciosos, hubiera podido vivir para producir y el monarca probaría ahora los frutos de su dedicación. Nosotros suprimimos todas las ramas parásitas para que las ramas madres prosperen. Si el rey hubiera procedido así, ceñiría aún la corona que, a causa de largas horas de ocio, se ha visto obligado a ceder.
Un jardín también es una forma de gobierno. Una de las más complejas. Aquel que lo cultiva debe estar atento a las necesidades de árboles y plantas, debe saber escucharlos sin intermediaciones, conocer sus necesidades de abono, riego, poda, injerto. Mantener a raya a los enemigos del bien común, plagas extrañas, insectos extranjeros, sequías e inundaciones. Un jardín como alegoría de un reino o una república.
En la Venezuela moderna, la anterior a esta etapa de involución, los jardineros dejaron mucho que desear, por decir lo menos. El jardín sufrió las consecuencias del riego desigual y el abono insuficiente. Los sucesivos jefes del jardín se rodearon, como Ricardo II, de ministros que desviaron los fondos asignados al bien común, abultando sus cuentas particulares, de manera escandalosa y notoria, cuando tenían que desarrollar industrias como el turismo o la electricidad. Pesadas naves de combate eran movilizadas para satisfacer caprichos de una cortesana, mientras que alguna otra se hacía cargar de condecoraciones el abultado pecho. El jardín, después de un par de décadas de indolencia, fue tomado por la tiña y los bichos. Plantas y árboles, después de un período efímero de bonanza, comenzaron a padecer los rigores de la escasez de alimento y la falta de riego y atención. Los árboles perdieron su follaje y el monte cubre los espacios donde antes había grama y rosales. Durante los últimos años, las necesidades se han multiplicado y la enfermedad ha llegado a los troncos y grandes ramas. Por fortuna, la enseñanza de los fundadores, sabios como el jardinero de Shakespeare, no han sido del todo olvidadas. Y una reserva de plantas y árboles, resistentes a los desmanes, han renovado las aspiraciones a un nuevo orden. El nuevo jardín, cuando por fin se restaure, habrá menester de los mejores jardineros para que inicien la ingente labor de reconstrucción. Tenían razón los habitantes del medioevo cuando consideraban que los peores percances de una sociedad, el hambre, la guerra, la enfermedad y la muerte, eran las previsibles consecuencias del temido Mal Gobierno.
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