MARIANO NAVA CONTRERAS
| EL UNIVERSAL
viernes 19 de septiembre de 2014 12:00 AM
El viernes pasado tuve el
altísimo honor de pronunciar unas palabras en el Paraninfo de la
Universidad de Los Andes con motivo de la inauguración del Doctorado en
Letras de esta ilustre Casa de Estudios. Decía yo en esa oportunidad
que, con la inauguración de este programa de estudios superiores se
completa un ciclo de conspicuos aportes que ha hecho nuestra alma mater
a las letras venezolanas, pero también, y a la vez, se salda una
antigua deuda que ella guardaba con las humanidades en nuestro país.
Para nadie es un secreto que el estudio de las letras y el pensamiento es en Mérida una vieja tradición. Apenas contaba la pequeña ciudad con unos 70 años de fundada cuando se creaba aquí el primer Colegio Jesuita de Venezuela, el Colegio de San Francisco Javier. Allí se estudiaban, cómo no, las letras divinas y profanas, según dictaba la ratio studiorum, que era la norma que regía la pedagogía jesuítica. Cuenta el Padre del Rey, uno de los más importantes historiadores de la Compañía de Jesús en Venezuela, que la biblioteca del Colegio contaba, entre otras, con las obras de Virgilio en dos libros, las Epístolas de Cicerón y las poesías de Quinto Horacio en diecisiete tomos. Para traducirlos -porque estaban y se leían en latín, como debe ser- los párvulos contaban con seis ejemplares del Arte, la gramática de Nebrija, así como otros tantos del Vocabulario, el célebre diccionario latino-español del sabio sevillano, publicado el año mismo del Descubrimiento, 1492.
Sin embargo, la biblioteca del Colegio San Francisco Javier no fue ni mucho menos la primera que tuvo la ciudad. Uno de los mayores historiadores de la educación en Hispanoamérica, Ildefonso Leal, ha dicho que "Mérida fue una de las ciudades coloniales venezolanas que poseyeron mejores bibliotecas, conventuales y privadas". De entre las primeras podremos contar la del Convento de San Juan Evangelista, de la orden de San Agustín, creado en 1567 (tenía la ciudad solo once años de fundada); la del Convento de San Vicente Ferrer, de los de Santo Domingo, en 1628, o la del Convento de niñas de Santa Clara, de 1651. Si esto es así, tendremos que decir que el cultivo de las letras en Mérida no se remonta a la fundación del Seminario de San Buenaventura, ni tampoco a la creación del viejo Colegio de los Jesuitas, y sí a los primeros años de existencia de la ciudad.
Así pues, la fundación del Seminario no hizo más que potenciar la singular vocación de la ciudad serrana por el estudio de las letras. En las Constituciones de este Colegio de 1785, el Obispo Ramos de Lora dispone que haya "un maestro cuyo oficio ha de ser enseñar Lengua Latina a los jóvenes", y cuando se le conceda el título de Real Seminario por Cédula del 20 de marzo de 1789, se establecerá formalmente una Cátedra de Latín, cuyo texto fundamental sea el Arte de Nebrija. Esta situación no va a cambiar con la llegada de la Independencia, pues al crearse la Universidad de San Buenaventura por decreto de la Junta Gubernativa de la Provincia el 21 de septiembre de 1810 -que da origen a la primera universidad republicana de América-, se concederá a esta Casa la facultad de conferir grados mayores y menores en filosofía, derecho y teología.
Claro que la crueldad de la guerra, y más la destrucción del terremoto de 1812, habrían de imponer una pausa a las labores de aquellos primeros humanistas merideños. Destruida la sede y ocupada la ciudad por las tropas realistas, la Universidad y el Seminario deben ser trasladados temporalmente a Maracaibo, de donde serán restituidos por decreto del Congreso de Colombia la Grande del 29 de septiembre de 1821. Entonces, cuenta el historiador Eloy Chalbaud Cardona, los estudios humanísticos se restituyen bajo las mismas cátedras que tenían en 1785: latinidad, gramática, filosofía, teología y cánones. De esa forma se mantuvieron prácticamente invariables hasta comienzos del siglo XX, en el seno de lo que fue la vieja Facultad de Ciencias Filosóficas.
Resulta un interesante ejercicio de imaginación figurarse lo que sería la vida académica en aquella pequeña, recoleta y fría ciudad, la Mérida del siglo XIX. Para que nos hagamos una idea, no faltan las crónicas que nos cuentan las estrecheces extremas con que funcionaba, y aun pudo sobrevivir, nuestra Casa de Estudios a pesar de la pobreza, el atraso y la inestabilidad política. Por eso, no podemos menos que sorprendernos al pensar que de aquella aislada y diminuta Mérida decimonónica salieron algunos de los más conspicuos talentos que enriquecieron el estudio de las letras en Venezuela. Siempre he pensado que de la obra de un Gonzalo Picón Febres, de un Tulio Febres Cordero, brota una pasión humanística por el estudio de nuestras letras y de nuestra cultura que va a cuajar en el ensayo agudo y preclaro de un Mariano Picón Salas. Si a uno lo obsesiona la cuenta y razón de su entorno andino, no podemos olvidar que el otro escribió la primera historia de la literatura venezolana. Ambos magisterios cuajarán en la prosa de uno de nuestros pensadores más lúcidos, modelo del ensayo escrito en Venezuela.
Es con semejante tradición a cuestas que arribamos al año de 1958, inicio de una nueva etapa en los estudios humanísticos en la Universidad de Los Andes, pues ese año se crea la Facultad de Humanidades. Desde entonces, por la Escuela de Letras de esta Facultad han pasado muchos de los mayores protagonistas de la literatura venezolana, formando críticos, clasicistas, lingüistas o historiadores del arte. Todos ellos podían continuar su formación académica en la Maestría en Literatura Iberoamericana, adscrita al Instituto de Investigaciones Literarias "Gonzalo Picón Febres". Sin embargo, una de las universidades más antiguas y prestigiosas del país, en una de las ciudades de mayor tradición literaria, no tenía un Doctorado en Letras.
Por eso, al celebrar la creación de este Doctorado, siento que la Universidad de Los Andes por fin hace honor a una antigua deuda, pero también a una ilustre tradición. Ya no es la añeja casona de bahareque, en cuyos corredores se hablaba en latín y bajito, pero aún se respira aquí la misma pasión de siempre por el estudio de las letras y el pensamiento. Como ulandino, no puedo menos que agradecer a los que con paciencia y esfuerzo hicieron posible este caro proyecto, y congratularme junto a los que como yo aman las letras, por este acto de justicia literaria.
Para nadie es un secreto que el estudio de las letras y el pensamiento es en Mérida una vieja tradición. Apenas contaba la pequeña ciudad con unos 70 años de fundada cuando se creaba aquí el primer Colegio Jesuita de Venezuela, el Colegio de San Francisco Javier. Allí se estudiaban, cómo no, las letras divinas y profanas, según dictaba la ratio studiorum, que era la norma que regía la pedagogía jesuítica. Cuenta el Padre del Rey, uno de los más importantes historiadores de la Compañía de Jesús en Venezuela, que la biblioteca del Colegio contaba, entre otras, con las obras de Virgilio en dos libros, las Epístolas de Cicerón y las poesías de Quinto Horacio en diecisiete tomos. Para traducirlos -porque estaban y se leían en latín, como debe ser- los párvulos contaban con seis ejemplares del Arte, la gramática de Nebrija, así como otros tantos del Vocabulario, el célebre diccionario latino-español del sabio sevillano, publicado el año mismo del Descubrimiento, 1492.
Sin embargo, la biblioteca del Colegio San Francisco Javier no fue ni mucho menos la primera que tuvo la ciudad. Uno de los mayores historiadores de la educación en Hispanoamérica, Ildefonso Leal, ha dicho que "Mérida fue una de las ciudades coloniales venezolanas que poseyeron mejores bibliotecas, conventuales y privadas". De entre las primeras podremos contar la del Convento de San Juan Evangelista, de la orden de San Agustín, creado en 1567 (tenía la ciudad solo once años de fundada); la del Convento de San Vicente Ferrer, de los de Santo Domingo, en 1628, o la del Convento de niñas de Santa Clara, de 1651. Si esto es así, tendremos que decir que el cultivo de las letras en Mérida no se remonta a la fundación del Seminario de San Buenaventura, ni tampoco a la creación del viejo Colegio de los Jesuitas, y sí a los primeros años de existencia de la ciudad.
Así pues, la fundación del Seminario no hizo más que potenciar la singular vocación de la ciudad serrana por el estudio de las letras. En las Constituciones de este Colegio de 1785, el Obispo Ramos de Lora dispone que haya "un maestro cuyo oficio ha de ser enseñar Lengua Latina a los jóvenes", y cuando se le conceda el título de Real Seminario por Cédula del 20 de marzo de 1789, se establecerá formalmente una Cátedra de Latín, cuyo texto fundamental sea el Arte de Nebrija. Esta situación no va a cambiar con la llegada de la Independencia, pues al crearse la Universidad de San Buenaventura por decreto de la Junta Gubernativa de la Provincia el 21 de septiembre de 1810 -que da origen a la primera universidad republicana de América-, se concederá a esta Casa la facultad de conferir grados mayores y menores en filosofía, derecho y teología.
Claro que la crueldad de la guerra, y más la destrucción del terremoto de 1812, habrían de imponer una pausa a las labores de aquellos primeros humanistas merideños. Destruida la sede y ocupada la ciudad por las tropas realistas, la Universidad y el Seminario deben ser trasladados temporalmente a Maracaibo, de donde serán restituidos por decreto del Congreso de Colombia la Grande del 29 de septiembre de 1821. Entonces, cuenta el historiador Eloy Chalbaud Cardona, los estudios humanísticos se restituyen bajo las mismas cátedras que tenían en 1785: latinidad, gramática, filosofía, teología y cánones. De esa forma se mantuvieron prácticamente invariables hasta comienzos del siglo XX, en el seno de lo que fue la vieja Facultad de Ciencias Filosóficas.
Resulta un interesante ejercicio de imaginación figurarse lo que sería la vida académica en aquella pequeña, recoleta y fría ciudad, la Mérida del siglo XIX. Para que nos hagamos una idea, no faltan las crónicas que nos cuentan las estrecheces extremas con que funcionaba, y aun pudo sobrevivir, nuestra Casa de Estudios a pesar de la pobreza, el atraso y la inestabilidad política. Por eso, no podemos menos que sorprendernos al pensar que de aquella aislada y diminuta Mérida decimonónica salieron algunos de los más conspicuos talentos que enriquecieron el estudio de las letras en Venezuela. Siempre he pensado que de la obra de un Gonzalo Picón Febres, de un Tulio Febres Cordero, brota una pasión humanística por el estudio de nuestras letras y de nuestra cultura que va a cuajar en el ensayo agudo y preclaro de un Mariano Picón Salas. Si a uno lo obsesiona la cuenta y razón de su entorno andino, no podemos olvidar que el otro escribió la primera historia de la literatura venezolana. Ambos magisterios cuajarán en la prosa de uno de nuestros pensadores más lúcidos, modelo del ensayo escrito en Venezuela.
Es con semejante tradición a cuestas que arribamos al año de 1958, inicio de una nueva etapa en los estudios humanísticos en la Universidad de Los Andes, pues ese año se crea la Facultad de Humanidades. Desde entonces, por la Escuela de Letras de esta Facultad han pasado muchos de los mayores protagonistas de la literatura venezolana, formando críticos, clasicistas, lingüistas o historiadores del arte. Todos ellos podían continuar su formación académica en la Maestría en Literatura Iberoamericana, adscrita al Instituto de Investigaciones Literarias "Gonzalo Picón Febres". Sin embargo, una de las universidades más antiguas y prestigiosas del país, en una de las ciudades de mayor tradición literaria, no tenía un Doctorado en Letras.
Por eso, al celebrar la creación de este Doctorado, siento que la Universidad de Los Andes por fin hace honor a una antigua deuda, pero también a una ilustre tradición. Ya no es la añeja casona de bahareque, en cuyos corredores se hablaba en latín y bajito, pero aún se respira aquí la misma pasión de siempre por el estudio de las letras y el pensamiento. Como ulandino, no puedo menos que agradecer a los que con paciencia y esfuerzo hicieron posible este caro proyecto, y congratularme junto a los que como yo aman las letras, por este acto de justicia literaria.
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