Sunday, September 28, 2014

A 75 años de la muerte de Freud: La infelicidad de la cultura

En: http://prodavinci.com/blogs/en-los-75-anos-desde-la-muerte-de-freudla-infelicidad-en-la-cultura-por-fernando-mires/

Fernando Mires

Hay, en la vida de determinados autores algún momento en el que crean una obra que merece el calificativo de genial. La Gioconda en la pintura de Leonardo; el con­cierto para clarinete y orquesta de Mozart; el Manifiesto Comunista en la teoría mar­xista; El Viejo y el Mar en la literatura de Hemingway; Tiempos Modernos en el cine de Chaplin y, sin dudas, El Malestar en la Cultura en la producción de Freud. ¿En que consiste esa genialidad?, me he preguntado muchas veces.

Leyendo nuevamente, después de muchos años, El Malestar en la Cultura(Freud 1930) creo haber encontrado algunas respuestas a mi pregunta. Una de ellas es que cada vez que he leído ese libro, ha sido posible entenderlo de diferente manera. Pero la manera diferente no anula, curiosamente, la impresión obtenida en el pasado, sino que agrega otras, las que parecen ser tan inagotables como son las veces que se puede leer un libro. Eso significa que parte de la genialidad de una obra reside en la propie­dad que ella tiene de comunicar al observador nuevas sugerencias e ideas a través del tiempo. Genialidad estaría unida, en ese sentido, con cierta noción de trascendencia, o con esa intranquilidad que produce una obra cuando parece “estar viva”.

Decir que una obra parece “estar viva” no es en este caso un recurso literario. Por­que en El Malestar en la Cultura, escrita en 1930, está su autor más presente que nunca. En esas páginas leemos a quien combina sus observaciones sobre la vida con su reflexión científica; quien piensa sobre mitos y religiones; quien extrae de la ar­queología tantas ideas como de los manuales de medicina; quien vive discutiendo, aceptando y rechazando ideas que surgen del movimiento psicoanalítico de su tiempo —uno de los más interesantes movimientos culturales en la historia de la modernidad— del cual él es indiscutido leader. Todo eso, y mucho más, es el trasfondo de El Malestar.

Quien tenga un conocimiento aunque sea superficial de la obra freudiana, puede captar, además, que El Malestar es una especie de río mayor en donde confluyen muchos otros ríos. Prácticamente en cada párrafo del texto encontramos la relación con un trabajo anterior confluyendo en la dirección argumentativa. Pues, El Malestar es síntesis y recapitulación, punto de llegada, pero a la vez, y eso es lo asombroso, punto de salida para otros ríos para que sean navegados, ya no por Freud, sino que por quienes se atrevan a continuar su viaje en dirección a ese “séptimo continente” que no es sino tu propia alma. El Malestar es un río y un delta a la vez.

Es por esas razones que El Malestar interpela a muchas personas de distintas cul­turas y disciplinas. Pues ese texto puede no sólo ser interpretado de diversas maneras en diversos tiempos, sino. además, en un mismo tiempo, de diversas maneras. El Malestar es también un libro filosófico, antropológico, sociológico —y, con algunas reservas, también psicológico—. Sostengo además, y trataré de probarlo, que también es un libro político.

Aquel sentimiento oceánico de la vida. A primera vista pareciera que Freud hubiera decidido en El Malestar tomar a la cultura como objeto de investigación. Esto es sólo en una parte de la verdad. La otra parte es que siempre la cultura fue un objeto del análisis freudiano. Y esto es válido no sólo para sus obras metapsicológicas y culturales, sino que también para su obra estrictamente psicológica. Como constata Reimut Reiche: “Si se considera la obra escrita de Freud en su totalidad, se obtiene la sorpresiva confirmación de que los escritos dedicados a temas como sociedad, cultura, arte y literatura, conforman más de la mitad de sus obras completas, y que estos temas le acompañaron hasta poco an­tes de su muerte”

El alma de las personas no es para Freud una instancia extracultural. Pero, a la vez, tampoco la cultura es en Freud una instancia extrapsíquica. Hay una unidad in­teractiva entre ambas instancias. Cultura y alma individuales no son dos realidades distintas sino una sola que, a su vez, reconoce múltiples instancias. Esto es importante decirlo, pues no hay pocos analistas, e incluso no analistas, que hablan de la im­posibilidad de traspasar el análisis psicológico a lo social. Y tendrían razón si se tra­tara de establecer analogías entre realidades distintas. Pero si no hay realidades distintas, no hay traspasos ni analogías.

El tema de la cultura en Freud no es diferente al del individuo sino que es el del individuo en la cultura, del mismo modo que el tema individual es el de la cultura en el individuo. De esta manera, el objeto de análisis freudiano en lugar de ser buscado en un punto fijo ubicado en un espacio determinado, debe ser encontrado en la in­teracción de diversos puntos.

El verdadero objeto de Freud es la interacción, no el o los puntos interactivados. Sobre este tema se insistirá más adelante, pero conviene re­tenerlo pues lleva a una deducción que puede ser decisiva, y es la siguiente: que si el objeto es la interacción, el psicoanálisis no puede sólo ser, y no lo era para Freud, propiedad privada de determinados profesionales, en este caso, los psiquiátras, sino un campo abierto al que podemos, incluso debemos, tener acceso todos, seamos so­ciólogos, historiadores, antropólogos o cualquiera cosa que estudie a esa especie tan extraña que es el ser humano.[1] De este modo, el “afuera” y el “adentro” son simples convenciones teóricas. Pongamos un ejemplo: la representación edípica del Padre no tendría gran signifación para el hijo si el Padre no representara la Ley que existe más allá del contorno familiar del mismo modo que esta Ley no tendría ningún significado si no pudiera penetrar al interior de la familia con lo cual, la Ley es representación hacia adentro y hacia afuera al mismo tiempo. Es individual, es cultural y, por eso mismo, es política. O lo que es parecido: el Padre es una realidad multidimensional y no siempre tiene demasiado que ver con esa persona a veces bastante insignificante que es el padre existente y real.

Precisamente porque Freud hace de las interacciones un objeto, no comienza su trabajo con una definición de cultura, la que recién aparece en el capítulo lll. En cam­bio comienza su libro con un aparentemente inofensivo comentario a una carta de Romain Rolland quien critica a Freud haber dejado de lado en sus estudios acerca de las religiones aquello que él llamaba el “sentimiento oceánico”.

Para Rolland ese “sentimiento” era la fusión del ser con aquella totalidad universal que lo precede y que lo continuará, sentimiento proporcionado, aunque sea ilusoria­mente, por la religiosidad. En ese momento se tiene la impresión de que Freud, al aceptar la sugerencia de su amigo, se apresta a hacer una autocrítica a su teoría acerca de las religiones, impresión que desaparece cuando uno se da cuenta que el objetivo de Freud es presentar ese “sentimiento oceánico” como sinónimo del concepto de Ello. El Ello, o todo lo que no es cultura, es la puerta de entrada a su libro.

Los modelos freudianos. Antes de referirme al Ello de El Malestar, es necesario gastar un par de frases con relación al Ello en Freud. Porque el Ello de Freud no es tanto de Freud. Viene de Nietzsche, quien en su Nacimiento de la Tragedia “inventó” al Ello.

Para Nietzsche el Ello está presente en la literatura pre-clásica griega, representada en Dionisios y sus bacanales, cuando el ser humano se permitía regresar a su animalidad perdida, hasta que llegaba Apolo despertándolo con la armonía de sus flautas y lo integraba en la cultura sin que se rompiera esa relación del mundo pre-cultural con el cultural o social. La belleza y la sime­tría de Apolo sólo podían ser posibles gracias al caos dionisiaco. El regreso a Dionisos, imperativo nietzscheano, significaba recuperar la naturaleza perdida frente al Estado, a la religión, a la moral y a la cultura.

La intuición renaturalizante de Nietzsche fue recogida tiempo después por el mé­dico suizo Georg Grodeck, verdadero eslabón perdido entre Nietzche y Freud . Según Grodeck, considerado iniciador de la medicina psicosomática, el cuerpo humano es una singularidad integrada en la cosmología universal de la misma manera que cada ínfima molécula de nuestro cuerpo es una singularidad in­dependiente, que vive en la singularidad que somos nosotros y en el universo al que pertenecemos el que en su totalidad, forma otra singularidad.

Gro­deck, llamado por sus contemporáneos, “el psicólogo salvaje”, sostenía que en tanto venimos del, y vamos al, universo cosmológico, no sólo vivimos sino somos vividos por fuerzas que nos preceden y nos trascienden. Esas son, para Grodeck, el Ello. En contra de muchos colegas, Freud que no era un simpatizante de teorías cosmológicas —basta leer sus lapidarios juicios frente a las tendencias esotéri­cas de Jung— tomó sin embargo muy en serio a Grodeck, con quien sostuvo intensa correspondencia e incorporó bastante de sus premoniciones metapsicológicas a sus teorías científicas .

“No vivimos, somos vividos”, era una de las frases favoritas de Grodeck. Digamos lo que digamos, hagamos lo que ha­gamos, estamos de una u otra manera siguiendo los mandatos del Ello. La autonomía del Yo es sólo una ilusión de la modernidad. Somos como aquel jinete que al ser pre­guntado hacia donde cabalga con tanta prisa, responde: “No sé: pregúntale a mi ca­ballo”.

Freud reconoció siempre la fuerza del Ello, pero al mismo tiempo exige como im­perativo de la vida, individual y  cultural, la hegemonía del Yo. “Donde hay Ello” —era una de sus máximas— “debe haber Yo”. Y como poseía fino humor, envió una vez una cordial tarjeta de cumpleaños a Grodeck con el siguiente saludo: “Mi Yo y mi Ello desean muchas felicidades a su Ello”. No obstante, ve en la capitulación del Yo frente a las fuerzas del Ello una de las causas de las alteraciones de la personalidad, en sus más diversas formas. Frente a esa amenaza el Yo crea un protector: el Superyo, o introyección de la moral y de la cultura representada origina­riamente por la presencia de la figura paterna. Pero con eso Freud debería resolver un nuevo problema: la posibilidad de capitulación del Yo frente a su Superyo. Más todavía, la debilidad del Yo abría posibilidades para una alianza entre el Ello y el Su­peryo. Estas fueron las preocupaciones que lo llevaron a escribir en 1923 su famoso El Yo y el Ello (Freud 1923) que marca al mismo tiempo un viraje radical en la teoría freudiana la que se evidencia ya en el primer capítulo de El Malestar.

Al incorporar al Ello en la constitución “orgánica” del ser, Freud derribaba el cuarto pilar sobre el cual se sustenta la modernidad. El primero lo había derrumbado Copérnico al demostrar que no somos el centro del universo. El segundo lo derribó Darwin al demostrar, en contra de explicaciones bíblicas, nuestra animalidad origina­ria. El tercero lo derribó Einstein al probar la relatividad del tiempo. Freud demostró que no somos dueños absolutos de nuestros actos, como afirman ideologías racionalistas.

Hasta El Yo y el Ello, Freud venía trabajando con su clásico modelo topográfico, bajando de lo consciente hasta las guaridas de lo inconsciente y descubriendo entre esas dos instancias diversas capas y sub-capas. Ese modelo topo­gráfico es considerado por muchos la esencia del psicoanálisis freudiano. Sin embargo, el análisis freudiano no se basa en un sólo modelo. El topográ­fico es sólo el inicial. En efecto: además encontramos otro que podría llamarse “económico”, que se basa en las cuotas de importación y exportación de energía libidi­nosa y que lleva a desarrollar la teoría del “narcisismo” (o estancamiento de la energía libidinosa en el Yo) tanto o más importante en la obra freudiana que el complejo de Edipo.

Un tercer modelo, que podría denominarse “dialéctico”, aparece ya en El Ma­lestar, basado en la lucha que libran el principio de muerte frente al de la vida, cuyo texto básico de referencias es Más allá del Principio del Placer (1920). Un cuarto modelo, y a ese me estoy refiriendo, es el “dinámico”, que toma forma a partir de la publicación de El Yo y el Elloy está constituido por el juego de relaciones que se establecen entre el Ello, el Yo y el Superyo, las que pueden tomar las más diversas formas. Ese modelo se continúa en sus obras de crítica cultural, especialmente en El Malestar, cuando Freud agrega una cuarta instancia, la cultural, que a su vez traza las líneas para la configuración de un quinto modelo al que me atrevería a denominar como “sociológico”. Ahora bien, lo particular de la teoría freudiana es que la aplica­ción de un nuevo modelo, no implica renunciar al otro, de modo que casi nunca uno aparece en forma “pura”.

La arraigada creencia relativa a que el único modelo freudiano es el topográfico, ha llevado a pensar que el Ello no es sino un simple sinónimo del inconsciente . Quizás parte de la responsabilidad en ese equívoco corresponde a Freud al no haber marcado siempre las diferencias, pues hay momentos, sobre todo en la terapia, en que ambas instancias confluyen, ya que si él Ello es inconsciente, no todo lo inconsciente es Ello. El Ello, en su acepción más amplia, precede no sólo al Yo sino también al inconsciente. En ese sentido podemos encontrar en Freud dos tipos de referencias al Ello: una individualizada, que dice relación a las formas como se presenta el Ello en cada persona, y otra metapsicológica, representada por toda aquella realidad que existía antes del surgimiento de la cultura y que continúa existiendo bajo su dominio (el “sentimiento oceánico” de Romain Rolland).

Simplifi­cando al máximo se puede decir: Mientras el Ello individual se define negativamente como todo aquello que no es Yo, el metapsicológico se define como todo aquello que no es cultura. Y como el Yo en uno es el representante interior de la cultura, las dife­rencias entre uno y otro se vuelven, en este caso, puramente formales.

Cuando no había nadie más que tú. En los dos primeros capítulos de El Malestar parece Freud buscar la conexión con su crítica a la religión formulada en el Futuro de una Ilusión (1927). No obstante, lo que interesa a Freud, mediante ese rodeo, es disertar acerca de por qué el ser humano es, por el hecho de pertenecer al ámbito de la cultura, un ser desdichado. De esa des­dicha constitutiva viven las religiones pues con su idea del “más allá” nos prometen un mundo en donde encontraremos la felicidad que se ha hecho imposible en el “más acá”. Esa promesa se encuentra para Freud no en el futuro sino en el pasado. Pues hubo un tiempo, intenta decirnos Freud, en que ese “sentimiento oceánico” era algo más que un recuerdo vago. Era una realidad. El ser humano no estaba escindido en Yo y Ello y por lo tanto no había necesidad de que existiera ningún Superyo. Era una unidad integrada en la totalidad del cosmos, hasta que, al comer del árbol del co­nocimiento (la formulación es mía), vale decir, de la cultura, se produjo esa escisión que nos duele en lo más hondo del alma y que no nos deja ser lo que somos. Esa es la triste historia de la humanidad. Pero también es la triste historia de nuestras vidas, la que repetimos, casi monótonamente, desde que nacemos hasta que nos vamos.

Hubo una vez, en un momento de nuestra historia, en que no existíamos como Yo, o si se quiere, nuestro Yo existía disuelto en el inmenso océano del Ello. Nadábamos en un líquido tibio de placeres inmensos. No sabíamos que existía el tiempo con sus horas y minutos. Fuera de nosotros no existía el mundo. El mundo éramos nosotros: éramos intensos, infinitos, omnipotentes. Aún en el momento en que irrumpimos a la superficie, no aceptábamos nuestra singularidad e insistíamos en confundir nuestro cuerpo con esos volcanes de leche caliente que nos inundaban. Nuestros líquidos se desparramaban en colinas de piel blanda y salada. Hasta que un día descubriste que había algo, una sombra gigantesca fuera de ti, que obedecía a tus gemidos, y aprendiste a ordenar el mundo con tu llanto. Y esa figura inmensa obedecía al mundo con tu llanto. Y de pronto escuchaste un ruido que ya no era tu llanto. Existían voces fuera de ti. Entonces desesperado, te apretaste a esa “otra”, mordiendo sin dientes el volcán de leche caliente. Aprendiste a odiarla porque ella no era tu mismo(a), porque se separaba de tu cuerpo, y aunque no te habían enseñado a contar, ya sabías lo que eran dos. Y porque la odiaste por no estar en ti ni tu en ella, la deseaste cuando no estaba cerca, y la llamaste con aquel aullido de gorila herido que aprendiste en una vida que no era la tuya. Estabas viviendo el primer amor de tu vida. El miedo; la tristeza del abandono; el placer del reencuentro. El orgasmo de los cuerpos totales, confundidos en uno, esperando el dolor de la separación. Y un día apareció otra fi­gura, aún más grande y sombría. Y tu primer amor, tu único amor, se lo llevó esa sombra. Y gritaste, y aullaste, sintiendo dolores inmensos, y cagaste hasta la última gota de leche. Todo en vano. Entonces seguiste gritando, llamándola, hasta que un día ya no vino ella. Vino esa sombra inmensa y dijo NO. Aprendiste así a callar tu deseo. Ese No, el padre nuestro-santificado-sea-tu-nombre, te ordenó que no desearas. Y tu deseaste con más fuerza todavía pero en silencio. Y ese silencio te convirtió en cul­pable. Desde ese momento, andamos dando vueltas por la vida, tratando de pagar la culpa no cometida por el deseo no realizado. Y cuando nos damos cuenta que ni todo el oro del mundo sirve para saldar esa deuda, dormimos, soñando que regresamos a aquel valle donde tu eras todo, más allá de la vida, pero no en la muerte, aunque sí, muy cerca de ella. Esa es la infelicidad de nuestras vidas: el malestar en la cultura.

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[1] Freud mantenía la opinión de que el psicoanálisis no debía ser ejercido sólo por médicos. En muchas ocasiones escribió a favor de que “laicos” pudieran ejercer actividades psicoanalíticas.

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