José Ignacio Hernández
I
No cabe duda de que hemos aprendido bien a educar el olvido, decía Luis Castro Leiva en el discurso pronunciado el 23 de enero de 1998.
El olvido del cuál fue el motivo que llevó a los venezolanos a
emprender la independencia en 1810. El olvido –citando de nuevo a
Castro Leiva- de llegar a ser una República y el proceso construir en
ella una democracia.
Un olvido fomentado por la “historia
patria y oficial” que prefirió el fácil discurso de la gesta
independentista militar. El tiempo de los héroes militares y no el tiempo de los próceres civiles.
No está de más, por ello, dedicar
algunas líneas a reflexionar sobre uno de nuestros próceres civiles, en
el bicentenario de su muerte: Miguel José Sanz.
II
Sanz nace en Valencia el 1 de septiembre de 1756. En 1778 se gradúa de abogado en la Real y Pontificia Universidad.
Decano del Colegio de Abogados de
Caracas, participa decisivamente en la fundación de la Academia de
Derecho Público y Español, que puede considerarse antecesora de la
actual Academia de Ciencias Políticas y Sociales, fundada en 1915.
En tal condición, Sanz dio el discurso
de apertura de la Academia, en 1790, considerado por el historiador
Elías Pino Iturrieta como una de las primeras piezas que muestran la
recepción de la nueva mentalidad en Venezuela.
En ese discurso, en efecto, Sanz
introduce el concepto de Ley, pero no como un acto normativo y coactivo,
sino con un acto racional, llamado a promover la conservación del orden
público y, ante todo, como un acto de expresión de la soberanía popular
y de la libertad. Es decir, la Ley de libertad, cuyo estudio se alcanza por medio del “alma racional”.
Esas expresiones contrataban con la idea dominante del Derecho divino de los Reyes, que
negaba la condición de la Ley como acto racional de defensa de la
libertad, al concebirla más bien como expresión coactiva de la soberanía
del monarca.
III
Sanz fue brillante abogado al servicio
de las instituciones coloniales, hasta que un altercado con el Capitán
General Juan de las Casas y la familia del marqués del Toro lo hace
emigrar a Puerto Rico en 1809.
Su vida, como la de muchos venezolanos
de entonces, cambiaría a partir del 19 de abril de 1810. Sanz regresa a
Venezuela y emprende con José Domingo Díaz un esfuerzo editorial, a fin
de llevar a la imprenta un semanario intitulado Semanario de Caracas, que circuló hasta julio de 1811.
Sanz estuvo a cargo de la sección
“Política” de ese semanario. Sus artículos, de fina pluma, resumen los
fundamentos republicanos de nuestro Derecho Público.
En uno de esos escritos, de 1811, Sanz
advierte sobre los riesgos de un Gobierno guiado por funcionarios que
carecen de la debida preparación. La acción improvisada, ligera y
precipitada es “un absurdo monstruoso, antecedentes de la desgracia general”. De allí la importancia de una debida formación basada en “buenos libros” y en virtudes modestas. Los presuntuosos –concluye Sanz- son “enemigos de la libertad porque la exponen neciamente”.
Sanz insistía en la necesidad de formar ciudadanos.
En una Monarquía o régimen despótico no se precisa de tal formación,
pues muy pronto los más ineptos ocupan los cargos más elevados. Pero en
una Nación libre se precisa de una correcta formación, para que todos
puedan discurrir participando en el Gobierno.
Por lo anterior, resulta fundamental la
opinión pública, basada en una formación en virtudes y en la libre
expresión del pensamiento. Observa por lo anterior Sanz que la señal
segura de un pueblo tiranizado es la censura, impuesta o promovida desde
el Gobierno, lo que lleva a escoger por “mal menor el silencio”.
Libertad de opinión expresada también en
el ejercicio democrático de la oposición al Gobierno. A él interesa
favorecer la existencia de una oposición, sin considerar enemigo a todo
aquel que piense distinto. Solo el permanente escrutinio público del
Gobierno –en el marco del sistema republicano de separación de poderes-
salvaguarda a la libertad frente a la tiranía.
IV
Muestra notable de su convicción
republicana es que Sanz ocupó la Secretaría de Estado, Guerra y Marina.
Con ello, se aplicaba en la práctica el principio sentado por la
Constitución de 1811: el poder militar se subordina al poder civil.
El paso por el Gobierno fue efímero, sin
embargo. La caída de la llamada Primera República llevó a Sanz, como a
muchos otros, a prisión, de la cual saldrá en 1813.
A partir de entonces colabora
estrechamente con la causa de la independencia. Primero, como hombre de
pensamiento, reflexionando sobre las bases para un Gobierno provisional en Venezuela (1813), y apoyando en este sentido –como medida temporal- la Dictadura de Bolívar.
Pero también participó como hombre de acción. En julio de 1814 forma parte de la emigración a oriente y
se radica en Margarita. Bajo las órdenes de José Félix Ribas retorna a
tierra firme para participar en la batalla de Urica, el 5 de diciembre
de 1814.
Fue esa, como muchas otras, una batalla
cruenta. La muerte de Boves –según se cree, en manos de Zaraza- no
impidió a las fuerzas realistas cercar a los republicanos, lo cual
propició su derrota. Entre quienes encontraron a la muerte en ese
episodio, hace doscientos años, estaba Sanz. Como explica el
historiador Manuel Pérez Vila, se cree que allí se perdieron varios de
sus escritos originales.
V
Sanz murió en batalla, pero en su
condición de civil. En tal condición, precisamente, comprendió que la
verdadera batalla no estaba en el campo de guerra sino en la mente. Para
hacer la independencia era necesario asumir, con consciencia, el
pensamiento de lo que significa ser republicano.
Elías Pino reflexionaba recientemente en Prodavinci que el trabajo pendiente en Venezuela sigue siendo crear la República. Una tarea que comienza desde los propios ciudadanos, o más bien, desde el momento en que decidimos ser ciudadanos.
Ser ciudadanos implica obrar con conocimiento, juicio, prudencia, reflexión y orden,
como enseñó Sanz. Pues tan nocivo es el despotismo de quien ejerce el
Gobierno a través de un personalismo que tiraniza el pueblo, como la
improvisación en la política, que resulta en desorden, trastorno y
anarquía.
Ser ciudadanos supone entonces desterrar
al olvido. Y recordar, como dijo Castro Leiva, que la paz de la
democracia es un bien inestimablemente mejor que el de cualquier forma
de opresión organizada.
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