Fernando Mires
En política internacional, sobre todo en los tiempos post-polares de la globalización, cada mandatario puede conversar con otro sin provocar asombro. No obstante hay algunos encuentros que anuncian nuevas configuraciones en las relaciones internacionales. Encuentros que reciben el nombre de “históricos”. Uno de esos es el que tuvo lugar el 9 de agosto de 2016 en San Petersburgo entre los dos autócratas más consumados del espacio euroasiático: Recep Tayyip Erdogan y Vladimir Putin.
El mismo presidente turco ha manifestado que su encuentro con Vladimir Putin significa para él un nuevo comienzo. Lo que no ha dicho es qué es lo que comienza.
Para indagar acerca del sentido de ese —en las propias palabras de Erdogan— “encuentro histórico”, es necesario entender el momento en que tuvo lugar. Ese momento estuvo signado, sin duda, por el fracasado golpe de Estado del 15 de julio.
Que el primer contacto internacional después del golpe haya sido buscado por Erdogan con un gobernante cuyo país no es miembro de la OTAN es muy significativo. ¿Se trata de una reacción en contra de EE. UU. por haber negado la extradición del predicador islámico Fethullah Gülen? Así lo ha dicho la prensa internacional. No obstante, el encuentro con Putin parece obedecer a razones de mayor alcance.
Ya antes del golpe, Erdogan había decidido actuar en contra de las instituciones democráticas de su país. Después del fiasco de los militares laicistas no ha hecho más que multiplicar sus ataques a la democracia. El proyecto de reimplantar la pena de muerte puede ser leído como un mensaje a los gobernantes europeos en cuya líneas les dice que el gobierno de Turquía ya no tiene interés en nivelar sus tradiciones con las de Europa Occidental. La pena de muerte es, en ese contexto, un signo de des-europeización. Y des-europeización significa, para Erdogan islamización.
Por cierto, la islamización del poder no obedece sólo a convencimientos religiosos. El presidente turco ha descubierto más bien una ideología que le permite extender su zona de influencias hacia todo el Oriente Medio. Pero en ese propósito enfrenta un problema y un dilema a la vez. El problema es que deberá disputar espacios con tres potencias: Irán, Arabia Saudita y Rusia. El dilema es cómo enfrentarlas: o con el poder de la fuerza o con negociaciones.
Todo indica que Erdogan —a diferencia de los días en los que mandó a derribar a un avión de combate ruso— está hoy dispuesto a seguir caminos que conduzcan a la segunda alternativa. Con Irán, las líneas demarcatorias están claras. Irán no aspira más que a asegurar su hegemonía en el espacio chiíta, sobre todo en Irak. Con Rusia las negociaciones serán más dificultosas, de ahí que el “nuevo comienzo” puede ser un largo comienzo.
En cualquier caso, Erdogan podrá usar siempre la “carta rusa” en contra de Europa y EE. UU. y la carta OTAN en contra de Rusia. Si Erdogan usa bien esas dos cartas y logra una repartición de hegemonías con Irán y Rusia en el espacio islámico, Arabia Saudita quedará neutralizada y con ello, la presencia de EE. UU. en la región.
En términos generales, por ahora todo favorece a Erdogan. Si logra consolidar sus relaciones con Rusia, el Oriente Medio quedará a merced de la hegemonía turca-rusa. Europa, incapaz de unirse consigo misma, no podrá hacer nada en contra. ¿Y que pasara con la Siria de El Asad, hasta hace poco enemiga de Erdogan? No fue mencionada en las conversaciones turcas-rusas. Signo que muestra que bajo determinadas condiciones El Asad también podría ser negociado.
EE. UU. con Trump o sin Trump no se manifestará demasiado interesado en jugárselas de nuevo por naciones europeas incapaces de unirse frente a enemigos comunes. Lo más probable entonces es que EE. UU., si se dan las condiciones descritas, volverá a la política de los equilibrios de bloques puesta en práctica en el pasado reciente por Kissinger. ¿Y la OTAN? En el mejor de los casos, seguirá existiendo en el papel.
¿Y Europa? Que se las arregle como pueda.
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