Tuesday, October 28, 2014

Yordano, bacstage en tercera persona

Nota del Blog: Este reportaje está acompañado de varios videos. Para verlos haz click en el enlace que sigue.

En: http://prodavinci.com/blogs/yordano-backstage-en-tercera-persona-por-willy-mckey/

Por Willy McKey

1. “Vi Wolverine… y me convertí en fan”. El hombre de quien voy a hablarles sabe sanarse a sí mismo, conserva amigos desde hace más de tres décadas y hace canciones junto a ellos. Ninguno de esos tres talentos tendría sentido sin los otros dos.

Dentro de unos segundos Yordano Di Marzo va a tocar treinta canciones compuestas por él. Todas han sido ordenadas en un set-list a partir de nociones personalísimas de la geometría descriptiva que el cantautor aprendió en los salones de Arquitectura.

Y hoy es domingo, la tercera fecha de un ciclo que agotó todas las entradas en apenas horas. No hay prensa en el backstage. Los periodistas que no lo han visto esperan que abran las puertas para poder cantarlo todo desde el segundo cero. Mientras tanto, en el camerino más próximo al escenario (no necesariamente el más amplio), Yordano se cuida la voz y no toca nada del catering que se mantiene intacto. Se distrae comentando la película que vio la noche anterior. Se ha vuelto fan de James Logan, ese mutante capaz de regenerarse inmediatamente después de cualquier lesión. Vio X-Men Origins: Wolverine y se ha propuesto ver la serie entera, teniéndolo a él como punto de partida. “Vi Wolverine… y me convertí en fan”, me dice. También vio X-Men: First Class, así que tiene pendiente X-Men: Days of Future Past. Le gusta ver las sagas en su casa y en el orden que necesita. Y eso no siempre coincide con la cartelera.

Sí, este hombre sabe cómo sanarse a sí mismo. Pero además tiene el hermoso plan de curarnos a punta de música. Incluso a quienes ignoramos estar enfermos de nosotros.

2. Como hace treinta años. Este concierto no esconde nada: todos sabemos qué lo motiva y por qué en unos minutos se iba a aplaudir tanta valentía sonando en el Teatro Chacao. El escenario está desnudo y confeso. Incluso esos escondites de tela negra que los conocedores llaman “patas” y sirven para entrar y salir de escena (o para esconderse del público) han sido retirados. Ni el más feroz de los silencios podría decir que entre aquel primer concierto del disco negro y esta noche han pasado tres décadas en vano. Todo el equipo de montaje tiene el mismo entusiasmo de aquella panda de veinteañeros que oían lo que se grababa en La Florida. Para esa generación, este concierto debe ser un asunto personal.

El mood industrial recuerda más a una década que a algún lugar. Los treinta años del disco negro son, apenas, efeméride y coartada: esto es un intento más de la música para ver si puede sacar lo mejor de cada uno de nosotros. La mezcla de negro y metal de los andamios, que ubica a la percusión de un lado y la batería del otro, con tres metales en medio y a lo alto, se compensa con una colorida batería de luces. Y una pantalla dividida en cuatro paneles pende de la tramoya, coronando la escena que tiene como eje visual una especie de puerta cubierta con una tela blanca.

La diferencia de tiempo que distancia la llegada al escenario de los músicos de la del frontman es menor a la media hora. Eddy Pérez, el director musical de Yordano desde hace más de treinta años, está sentado conversando con la joven hija de Biela Da Costa, Valeria Falcón, mientras su papá, ese genio llamado Álvaro Falcón, termina de probar sonido.

Álvaro es la particularidad de esta función. No estuvo en las otras dos y Yordano está muy pendiente de probar la pieza que van a tocar juntos, así que entra a la escena, saluda brevemente y detrás de él trae todo el blues que cabe en Chacao, metido en tres guitarras.
 
ordano tiene una excusa maravillosa para explicar por qué a veces se pierde en las letras de sus canciones: dice que algunas le gustan tanto que prefiere ponerse a escucharlas y “a veces me quedo escuchándolas demasiado”. Hoy va a pasarle en alguna que otra ocasión (en dos, para ser exactos). Lo bueno es que en días como éste no faltará quien se las recuerde.
3.‎ “Eso lo aprendí en un examen de Geometría Descriptiva 3″. La urgencia en ensayar el blues “No paro de temblar” se debe a que está ubicado en un lugar especial del set-list del concierto: en esta tercera función, Yordano quiere brindarle un pequeño homenaje a Eddy Pérez. No será poca cosa: van a dedicarle “Perla negra” mientras se proyectan imágenes de la agrupación inicial, con Eddy al frente. Él, por supuesto, no sabe nada y Yordano y Álvaro intentan no soltar prenda.
 
Ha sido difícil guardar el secreto, pero lo lograron en buena medida. Cuando una amistad logra rebasar la cantidad de tiempo que las leyes consideran como pena máxima, bien vale la pena tener uno de esos gestos que la alquimia del afecto convierte en sorpresas.
El orden de las canciones de hoy lo han acordado juntos, pero hace tres décadas Enrique Porte era el encargado de aquello. “Él manejaba muy bien la idea del ritmo dramático y estuvo estudiando desde los conciertos de rocanrol hasta los musicales. Yo tuve que aprender, porque ahora que no lo tengo a él me encargo de hacer el set-list… y, bueno, yo tengo mis tiempos”.
 
El recuerdo de un examen de Geometría Descriptiva 3 en la universidad (donde de 60 alumnos sólo pasaron 3) tiene en Yordano Di Marzo una política propia del set-list: la mayor parte del tiempo se irá buscando el concepto, pero esperar el orden vale la pena. El set-list que está puesto en todas las esquinas posibles (con canciones mucho mayores que Miguel Ángel y Thalía, los coristas de hoy) se ha construido bajo el espíritu de la perspectiva, el cut-and-paste, la visión de la estructura dramática de Enrique Porte y la euforia de los conciertos de The Rollings Stones, todos sometidos por el timing del líder de la banda.
 
4. Diego Álvarez + Álvaro Paiva & Nené Quintero + Camila. En el extremo derecho de la tarima, según lo verán los espectadores, se guarecen dos genios de la percusión de distintas generaciones. Practican juiciosos y empiezan a ordenar todos sus aperos, cascabeleando mientras Álvaro Falcón descoce el sonido. Uno de esos genios es Carlos “Nené” Quintero. El otro es Diego “El Negro” Álvarez, el hijo de Morella, uno de los protagonistas del momento rutilante que vive el talento sonoro criollo y quien junto a Álvaro Paiva Bimbo formó parte de la génesis del Rock & MAU que hoy llena salas cruzando públicos y llevando la música hecha en Venezuela a otro nivel… como decían de Yordano y su gente en 1984.
 
Es precisamente Paiva quien recuerda la épica de Quintero convertido en el percusionista de Eros Ramazzotti, cuando durante una temporada los vestuarios de Armani aparecían mágicamente en el armario de los hoteles o cuando una temporada de verano en Europa no contó con que uno de los escenarios donde se iba a tocar quedaba en una estación de esquí de los Alpes.
Desde que Sietecueros dejó de ser Sietecueros, Melao dejó de ser Melao y Yordano supo quedarse con lo mejor de las dos bandas, Nené Quintero es una de esas ganancias. Desde finales de 1983 forma parte de esta nueva receta urbana, el mismo año en que nació una de las personas que tiene más cerca a Yordano y hoy es la encargada de soltar las visuales: Camila Di Marzo, un nombre que ya a todos les suena por cuenta propia. Ella vigila el arte que se proyectará en las cuatro raciones de pantalla, pero además ha sido la encargada de proteger con celo las fotos ochenteras de Eddy Pérez para que no se arruine la sorpresa. Si no calculo mal, el amor por su viejo y el pacto sonoro entre Nené y Yordano deben tener casi la misma edad.
 
5.‎ “Y entonces yo pregunté: ¿Y La Lupe?” Quintero fue quien le puso a Yordano en el oído la voz de la hija de Canelita. Y si usted ha escuchado a Trina Medina sabe que esa mujer es un evento telúrico, no una cantante y nada más. Después de nombrar a Eddy Pérez y al Nené Quintero, ella es quien sigue en el orden temporal de la complicidad con Yordano, quien alguna vez quiso dar con La Lupe pero terminó consiguiendo a una amiga que suena para siempre y dejó a la mismísima Yiyiyi convertida en anécdota. Comparte el camerino con Mariaca Semprún, quien ya es una suerte de embajadora de la música de La Tirana. Así que en el mismo cuarto y compartiendo espejos, Yordano puede decir que tiene finalmente a La Lupe montada en el escenario, sólo que en una derridiana versión deconstruida.
 
Nadie menciona a la enfermedad. No es necesario: quienes hacen música saben que lo que se dice cantando se vuelve verdad. Y si están haciendo música con Yordano, también están sanando con él. Las maneras de referirse al obstáculo varían: estar en las malas, superar todo esto, el momento que estamos pasando. Siempre conjugado en plural: ni los amigos ni las canciones merecen estar solos contra el silencio ajeno.
6.‎ Yuri. Si quisiéramos volver al imaginario Marvel con el cual Yordano cerró su sesión de ficción de anoche, Yuri, la misma “mi amada Yuri” que él mencionará cuatro veces en el concierto, bien podría ser Storm. Ella es la mujer capaz de modificar el clima si es necesario para que Wolverine pueda regenerar todo lo que su música toque y, al mismo tiempo, traerle la calma y el sosiego. Mientras Yordano conversa, Yuri logra elevarse y verlo todo con buen juicio. En la brevedad de las distancias que permite estar en un camerino, nos pasa por al lado. Y así puedo ver cómo a sus manos llegan el agua, el vino y hasta unas gotas que me permiten creer a ciegas que ellos dos, juntos, pueden contra todo. Decir que no ha dejado de sonreír sería una tontería: en una serie de tres fechas consecutivas, con la taquilla agotada y todo el trabajo que eso implica, tiene mucho más mérito que Yuri sepa sonreír justo a tiempo. Y ella lo hace. Su voz lo avisa todo. Ha llegado la hora de empezar la tercera y, por ahora, última función de este concierto/aniversario. Son tres funciones en las cuales el hombre que ama se convirtió en algo mucho más importante que el frontman de una banda de amigos. Es posible que haya más funciones, sí, pero en ninguna otra estará la mirada con la que apenas diez minutos más tarde de lo que prometen los tickets veo que Storm acompaña a Wolverine, como si avanzara hacia otra sesión de la única medicina infinita: su música convertida en convocatoria, en canto común, en una verdad que cura porque suena. Y cuando esto pasa es sabido que algo bueno tiene que pasar, algo bueno tiene que llegar.
***
7.‎ BONUSTRACK // YORDANO a 30 años del disco negro: el concierto. Si Yordano es el Wolverine de la canción urbana venezolana, quien está encargado del sonido esta noche es el Profesor X de las cónsolas locales. Germán Landaeta está al mando de todo lo que suene entre las duras paredes del Teatro Chacao, con cada una de sus resonancias y cada uno de sus ecos. A su lado está Sergio Pérez, otro del Team X que vamos a empezar a echar de menos en segundos. Todo comienza con un video que muestra las manos de Kail Lovera, el ingeniero de sonido de Yordano que no pudo estar en los conciertos, sacando de la carátula el disco negro, colocándolo en el tocadiscos y limpiándolo como si se tratara de un rito que revive la memoria. Las luces se apagan en lo que empiezan a sonar los metales de “Bailando tan cerca”, que se detienen de inmediato. Aquella tela blanca nos muestra una silueta inconfundible desde hace treinta años: las piernas abiertas y el entrompe italiano de El Padrino 2 fundidos en la misma poética de la escena. Arranca el exorcismo del “Por estas calles” que se quisiera dejar atrás y lo que suena es un camión de música. Un intento por conversar se ve eclipsado por deseos de salud en voz alta que decantan en un “Bueno: esta canción es para ustedes” y suena “A la hora que sea”, con un segundero proyectado que no logra castigar el ritmo. La tercera pieza es “Media luna” y ahí vuelve a truncarse la idea de conversar: la euforia puede hacer cualquier cosa, menos callar. No es sino después de agotar un poco las gargantas con “Locos de amor” que, como preludio a “Vivir en Caracas”, Yordano puede hacer un repaso de lo que nos ha traído hasta acá. Aparece Mariaca Semprún y todos intuyen que vienen “Manifiesto” y “Quiero vivir”, esas canciones con las que arrancó el año. “Siempre la brisa” devuelve todo a la intimidad, preparando el terreno para la ternura de cantar “Llueve sin parar”, dedicada a la menor de sus nenas que vive en Nigeria, con su mamá.
 
Y ahí arrancaron las canciones de la noche celebrada: “Chatarra de amor”. El camión de música ya estaba convertido en un convoy indetenible que, además, fue capaz de subir todavía más el nivel de buena vibra que llenaba el teatro con “Algo bueno tiene que pasar”. Desde ese rascacielos rítmico, Yordano se aseguró la compañía de las voces lanzando un par infalible: “No queda nada” y “Ella se fue”. La tristeza ha sostenido históricamente a la canción por una razón vital: es cuando más se necesita que las palabras obedezcan al ritmo de la urgencia. Pasa lo mismo con la rabia: “No voy a mover un dedo” se vuelve renuncia colectiva. El buen rollo se retoma con “Hoy vamos a salir”, pero es una decisión más rítmica que temática, cuyo destino es la síncopa de “Aquel lugar secreto”. Era inevitable el ejercicio memorioso de “Manantial de corazón”, una de esas canciones que hasta quienes pecan de juventud se saben sin errores en la letra. Fue la antesala a una suerte de intermedio que tuvo como protagonistas a Nené Quintero y Diego Álvarez, además del maestro Sardá en la batería: “Bailando tan cerca” arreglada para durar el cambio de vestuario requerido. El maestro vuelve con sombrero y llama al monstruo de Álvaro Paiva Bimbo para tocar la novísima “Una vez más”, también con el cajón de El Negro brillando. Y entonces le toca a “Perla negra”, cuyo asterisco marcado en el orden cobra sentido: Eddy Pérez es conminado a escena, Yordano no tiembla al decir que “Eddy Pérez ha sido, por mucho, mi relación más larga”, demostrando la nobleza de quien conserva secuaces con más tres décadas de complicidad. La guitarra legendaria de Álvaro Falcón se suma a la del tocayo: son cuatro guitarras sonando con “Perla negra” y Trina Medina embrujándolo todo. Las dos docenas de cuerdas y los lentes oscuros ceden al blues que ensayaban al principio de este domingo: “No paro de temblar” sirve de cortina profunda a “No la toquen más”. Dejar atrás toda esa marea de sonido lo envalentona: Yordano y su guitarra se enfrentan solos al teatro lleno. “Todo el amor” lo blinda y uno siente el amor mutante convertido en escapulario. Cuando arrancaron el intro de “Días de junio” la banda no podía saber que el público se pondría de pie, como si el concierto hubiese llegado a su clímax. Sonaron como pocos lo logran. La travesura de “Muñeca de lujo” sirvió para que Trina Medina se acomodara: desde que pisó el escenario todos sabían que “Madera fina” era una fija. Mariaca se suma y una versión “Otra cara bonita” sirve de pieza final. Ni siquiera la flojera propia de los protocolos logró romper el ánimo. Mientras la Alcaldía de Chacao le entregaba la Orden Juan Liscano a Yordano, la gente repetía que quería una más. Cualquiera. Condecorado antes por el rocanrol que por los municipios, una versión de “Locos de amor” con epígrafe de The Roling Stones mandó a la gente a sus casas. O mejor dicho, a Caracas. Esa ex-novia que esperaba afuera a quienes le contaran que su cantante de hace años está con una más bonita que ella: la esperanza.
Feliz cumpleaños, Yordano. Algo bueno tiene que pasar.
///////
POST-DATA. Minutos después de la publicación de este post, Yordano confirmó dos nuevas fechas: 9 y 10 de Noviembre de 2014. Una de esas fechas servirá para el tratamiento de Yordano y la otra se destinará a ayudar a Migdaler Acosta, La Nené, una chica de Maracay que también necesita un trasplante de médula. Creo que es responsabilidad de todos volver a agotar la taquilla. Eso y que se nos vuelva un hábito ayudar al otro, entendiendo que sonar juntos es algo más que ruido.

No comments:

Post a Comment