LUIS XAVIER GRISANTI| EL UNIVERSAL
miércoles 9 de julio de 2014 12:00 AM
El legado de Ramón J. Velásquez (1916-2014) es de relevancia cardinal para la juventud venezolana. Fue un ciudadano ejemplar que sacrificó el ejercicio lucrativo de la profesión de abogado para dejar una hoja de servicios intachable como periodista, escritor, historiador, promotor cultural y hombre de Estado; pero no fue un intelectual abstemio que desde un escritorio pontificaba sobre el bien y el mal sin comprometerse ni untarse del sudor de la calle; sino que fue un humanista que consagró su vida a la causa de la democracia en Venezuela, por conocer a fondo el atraso que padecía el país en los tiempos de las dictaduras de los generales Cipriano Castro (1899-1908) y Juan Vicente Gómez (1908-1935).
Hubo entonces venezolanos de renombre y valía intelectual que defendieron la hipótesis del gendarme necesario para civilizar a esta república venezolana asediada durante el siglo XIX por falsas revoluciones y montoneras iletradas. No dejó de haber en los años 30 del siglo XX quienes simpatizaron con el Nazismo y el Fascismo, como modelos cuya raigambre en líderes mesiánicos como Adolfo Hitler y Benito Mussolini prometían la felicidad eterna para sus pueblos. Tampoco faltaron quienes quebraron lanzas por el estalinismo y la colectivización socio-económica como herramientas de supuesta liberación y redención social.
El joven Velásquez no se dejó cautivar por ninguno de estos regímenes, demostradamente ineficaces para lograr la superación del atraso y la pobreza dentro de un sistema de libertades civiles y seguridad ciudadana. El abogado tachirense, como otros jóvenes mayores o contemporáneos, entre los que destacan Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Jóvito Villalba, Juan Pablo Pérez Alfonzo y Rafael Caldera, dedicó su vida a la construcción de verdaderas instituciones democráticas dentro de un sistema de economía mixta y social de mercado, el cual, vista la experiencia infructuosa de todos los demás sistemas políticos y económicos en el siglo XX, fue el que asumió como propio para su país.
Su vasta obra de escritor e historiador y sus provechosas ejecutorias como director de importantes periódicos, como senador, ministro y secretario general de la presidencia y como Presidente de la República, estuvieron aderezadas a edificar instituciones sólidas con la convicción de que la democracia es el sistema de convivencia social mejor logrado por la civilización humana.
Fue Ramón J. Velásquez un hombre ajeno al lujo, al ditirambo y a la ostentación frívola. Su inclinación natural al diálogo y a la conciliación no era sólo un estilo de vida, sino un accionar permanente sustentado en su profundo conocimiento de la historia nacional, donde las arbitrariedades, los personalismos, las vanidades intrascendentes, los abusos de autoridad y las corruptelas han sido la orden del día en el acontecer nacional.
Fue un pedagogo permanentemente pendiente de los clamores del pueblo llano y de las inquietudes juveniles. Su afinada vocación periodística le permitía advertir en forma temprana la evolución futura de cualquier fenómeno social. No hubo joven deseoso de conocer la historia de Venezuela a quien no le tendiera la mano, independientemente de su origen social.
Fue un valiente demócrata que arriesgó su vida durante la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez para denunciar las flagrantes violaciones de derechos humanos de aquel régimen represivo. Su contribución a la restauración democrática el 23 de enero de 1958 fue considerable.
Por abogado y por historiador, conocía a fondo las procederes republicanos que deben privar en una nación civilizada, ajenos al militarismo y al caudillismo. El pluralismo democrático, la autonomía y separación de los poderes públicos, la convicción de que el Estado sirve al ciudadano y no viceversa, fueron principios de los que nunca se separó durante su actuación como honesto servidor público y hombre de Estado.
Velásquez entendió desde muy joven la significación de la economía en el desarrollo de las naciones. Nació en la Venezuela rural, se formó en la transición hacia la democracia y nunca dejó de sorprenderse y de esperanzarse por la trayectoria civilizatoria del país, aún cuando advertía sobre sus marchas y contramarchas. Tuvo plena conciencia del surgimiento de la mentalidad rentística del venezolano, producto de los ingentes recursos provenientes del petróleo; pero también celebraba que gracias a ello Venezuela había alcanzado un desarrollo industrial respetable, erigiendo en democracia infraestructuras que propiciaron el progreso del país.
No hay democracia sin ejercicio pleno de las libertades civiles y ciudadanas, ni sin el emprendimiento empresarial privado. El fomento de centenares de miles de pequeños, medianos y grandes empresarios es un ingrediente indispensable para la diversificación y democratización del capital. Su supresión abre la puerta al despotismo. El Estado como dueño absoluto de los medios de producción y distribución es un obstáculo al desarrollo integral de la capacidad productiva de un país. La inversión extranjera directa puede ser un motor del desarrollo y nunca una rémora.
Este cronista, recién graduado de economista en 1980, le debe al Dr. Velásquez su afición por la escritura, al invitarnos a escribir artículos de prensa, primero en El Nacional, y más tarde en El Universal y en Analitica.com. Fue un consecuente amigo de mi familia, en especial de mi padre. Asistimos a sus conferencias, compartimos en su casa y en la nuestra, escuchamos su lúcidos y agudos análisis y seguimos sus orientaciones en la Fundación Franciso Herrera Luque, que con tanto acierto presidió desde sus inicios, acompañando a su directora ejecutiva, María Margarita Terán de Herrera, y dejando una notable obra editada y escrita.
Pudo habérsele escapado algún error en su vida ciudadana, pero nunca de mala fe o en procura de un beneficio personal. Atento a las nuevas tendencias del pensamiento político nacional e internacional, veía con preocupación pero con optimismo los males que siguen acechando a Venezuela desde hace décadas; pero no dejaba de tener la seguridad de que de todas sus dolencias y falencias, saldrá una nación más democrática, próspera y civilizada.
Hubo entonces venezolanos de renombre y valía intelectual que defendieron la hipótesis del gendarme necesario para civilizar a esta república venezolana asediada durante el siglo XIX por falsas revoluciones y montoneras iletradas. No dejó de haber en los años 30 del siglo XX quienes simpatizaron con el Nazismo y el Fascismo, como modelos cuya raigambre en líderes mesiánicos como Adolfo Hitler y Benito Mussolini prometían la felicidad eterna para sus pueblos. Tampoco faltaron quienes quebraron lanzas por el estalinismo y la colectivización socio-económica como herramientas de supuesta liberación y redención social.
El joven Velásquez no se dejó cautivar por ninguno de estos regímenes, demostradamente ineficaces para lograr la superación del atraso y la pobreza dentro de un sistema de libertades civiles y seguridad ciudadana. El abogado tachirense, como otros jóvenes mayores o contemporáneos, entre los que destacan Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Jóvito Villalba, Juan Pablo Pérez Alfonzo y Rafael Caldera, dedicó su vida a la construcción de verdaderas instituciones democráticas dentro de un sistema de economía mixta y social de mercado, el cual, vista la experiencia infructuosa de todos los demás sistemas políticos y económicos en el siglo XX, fue el que asumió como propio para su país.
Su vasta obra de escritor e historiador y sus provechosas ejecutorias como director de importantes periódicos, como senador, ministro y secretario general de la presidencia y como Presidente de la República, estuvieron aderezadas a edificar instituciones sólidas con la convicción de que la democracia es el sistema de convivencia social mejor logrado por la civilización humana.
Fue Ramón J. Velásquez un hombre ajeno al lujo, al ditirambo y a la ostentación frívola. Su inclinación natural al diálogo y a la conciliación no era sólo un estilo de vida, sino un accionar permanente sustentado en su profundo conocimiento de la historia nacional, donde las arbitrariedades, los personalismos, las vanidades intrascendentes, los abusos de autoridad y las corruptelas han sido la orden del día en el acontecer nacional.
Fue un pedagogo permanentemente pendiente de los clamores del pueblo llano y de las inquietudes juveniles. Su afinada vocación periodística le permitía advertir en forma temprana la evolución futura de cualquier fenómeno social. No hubo joven deseoso de conocer la historia de Venezuela a quien no le tendiera la mano, independientemente de su origen social.
Fue un valiente demócrata que arriesgó su vida durante la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez para denunciar las flagrantes violaciones de derechos humanos de aquel régimen represivo. Su contribución a la restauración democrática el 23 de enero de 1958 fue considerable.
Por abogado y por historiador, conocía a fondo las procederes republicanos que deben privar en una nación civilizada, ajenos al militarismo y al caudillismo. El pluralismo democrático, la autonomía y separación de los poderes públicos, la convicción de que el Estado sirve al ciudadano y no viceversa, fueron principios de los que nunca se separó durante su actuación como honesto servidor público y hombre de Estado.
Velásquez entendió desde muy joven la significación de la economía en el desarrollo de las naciones. Nació en la Venezuela rural, se formó en la transición hacia la democracia y nunca dejó de sorprenderse y de esperanzarse por la trayectoria civilizatoria del país, aún cuando advertía sobre sus marchas y contramarchas. Tuvo plena conciencia del surgimiento de la mentalidad rentística del venezolano, producto de los ingentes recursos provenientes del petróleo; pero también celebraba que gracias a ello Venezuela había alcanzado un desarrollo industrial respetable, erigiendo en democracia infraestructuras que propiciaron el progreso del país.
No hay democracia sin ejercicio pleno de las libertades civiles y ciudadanas, ni sin el emprendimiento empresarial privado. El fomento de centenares de miles de pequeños, medianos y grandes empresarios es un ingrediente indispensable para la diversificación y democratización del capital. Su supresión abre la puerta al despotismo. El Estado como dueño absoluto de los medios de producción y distribución es un obstáculo al desarrollo integral de la capacidad productiva de un país. La inversión extranjera directa puede ser un motor del desarrollo y nunca una rémora.
Este cronista, recién graduado de economista en 1980, le debe al Dr. Velásquez su afición por la escritura, al invitarnos a escribir artículos de prensa, primero en El Nacional, y más tarde en El Universal y en Analitica.com. Fue un consecuente amigo de mi familia, en especial de mi padre. Asistimos a sus conferencias, compartimos en su casa y en la nuestra, escuchamos su lúcidos y agudos análisis y seguimos sus orientaciones en la Fundación Franciso Herrera Luque, que con tanto acierto presidió desde sus inicios, acompañando a su directora ejecutiva, María Margarita Terán de Herrera, y dejando una notable obra editada y escrita.
Pudo habérsele escapado algún error en su vida ciudadana, pero nunca de mala fe o en procura de un beneficio personal. Atento a las nuevas tendencias del pensamiento político nacional e internacional, veía con preocupación pero con optimismo los males que siguen acechando a Venezuela desde hace décadas; pero no dejaba de tener la seguridad de que de todas sus dolencias y falencias, saldrá una nación más democrática, próspera y civilizada.
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