Por José Useche y Ricardo Zambrano/Entrevistas Bicentenarias
Hablar con Asdrúbal Baptista es asistir a
una clase magistral. Ha sido catedrático en la Universidad de
Cambridge, regente en la Universidad de Oxford, y es Individuo de Número
de la Academia Nacional de las Ciencias Económicas.
En su pequeña oficina llena de libros,
que atestiguan años de estudios y reflexión, comenzó a hablar sobre
nuestra inquietud: la independencia venezolana y su influencia en la
composición de la sociedad.
La independencia y la economía. Un
país rural, cuya base económica era la agricultura, inicia, en los
albores del siglo XIX, una gesta de emancipación que le llevará a
independizarse políticamente del reino de España, que desde el siglo XVI
ostenta el poder. Esa independencia busca conformar, siguiendo los
ideales de la Ilustración, una república cónsona con los inicios de la
modernidad.
La guerra desatada fue larga y cruenta,
dejando a su paso cadáveres y miseria; al final, el ejército patriota
conseguirá la victoria, constituyendo de esta manera la República de
Venezuela, que en sus inicios, formó parte del proyecto llamado la Gran
Colombia. Sin embargo, tras distintas situaciones, es en 1830 cuando la
república independiente se constituyó (forma que ha mantenido hasta
nuestros días).
Esa es la historia romántica, dice
Baptista. “Fue una ruptura, por lo menos eso dicen los libros de
historia, pero no sé si en la vida cotidiana hubo ruptura. Cuando las
cosas empiezan a sedimentarse y ya la gente adquiere en su lenguaje, con
las festividades, la bandera, el himno, con gente que habla de la gesta
independentista, con toda la fábula que se montó sobre lo héroes, etc.,
se va adquiriendo la lenta conciencia de que efectivamente hubo un
episodio que separa en dos tiempos (…). Pero, para lo más inmediato,
salvo por la guerra y la barbarie, no se puede hablar de una ruptura
real”.
Esto lo concluye, analizando no el
discurso entablado por la historia nacional, sino la repercusión que
supuso la Independencia en la dinámica social, principalmente en el área
económica.
Interpreta la independencia del reino de
España de forma positiva; sin embargo, no considera que existió un
cambio en las formas de vivir establecidas en nuestra sociedad. Con todo
el valor e importancia que se merece este periodo, fue insuficiente
para crear una fuerza capaz de cambiar la dinámica social.
“Ahí no hubo, en lo más inmediato,
ruptura; provoca pensar desde la economía que esta ruptura fue una
ruptura superficial (…). Las cosas continuaron más o menos igual, [con]
otros gobernantes, otros símbolos, otra nomenclatura. Las exportaciones,
la producción, siguen aportando prácticamente lo mismo después de la
Independencia; es posible que existan otros destinos aparte de España,
pero ¿cambia eso respecto a un modo de vivir previo? ¡Caramba! si digo
que no, me puedo estar parando sobre un despeñadero, pero me provoca
decir que no. En los números no está esa ruptura”, reflexiona.
Venezuela petrolera. Venezuela,
explica, antes de la aparición del petróleo, era uno de los Estados más
pobres de América Latina. El ingreso medio era algo menos de la mitad
en comparación con el resto de países de la región. El petróleo
transformó esa situación, aunque no de forma inmediata, ni en aspectos
del Estado, ni mucho menos en la vida de las personas.
“No hay duda, con el petróleo algo
ocurre, pero ocurre muy de fondo, de manera muy lenta (…) Hay que tener
presente que la irrupción del petróleo toma lugar, simplemente, por la
presencia de grandes capitales extranjeros concentrados en áreas
geográficamente bien localizadas; entonces, ¿cuánto afectó a los
venezolanos en general aquello? Muy poco”.
De este modo, es aún complicado hablar
de ruptura económica de la vida del venezolano solo con la aparición de
la industria petrolera, ya que, como actividad productiva, era
practicada por empresas extranjeras. Por tanto, era fuente de ingreso
principalmente de los propietarios de esas empresas, y las concesiones
estatales no establecían grandes beneficios económicos para el Estado.
Explica Baptista que la primera
consecuencia real, producto de la aparición del petróleo, ocurre en
1934, gracias a una revaluación que sufrió el bolívar durante el
gobierno de Juan Vicente Gómez. “Esto sí es un episodio nacional
–afirma–, porque el bolívar lo utilizábamos todos como medio de pago.
Entonces, allí hubo un episodio que muy pronto tiene que haberse
comunicado en toda la geografía, pero estamos hablando un par de décadas
después de andar el petróleo por ahí circulando”.
Esta primera transformación que impactó a
todo el país, directamente relacionada con la entrada en escena del oro
negro, no desembocó en riquezas y poder adquisitivo al ciudadano común.
Los indicadores económicos ubicaban a Venezuela aún entre los más
pobres de América Latina, principalmente por su condición de país rural.
No obstante, comenzó un proceso de transformación de la sociedad
venezolana que, contrariamente a las vías y el tiempo de duración de los
cambios en la historia de otros países, ocurrió de un modo
extraordinariamente acelerado en nuestro entorno.
Resalta que, sumado a la riqueza
petrolera de una nación que de a poco iba tomando control de la
industria, hay un factor que se relaciona con la riqueza petrolera y
provocó los principales cambios en la estructuración de la sociedad
venezolana: la migración del campo a la ciudad.
Este fenómeno transformó en
aproximadamente treinta años al país, de ser primordialmente rural a uno
con altos niveles de urbanidad. Además, en medio de ese proceso de
movimientos internos, ocurrieron simultáneamente las inmigraciones
europeas, producto principalmente de las guerras y los factores
económicos de la Europa de aquel momento.
“Ahí se va a crear un proceso que se
debe estudiar críticamente: la urbanización violenta que tuvo la nación.
Un sinnúmero de venezolanos se vienen a los centros urbanos, ante la
expectativa de posibles fuentes de empleo. Entonces, esas fuentes de
trabajo, la velocidad de urbanización, combinadas con la inmigración y
con la riqueza del país, se traduce en una extraordinaria transformación
de la sociedad”.
Todos estos factores van a converger en
la época de la ruptura real en el vivir del venezolano común: los años
setenta. Con la gran bonanza petrolera es cuando éste aparece
efectivamente en la escena nacional. La gente lo descubre por fuerza de
lo que ocurre en el mercado, dada la gran capacidad adquisitiva
alcanzada en un país que en ese entonces, estaba ya urbanizado en un
alto porcentaje.
El Estado petrolero. Cuando
examina la consecuencia económica de la propiedad estatal del petróleo,
nos habla que este, en cierta medida, atrofió el desarrollo de una
sociedad civil en términos de ejercicio del poder, ya que, al investigar
la cantidad de capital privado que poseen medios de producción en el
país, se encuentra con muy pocos grupos o personas que ejercen un poder
económico en nuestra sociedad.
“Sin querer ser monocausal ni
ultradeterminista, el petróleo, siendo propiedad de Estado (…), causó
muchos beneficios, y al mismo tiempo pudo haber malogrado el crecimiento
endógeno de la sociedad”.
Expandiendo su mirada a la economía
global, Baptista resalta que el mundo actual descansa sobre el
equilibrio existente entre el poder político y el poder económico, el
primero de ellos ejercido por los estados, y el segundo por la sociedad
civil, creando un sistema en el cual el poder lo ejercen los estados
nacionales junto con estas sociedades.
Sin embargo, en los últimos treinta o
cuarenta años, las sociedades han pasado de ser nacionales a ser
mundiales, y los estados siguen siendo nacionales. Como consecuencia se
visualiza la fractura de este equilibrio.
No obstante, en Venezuela “esa escisión
estado-sociedad civil se ha roto. Tuvimos un equilibrio entre el Estado y
las concesionarias extranjeras que representaban la sociedad civil
internacional, pero cuando se produce la nacionalización, se quedó el
Estado solo, jugando ajedrez consigo mismo, y nuestra sociedad civil
exigiendo al Estado: usted tiene que hacer esto y esto y esto, porque es
deber del Estado esto, esto y esto”.
En este sentido, remarca que en el país
nunca ha existido el liberalismo económico, ya que el petróleo, como
principal área productiva, pertenece al Estado. “El Estado liberal, en
el sentido de una clara demarcación entre intereses públicos y privados,
entre Estado y sociedad civil, con un pensamiento además antiestatista,
conservador, nunca existió. (…) En Venezuela no hay pensamiento
liberal”.
La razón elemental de esta situación es
que la fuerza de Venezuela en términos materiales es el petróleo, y el
petróleo es del Estado. “El Estado es quien hace crecer, el Estado es
quien educa, quien promueve la salud, y la iniciativa privada, a la
sombra del Estado”.
La condición humana. Baptista
confiesa que antes que ocuparse de los hechos de la Guerra de
Independencia, de los héroes militares que coronan pedestales altísimos
en la historia nacional, antes que recordar esa historia romántica para
consumo nacional, diseñada en Venezuela a través de los años, no hay
nada más admirable que la condición humana.
Para él, la Independencia significó
(además del desastre humano conocido y la conquista política), la
pérdida del hombre más importante de esa época: Andrés Bello. “Junto a
él, se van en ese momento, la filosofía, la universidad, las letras”.
“Yo les confieso, no vivo de las gestas,
(…) mi romanticismo va por otro lado. No hay nada que yo admire más que
la condición humana. Prefiero fijarme en otras cosas, como la Gramática
de Bello o el Código Civil de Luis Sanojo; me parecen unas obras
extraordinarias”.
Esa mirada nostálgica hacia la época de
la Venezuela rural, no nubla la visión de un hombre que, más allá de
tener una postura ideológica hacia la historia del país, se enfrenta al
tema venezolano con los mismos ojos que observa todos los aspectos de la
vida.
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