17 DE AGOSTO 2016 - 12:01 AM
Acceder a un mercado de 1,3 millardos de consumidores y con una clase media en expansión pone a salivar a cualquiera. Es por su tamaño y por su dinamismo que el gigante mundial UBER –que integra a todo aquel que desea poner su vehículo a disposición a una aplicación digital que maneja una red de transporte de pasajeros– pensó que era imprescindible insertarse en China. Lo que no sabían sus accionistas es que la batalla empresarial iba a ser tan enconada en esa sociedad.
A Travis Kalaik, fundador de UBER, no lo no lo detuvo la existencia de una competencia ya asentada sólidamente en el mercado y se lanzó con toda su fuerza a la conquista de Pekín, Shanghai, Shenzen y otras cuantas urbes.
Al sindicato de taxistas chinos no le hizo gracia la manera en que UBER comenzó a consolidar rápidamente su presencia, acaparando clientes del mercado abierto de taxistas y de otros mercados ligados igualmente a una aplicación digital telefónica.
UBER parecía imparable, pero el caso es que después de tres años en suelo asiático, UBER, agotado ya por la batalla, recibió una oferta por la totalidad de sus operaciones chinas de parte de sus competidores.
Hoy por hoy, después de una intensa negociación de varios meses, la empresa china Didi Chuxing se hizo con el 80% del control de la compañía californiana en suelo chino.
UBER, valorada en 68.000 millones de dólares, logró que en la fusión se conservara la marca UBER al tiempo que los americanos se armaban con una quinta parte del control de Didi, hoy valorada en 38.000 millones. Así fue como los gringos consiguieron detener la hemorragia de recursos a la cual les habían llevado a través de una fiera competencia los taxistas sindicalizados de las grandes urbes chinas, no dispuestos a permitir el destrozo de su mercado por parte de los recién llegados. UBER recibió, además, 1.000 millones de dólares en recursos frescos a ser invertidos en sus operaciones americanas.
En el terreno de lo tecnológico fue donde las transacciones fueron más novedosas. Hoy en día los dos titanes comparten el uso de los algoritmos que les han hecho victoriosos en el negocio del manejo de las preferencias del público objetivo –los pasajeros– y se mantendrán de la mano en la generación de nuevos elementos de inteligencia artificial.
Al final todos salieron contentos, pero llenos de morados por los golpes recibidos. La batalla para llegar hasta este convenimiento habrá hecho historia.
Otros dos grandes de la tecnología, Google y Facebook no consiguieron echar raíces en el medio de los negocios por pensar que China aún no cuenta con una capacidad innovadora respetable, siendo que ocurre exactamente lo contrario.
Esta ha sido una guerra de titanes manejada muy inteligentemente y demuestra que, para entrar en el mercado más viejo del mundo, es preciso presentarse con un puñal entre los dientes y estar dispuesto a transar entre rivales para mantenerse en pie. En este caso fue el pez pequeño quien le mostró los dientes al pez grande y logró salirse con la suya.
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