Angel Alayón
Un anaquel vacío es la
evidencia de un fracaso. Un anaquel vacío es la prueba de que hay algo
que se está perdiendo. La palabra anaquel tiene su origen en la palabra minqalah,
del árabe clásico, que significa soporte, eso que está allí para
sostener algo y, al sostenerlo, exhibirlo. Pero vacío, un anaquel sólo
muestra lo que pudo ser y no es. Vacío, un anaquel sólo se exhibe a sí
mismo en su desnudez y, en lugar de invitar y atraer, nos rechaza.
Nada menos romántico que
hablar de inventarios. No hay amor en la contabilidad. Pero se sabe que
los héroes de quienes tanto nos gusta hablar no habrían triunfado sin
una logística que permitiera el cumplimiento de sus tareas y aventuras.
Alejandro El Grande no hubiera podido derrotar a los persas sin un
complicado manejo de provisiones para alimentar a sus soldados y
animales de guerra lejos de la Macedonia del siglo IV a.C., tiempos y
circunstancias en las que alimentar a grandes cantidades de personas era
difícil y muy costoso.
En nuestro caso, no hablamos
de epopeyas. Hablamos de la vida cotidiana. Hablamos de la compra de
pan, de carne, de leche, de harina para alimentar a nuestras familias.
Compras que el mundo moderno ha solucionado con facilidad, un mundo que
ahora nos produce envidia y nostalgia. ¿Acaso no pueden nuestras
farmacias y supermercados estar surtidas como las de Brasil, o cualquier
otro país de su preferencia que usted quiera insertar en esta pregunta?
***
Un anaquel vacío es también una invitación a entender las causas, a evitar ser víctimas de la falacia narrativa.
El poder siempre se excusa y despliega una estrategia comunicacional
con la intención de explicar el vacío de los anaqueles culpando a los
sospechosos habituales. Es un guión eficaz que tiene profunda raíces en
el pensamiento occidental y no debe subestimarse.
En la Antigua Grecia, un
hombre virtuoso era aquel que se dedicaba al bienestar de la ciudad y a
su defensa militar. Los que se dedicaban a “hacer dinero” eran
inferiores. Aristóteles consideraba “riesgoso moralmente” dedicarse a
perseguir riquezas a través de la actividad comercial. Por otra parte,
el pensamiento cristiano llega a condenar eternamente la riqueza y la
actividad comercial. En la Biblia, la riqueza es “injusta” pues parte de
una concepción del mundo en la cual no puede crearse. La riqueza
bíblica es fija, estática. La economía bíblica es un juego suma-cero
donde en realidad no hay posibilidad de aumentar ni de que exista eso
que hoy en día llamamos crecimiento económico. “Si alguien no pierde, no
hay nadie que gane”, dijo San Agustín. El rico es rico porque le quita
la riqueza a los demás. Por eso los camellos van al cielo primero que
los ricos (o al menos entran antes por el ojo de una aguja).
Carlos Marx se apropió de
algunos de estos conceptos. Como dice Jerry Muller, Marx renombró y
redefinió la estigmatización cristiana de “hacer dinero” y creó un nuevo
lenguaje para ello. Marx sostenía que los únicos que podían obtener
ganancias del mercado eran los dueños del capital —la burguesía—,
mientras que los trabajadores —el proletariado— eran explotados por los
dueños del capital y nada tenían que ganar del mercado. Los burgueses
eran vampiros, una clase moribunda que vivía de extraer la sangre a los
vivos.
El problema es que, aunque
quienes manejan el poder pueden ser exitosos en su tarea de imponer una
narrativa que los exculpe, eso no soluciona los problemas.
Culpar a otro nunca ha solucionado algo. Actuar sobre las causas, sí.
***
Enfermos de cáncer que no
consiguen sus medicinas ¿Hay alguna relación más directa entre la imagen
del anaquel vacío y el bienestar de los ciudadanos? Niños que no se
alimentan como quisieran sus madres. ¿Se necesita alguna otra prueba del
fracaso del modelo? La escasez mata.
Un delirio no tiene por qué
justificarse. Es apenas eso: un delirio. Pero en este caso se trata de
un desvarío que no es provocado por alucinaciones, sino por el hecho de
que lo que debe estar soportado por los anaqueles no está. Y seguir
haciendo lo que se ha hecho hasta ahora no hará sino profundizar el
problema, hacernos delirar, dejarnos sin soporte.
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