13 DE AGOSTO 2016 - 12:01 AM
No hay nada oculto bajo el Sol. Esta es la máxima que siguen los buenos periodistas. Blanca Vera Azaf, veterana profesional e integrante de ese selecto grupo, llevó a cabo su trabajo por los caminos verdes e hizo pública la información, el pasado 5 de agosto: “El Índice Nacional de Precios al Consumidor se ubicó en 23,2% para el cierre de julio de 2016, de acuerdo con cifras filtradas por una fuente del Banco Central de Venezuela”. De nada le vale pues al gobierno ni a las autoridades del BCV querer ocultar tan importante resultado.
Como consecuencia de lo anterior, según la fuente informante, entre enero y julio de este año la inflación acumulada cerró en 240%, y en 565,2% la inflación de los últimos doce meses, hecho este que no tiene precedente en la historia del país. Lo más grave de la situación es que la medición que se hace mensualmente sólo incluye la variación de los productos que están sujetos a control de precios. ¡Na’guará!, dicen con justa razón en Barquisimeto y sus alrededores.
Otra periodista acuciosa, Ana Díaz, ahondó con ejemplos concretos en la política económica perversa que Nicolás Maduro y sus huestes revolucionarias han llevado a cabo. Así, el papelón ha incrementado su precio en 2.566% en los últimos 7 meses. Dicho producto, que en diciembre de 2015 costaba entre 70 y 140 bolívares, en sus presentaciones de 400 y 900 gramos, actualmente tiene un precio de 2.000 y 4.000 bolívares, respectivamente. Ese salto escandaloso de valor fue el resultado de la desaparición de la azúcar blanca y morena de los mercados. Esto explica entonces que, gracias a nuestra revolución de la escasez y precios exorbitantes, los vendedores de la refrescante agua de papelón con limón hayan desaparecidos. El caso de los endulzantes sin calorías, señala Díaz, cuyo uso es recomendado para regímenes dietéticos especiales y diabéticos, es todavía peor. Si se llegan a conseguir, el precio de una caja de 50 sobrecitos se ubica en 3.090 bolívares.
Con el café la situación no es muy diferente. Mi experiencia personal es reveladora. Una bolsa de 500 gramos de este producto tenía un “precio justo” de 23,29 bolívares, en febrero de 2015. Hoy día, una bolsa similar, si es que se llega a conseguir, tiene un “precio injusto” pero revolucionario de más de 2.500 bolívares.
Algo similar se repite con igual asombro con toda la gama de alimentos, bienes y servicios, tales como carne, pescado, jugos, refrescos, chocolates, pan, verduras, hortalizas, quesos, galletas, pasta, huevos, calzados, ropa, electrodomésticos, repuestos de automóviles, medicinas, servicios médicos, etc.
Cualquier lector fuera de Venezuela que haga los cálculos en dólares de los pocos productos primeramente mencionados pensará, con justa razón, que los precios actuales de dichos bienes son bastante baratos. El detalle mis amigos es que aquí esos importes han subido por el ascensor mientras que los salarios de la mayoría de las familias, que se ubican entre los 35 y 60 dólares mensuales, lo han hecho por la escalera. De modo que, para nosotros, tomar un cafecito con azúcar o edulcorante sin calorías, incluso sin nada de los dos, es un verdadero lujo. Y mejor no hablemos de degustar whisky, ron o vino. Se trata de un placer reservado a los revolucionarios bien enchufados y al nivel más alto de la población, o sea, a pocas personas.
Es por eso que a Maduro no lo quieren ni los chavistas más recalcitrantes. También es por ello que cada vez más venezolanos lo rechazan. Y, finalmente, es por eso que le teme al referéndum revocatorio. En la actualidad, la revolución madurista -la más viva representación de la izquierda borbónica que ni aprende ni olvida, esa izquierda que se niega contra la corriente a aceptar el fracaso estruendoso del comunismo y sus diferentes variables- es un despojo de lo que hasta Carlos Marx renegaría.
@EddyReyesT
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