Fernando Mires
Para quienes Navidad no es solo una
fiesta comercial resulta inevitable hacernos cada año un par de
preguntas acerca del sentido del nacimiento de Jesús. Y quienes
conocemos la historia de Jesús no podemos dejar de sentir cierta pena al
recordar que ese niño recién llegado al mundo morirá tres decenios
después, pleno de amor y vida, del modo más cruel y brutal: crucificado.
Jesús, como todos nosotros, desde que
nació fue, para emplear un término de Heidegger, “el ser que va hacia la
muerte”. O como aún mejor lo dijo el gran novelista griego Nikos
Kasantzakis, somos “el que debe morir”.
Jesús es un representante de la tragedia
humana. Tragedia que no viene de la inevitabilidad de la muerte sino
del conocimiento de su inevitabilidad. Sabemos que vamos a morir
-¿maldición o destino?- y ese saber acompaña cada acto de nuestra vida.
Es la razón por la cual una de las frases evangélicas que más
desconcierto continúa produciendo –creo que no solo entre cristianos-
fue la pronunciada por Jesús poco antes de morir: “Dios mío, ¿por qué me
has abandonado?” (Mateo 27:46)
La exégesis cristiana ha intentado
interpretar la terrible frase señalando que ella corresponde con el
primer verso del Salmo 22, es decir, Jesús cuando la pronunció, rezaba.
Como sea, el segundo verso del Salmo 22 es aún más desgarrador : “¿Por
qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor?”
Mas, dejemos el tema a los teólogos y supongamos que de verdad Jesús
rezaba en la cruz. Así y todo, el problema sigue siendo el mismo: ¿Por
qué eligió Jesús ese salmo y no otro para rezar?
Mi respuesta tentativa está dividida en
dos partes. La primera dice: Jesús era un hombre y como en todo ser
humano coexistían dentro de su cuerpo (el cuerpo es el ser del humano)
su materia y su espíritu. En ese momento, frente a su muerte física,
habló el hombre Jesús. La segunda parte de mi respuesta agrega: Jesús,
así como todo humano, es portador del Logos, es decir, de la posibilidad
de ser Dios en sí a través del pensamiento que lleva al Espíritu.
La diferencia de Jesús con los demás
seres humanos fue que él asumió la posibilidad de ser en Dios (y Dios en
él) en toda su intensidad, es decir, esa posibilidad que todos llevamos
como potencia en la memoria (Agustin) se convirtió con Jesús en
realidad. Es por eso que él, Jesús, también es Dios. Pero entiéndase: Él
no asumió su condición humana ni su condición divina como dos partes
diferentes de su ser. Jesús –todavía hay gente que no lo entiende- no
era un ser dividido, no era un centauro helénico. Jesús era todo hombre y
todo Dios a la vez. El Hijo del Hombre y el Hijo de Dios en una sola
relación. Y como el pleno humano que era, al igual que cada uno de
nosotros lo es, aún sabiendo que iba a morir, Jesús no quería morir.
Jesús amaba a la vida.
Los cuatro Evangelios nos hablan de un
hombre que asumía la vida en su máxima existencialidad: Iba a fiestas,
curaba enfermos, se sentía feliz rodeado de niños, comía y bebía con
placer junto a sus amigos, conversaba con los extranjeros (samaritanos)
excluidos por la Ley, las mujeres lo seguían, amaba a la belleza de los
lirios y a los colores de los pájaros. Era “humano, demasiado humano”
(Nietzsche). Tampoco era hombre de libros y por sobre las leyes ponía
siempre el amor a Dios, predicando incluso en los días festivos de su
religión. Su intensa, su radical humanidad no era opuesta, pero sí
absolutamente complementaria con su radical divinidad. En cada cosa del
mundo, en cada objeto de la creación, en el pan y en el vino, veía Jesús
el rostro de Dios. El Dios de Jesús no estaba solo “arriba”, sino ,
además, “entre” y “dentro” de nosotros.
El Dios cristiano, hay que reiterarlo,
no es metafísico. Paulo de Tarso lo entendió como nadie: Si
interiorizamos a Jesús (comunión) seremos como él en Él. Es decir,
seremos Dios en nosotros a través del cuerpo de Jesús. Ese cuerpo humano
que, como todo cuerpo humano, no quería morir
¡“Dios mío ¿por qué me has abandonado”?!
Efectivamente, Dios, la vida, abandonó a
Jesús como nos abandona a cada uno cuando llega su momento. Pues en
cada muerte, Dios, la vida, abandona al cuerpo. Dios, al ser todo,
integra en sí el abandono de Dios. O dicho a la inversa, en cada muerte
de un cuerpo humano Dios abandona al ser del “estar aquí” para
integrarlo en otras formas de ser.
Según el presentimiento de Agustin
(Confesiones, libros 11 y 12) la dimensión del tiempo humano es solo una
de las diversas posibilidades o formas de un solo tiempo. En ese,
nuestro tiempo, el pasado no existe porque ya se ha ido y el futuro
todavía no existe porque no ha llegado. Pero el presente tampoco existe
porque si pensamos en lo presente ya ha dejado de ser presente (
Agustin: “yo sé lo que es el tiempo, pero cuando me preguntan qué es, yo
no lo sé”).
Hay, según Agustin, un tiempo, y ese es
el tiempo de Dios, donde todo lo sucedido y todo lo por suceder es un
solo presente. Luego, la muerte es un tránsito entre nuestro tiempo y el
otro tiempo que contiene al primero y que ya existía antes de que
viniéramos al mundo. En cierto modo la muerte es un regreso. En
consecuencias, es mi deducción, así como en cada muerte Dios abandona el
cuerpo, en cada nacimiento aparece la posibilidad del retorno de Dios
entre nosotros. O dicho así: En cada niño que viene al mundo existe la
potencia de Jesús y por lo mismo, la posibilidad de ser Dios sobre la
tierra. En cada nacimiento, y sobre todo en el nacimiento de Jesús, yace
la posibilidad de la resurrección de Dios en el mundo.
¿El nacimiento de Jesús fue entonces una
resurrección? Desde la perspectiva de “el otro tiempo”, el tiempo
eterno según Agustin, sí lo fue. No, no voy demasiado lejos. Para
quienes que, como Agustin (uno de los santos del intelecto) suponemos
que no hay contradicción entre creer y pensar, nunca Dios estará
demasiado lejos.
Deseo a todos unas felices y tranquilas Navidades.
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